Capítulo 29 El Desayuno
La Sorpresa en la Puerta
Marta apenas había podido volver a dormirse después de la exasperante llamada a Erik. Se levantó sintiéndose agotada, su mente aún rumiando lo de la noche y el sarcasmo de él.
Eran las nueve de la mañana cuando el timbre sonó.
Marta, con el ceño fruncido, se puso una bata y abrió la puerta, esperando que fuera Celia con un café y una pila de trabajo.
No era Celia. Era Erik.
Estaba cambiado. Ya no vestía los vaqueros de trabajo, sino unos pantalones chinos impecables y una camisa de lino, con el cabello aún ligeramente húmedo.
Olía a fresco y a colonia cara. En sus manos no había un maletín, sino una bandeja de desayuno de un hotel de cinco estrellas: café humeante, croissants perfectamente dorados, fruta fresca cortada y una jarra de zumo.
• «Buenos días, Marta», dijo Erik, con una sonrisa ligera y genuina. «Pensé que después de despertarme a las tres de la mañana con preguntas existenciales, lo mínimo que podía hacer era asegurarme de que mi socia pudiera empezar el día con la energía que se merece».
El Silencio del Batido
Marta se quedó paralizada en el marco de la puerta. La bandeja olía deliciosamente y su estómago rugió en protesta.
• «¿Qué haces aquí, Erik?», preguntó, con la voz aún áspera por la frustración y el sueño. «No tienes por qué... Esto es ridículo. Envía a Celia o a Leo».
• «Leo está ocupado con la logística de la Fundación. Y la verdad, Marta», dijo, entrando sin esperar permiso y colocando la bandeja sobre la mesita del salón, «es que necesitaba darte una explicación».
Se sentó en su sofá, indicándole con un gesto que se sirviera. Marta, incapaz de resistir el olor y la elegancia de la presentación, se sentó frente a él.
• «Me preguntaste qué hice. La respuesta es simple: nada», continuó Erik, mientras le servía una taza de café.
«Estabas tan agotada por el trabajo benéfico que te desmayaste de sueño.
Te traje a casa, te cargué en brazos, te agarraste a mi cuello y apoyaste tu cabeza en mi pecho, te puse en tu cama, y me fui.
Reconozco que, en primer momento, te dejé en el sofá, pero te vi incómoda y me diste pena; así que volví a cargarte hasta tu dormitorio.
Te quité los zapatos y te abrí el botón de los vaqueros, perdón».
Marta lo miró a los ojos. Esta vez, su sinceridad era innegable. Había redimido sus errores. Aunque, pensándolo bien, en aquel caso podía vengarse un poco más…
• «¿Y por qué el sarcasmo a las tres de la mañana?», preguntó ella, tomando un sorbo de café.
Erik se encogió de hombros, con una expresión de arrepentimiento.
• «Porque soy un idiota, como tú dijiste, o porque eran las tres de la madrugada y me despertaste, Marta. Discúlpame por mi juego».
Ella lo perdonó con la mirada. La disculpa, directa y personal, era todo lo que necesitaba.
La Tregua del Negocio
Después de desayunar en un silencio agradable, Marta se sintió de mejor humor.
• «Bien», dijo ella, recogiendo migas de croissant.
«La tregua está firmada con un buen café.
Ahora, hablemos de negocios. El reto de gamificación para el hospital...
¿Cómo quieres implementarlo? Necesitamos un hook emocional y un sistema de seguridad infalible para el seguimiento de las donaciones.
Prepara esto mientras me doy una ducha y me cambio… Ah, y échame un poco más de café».
Erik sonrió, sus ojos verdes volviendo a brillar con la emoción del desafío profesional. El tiempo de los juegos de conquista había terminado.
• «Ese es mi territorio», respondió él. «Yo pongo el dinero y el collar.
Tú pones la infraestructura y la visión.
Creo que necesitamos crear un “Mapa del Tesoro Virtual” en la ciudad.
El ganador, el que descifre el código final, recibirá el collar y la oportunidad de presentarlo en la Gala.
Pero el mapa... el mapa debe ser irrompible».
Marta asintió. La tensión se había disuelto, dejando paso a la química del trabajo en equipo. El riesgo no era el romance, sino la construcción de un nuevo proyecto juntos. Y ese, pensó Marta, era un peligro mucho más seductor.