Mas allá de la realidad Capítulo 28 La Llamada Nocturna
26%

Capítulo 28 La Llamada Nocturna

El Despertar Desorientado

Marta despertó en la total oscuridad. El primer pensamiento que cruzó su mente fue: ¿Cómo demonios llegué a mi cama?

Recordaba el traqueteo del camino, el agotamiento físico, la satisfacción genuina del trabajo de campo. Recordaba haber dejado caer la cabeza sobre algo firme y cálido... el hombro de Erik. Después, el vacío. Su última imagen consciente era la luz de una farola sobre la carretera.

Se levantó de golpe. Estaba en su propia cama, bajo su edredón, con la ropa puesta, pero los vaqueros desabrochados. Las zapatillas de deporte, las nuevas, estaban cuidadosamente colocadas junto a la puerta del dormitorio. El terror de la invasión se mezcló con la vergüenza de la vulnerabilidad.

Agarró el móvil de la mesita de noche. Sin dudarlo y sin detenerse a pensar en las consecuencias ni en la hora, buscó el contacto de Erik y presionó el botón de llamada.

La Madrugada

El teléfono sonó tres veces. Luego, la voz de Erik, aunque grave y somnolienta, llevaba un tono de ironía afilada.

• «¿Sí? ¿Señorita Suárez? Espero que su casa se esté quemando o que haya descubierto una vulnerabilidad de nivel siete en el sistema de seguridad global, porque son las tres de la mañana».

Marta sintió cómo la ira regresaba, reemplazando la confusión y vergüenza de llamar a esta hora.

• «¡Erik! ¿Qué pasó?», exigió, ignorando su queja sobre la hora. «¿Cómo llegué a casa? No recuerdo nada después de la camioneta».

Se hizo un silencio al otro lado, un silencio que resonó con burla.

• «Bueno, Marta, digamos que fue un acto de pura telequinesis. Te concentraste muy fuerte en tu deseo de estar en casa y, ¡puf!, apareciste en tu cama. ¿Crees que ya puedes controlar la materia con la mente? Deberíamos patentarlo. Esta pregunta se podía haber hecho por la mañana…».

• «¡Basta de juegos!», espetó ella, sintiendo que la sangre le subía a la cabeza. «Hablo en serio. Me desperté y no tengo idea de cómo llegué aquí. ¿Me trajiste tú? ¿Qué hiciste?».

La risa baja de Erik cruzó la línea, sin un ápice de calidez.

• «¿Qué hice, preguntas? ¿Crees que aproveché tu estado de indefensión? ¿Tan dormida que ni te acuerdas si hubo sexo? ¿O qué es lo que quieres decir? ¿Qué soy un pervertido?».

• «¡Erik!», su voz tembló, ya no por ira, sino por el recuerdo de la última vez que le había llamado «pervertido».

• «La respuesta corta, querida Marta, es que estabas durmiendo tan profundamente que parecías un bebé. Un anciano no puede dejar a una niña en la acera».

Su tono era exasperante. Marta se estaba desesperando, no solo por la falta de información, sino por la manipulación emocional que él ejercía.

• «¿Me puedes contestar a la pregunta sin sarcasmo? ¿Me trajiste tú a mi cama?».

• «Te traje a tu casa», respondió Erik, volviendo a un tono profesional y frío. «¿Contenta? Ahora, si me disculpas, tengo que volver a un sueño reparador. Los viejos como yo necesitamos dormir para sobrevivir».

Y sin esperar una réplica, Erik colgó el teléfono.

Marta se quedó con la boca abierta, furiosa.

La llamada no había aclarado nada, pero había revelado algo: Erik estaba jugando un juego de poder invertido.

Había demostrado nobleza dejándola en paz, solo para torturarla con el silencio y el sarcasmo, obligándola a reconocer que él había estado en su dormitorio y que era un caballero.

De hecho, tampoco había nada para enfadarse, simplemente era la desorientación al despertarse de repente en casa…