Capítulo 27 El Peso de la Confianza y el Nuevo Santuario
El Dulce Peso del Cansancio
El día transcurrió rápidamente, llenando a Marta y Erik de una satisfacción genuina que el dinero o un contrato nunca podrían proporcionar.
Cada caja entregada se traducía en sonrisas y esperanza para los niños.
El contacto entre ellos fue físico por necesidad —levantando cajas, ajustando la carga—, pero totalmente desprovisto de malicia. Habían trabajado en perfecta sincronía.
Al caer la tarde, la satisfacción se había transformado en un profundo cansancio.
Para el viaje de regreso dejaron la camioneta y llamaron a Leo con el coche.
El suave traqueteo de la carretera y el agotamiento del trabajo físico hicieron su efecto en Marta. Sin darse cuenta, su cabeza, pesada por el sueño, se deslizó y se apoyó con naturalidad en el hombro de Erik.
Él sintió el contacto, cálido y confiado, y se quedó totalmente inmóvil. No quería siquiera respirar fuerte para no despertarla ni estropear el momento placentero de acercamiento y calma. Este gesto valía más que cualquier joya. Era la confianza total de la mujer que más lo había desafiado.
La Ternura del Desvelo
«Leo», susurró Erik, su voz apenas audible. «Ve directamente a su apartamento. Estate atento a que no haya paparazzi».
Erik no pudo evitar sonreír. Dejó el móvil a un lado y, con una lentitud y dulzura que ni él sabía que poseía, comenzó a mimarla.
Con la punta de sus dedos, acarició su cabello, retirando los mechones rebeldes de su rostro.
Observó su expresión, ahora totalmente en paz, desprovista de la armadura de CEO y la furia.
Era su «ángel dormido» de la playa, pero esta vez entregado a su cuidado.
Su corazón, que había permanecido frío y calculador durante tanto tiempo, se hinchó con una ternura inmensa.
Cuando llegaron al modesto edificio de Marta, ella seguía profundamente dormida. Erik se giró hacia Leo.
«Quédate aquí...».
El Nuevo Santuario
Con una suavidad que desmentía su fuerza, Erik la cogió en brazos. No pesaba casi nada. Subió los escalones de su piso con Marta acunada contra su pecho.
Abrió la puerta con el dedo de ella con mucho cuidado para no despertarla. La dejó con delicadeza en el sofá, pero al verla tan incómoda, tomó una decisión impulsiva.
La llevó hasta el dormitorio y la recostó cuidadosamente en su cama. Le quitó las zapatillas nuevas, desabrochó con extrema delicadeza el botón de sus vaqueros y la cubrió con el edredón.
Se quedó allí, mirándola en la penumbra. Este no era un acto de seducción; era un acto de cuidado y respeto. Era la única manera genuina que había encontrado para demostrarle que él no era el hombre que intentaba comprar a sus amantes.
Se arrodilló junto a la cama y, con la misma dulzura que había acariciado su cabello, le dio un ligerísimo beso en la frente. Un beso casto, una promesa.
Salió del apartamento, cerrando la puerta tras de sí. Había llevado a Marta a su casa y la había dejado dormir en su cama, estableciendo un nuevo santuario de confianza en su vida.