Capítulo 26 Las Zapatillas Nuevas y la Redención en el Parque
El Punto de Encuentro
Marta, con una mezcla de curiosidad profesional y una innegable excitación personal, se dirigió a su oficina. Sin embargo, antes de llegar, recibió un mensaje de Leo, el asistente de Erik:
«Señorita Suárez, el Sr. Erik me ha ordenado que le comunique que ha decidido que su oficina no es un lugar adecuado para discutir sobre la Fundación.
Le ruega que lo espere frente al Parque Central, cerca de la Estatua de los Fundadores.
Ha insistido en que sea un encuentro de “iguales y compañeros de causa”».
Marta sonrió de nuevo. Erik estaba jugando limpio, evitando cualquier sombra de poder corporativo. Se dirigió al parque.
Lo encontró cerca de la estatua, pero no estaba vestido de traje. Llevaba unos vaqueros viejos, una camiseta sencilla y una gorra. Parecía un hombre normal, y eso la desarmó más que cualquier traje de tres piezas. A su lado había una camioneta abierta de aspecto robusto.
• «Hola, Marta», dijo Erik, levantando la mano en un saludo casual. No se acercó a abrazarla ni a estrecharle la mano. Mantuvo la distancia que ella había impuesto. «Gracias por venir».
Marta asintió, notando que él se veía genuinamente nervioso.
• «La nota fue... inesperada, Erik. Te debo una disculpa. Admito que tu definición de “idiota” es bastante precisa», sonrió. «¿Qué tienes planeado?».
El Trabajo de Equipo
Erik respiró hondo.
• «La gala es en un mes. El hospital de niños necesita equipos de rehabilitación de última generación, y mi empresa tiene el capital.
Pero las galas de caridad son aburridas.
Leo y yo pensamos que, ya que eres la única persona en esta ciudad que me odia y me admira por mis ideas... necesito tu ayuda».
Abrió la puerta de la camioneta. Dentro había decenas de cajas de cartón.
• «No voy a vender ese collar en una subasta aburrida», explicó.
«Voy a usarlo para un reto de gamificación benéfica en la ciudad.
El premio es el collar. Para conseguirlo, la gente debe pujar por cada herramienta o pista en un tiempo determinado.
Y, para que funcione, necesito que los mejores creadores lo organicen.
Necesito un equipo. Y también necesito que me ayudes con estas cajas de la camioneta».
Marta miró la montaña de cajas y luego a Erik, sorprendida.
• «¿Qué hay en las cajas?».
• «Juguetes, ropa de cama y material consumible, ordenadores, equipos de videojuegos y mucho más... El hospital lo necesita para esta semana. Antes de la gala, quería que hiciéramos un trabajo de campo. Distribuir las donaciones. Sin prensa, solo tú y yo, y fotos caseras».
El Primer Contacto sin Prejuicios
Marta se ríe, la risa sincera de la niña de las olas.
• «Erik, acabas de pedirle a la CEO de tecnología más evasiva de la ciudad que haga trabajo manual de incógnito contigo. ¿Lo dices en serio?».
Ya era Erik, no señor Voss.
• «Absolutamente», respondió él. «Si quieres, puedes llamarme “anciano” mientras llevamos las cajas. Pero tienes que ayudarme».
Marta sintió cómo toda su resistencia se disolvía. Esto era un lenguaje que entendía: integridad, esfuerzo y acción.
• «De acuerdo, socio», dijo, remangándose la camisa. «Pero si me sacas una foto, te hackeo la cuenta bancaria. Y, por cierto», señaló la camioneta con el pie, «yo conduzco».
Y así, la batalla de los dos gigantes corporativos se transformó en una simple tarea de servicio.
Durante las siguientes horas, Marta y Erik trabajaron codo a codo, cargando y descargando las cajas.
Sus manos se rozaron varias veces al levantar el material pesado.
La ropa se manchó de polvo. Ella no lo llamó «viejo».
Cuando terminaron la primera entrega, Marta estaba radiante por el esfuerzo y el sol. Erik la miró. No había champán, no había diamantes. Solo sudor y propósito.
• «Lo hiciste muy bien para ser un CEO», bromeó Marta.
• «Y tú para ser una hacker», respondió él.
• «Ahora, vamos por un batido», dijo ella. «Prometo no derramarlo».
La conexión, esta vez basada en la admiración mutua y el trabajo en equipo, se había fortalecido. La tensión desaparecía poco a poco.