Capítulo 22 El Juego de las Olas
El Mar como Confidente
El gesto de echarse la crema había sido de lo más incitante, íntimo y sensual, un preludio que dejó a Marta sin aliento y a Erik con el corazón acelerado.
Después de unos minutos de silencio, Erik se levantó y se dirigió directamente al agua fría. La llamó mientras iba hacia la orilla con su voz baja y tentadora.
• «Ven, Marta, hay unas olas perfectas».
Ella se levantó despacio, pero luego, vencida por el impulso, corrió sin parar hasta el agua y se lanzó para atravesar una ola.
Salió de entre las olas con el agua corriendo por su cuerpo y una risa melodiosa de niña invadió los oídos de Erik.
Su vista de ella en ese estado salvaje y feliz le invadió todos los sentidos, borrando el recuerdo programado de Evelyn.
Era como si fuese ciego y viera por primera vez la luz, pero esta luz era ella, Marta.
Erik se lanzó al agua y la hundió para jugar con ella, despertando en él las ganas de jugar, de reír, de vivir que había reprimido durante una década. Se sintió libre y feliz.
Sus cuerpos se encontraron bajo el agua; el contacto físico era ahora descarado y libre. Erik estaba temblando por el deslizamiento de su piel sobre la de ella. Se levantó rápidamente con ella en los brazos para seguir con el momento tan sensual y peligroso.
Se paró con ella en brazos, frente a frente, ella deslizándose lenta y suavemente por su piel húmeda hasta que sus caras mojadas quedaron a la misma altura, muy cerca.
Se miraron, dos pares de ojos: los verdes profundos de Erik, llenos de intensidad, y los marrones grandes y sorprendidos de Marta.
La risa había desaparecido. Sus caras se acercaban cada vez más, como dos imanes de polos opuestos, listos para el impacto.
La conexión era profunda y se sentía electricidad entre sus cuerpos y sus miradas, sus caras serias y pendientes de lo inevitable…
De repente, una ola más grande los golpeó y los tiró al agua.
Suficiente para disolver la tensión creada. Se separaron bajo el agua, y ella salió otra vez riéndose, corriendo hacia la carpa. Cogió una toalla, se envolvió totalmente y se tiró en la tumbona bajo el sol. El juego se reiniciaba.
El Adonis
Erik se quedó un poco más, nadando hacia mar abierto para calmar la efervescencia en su cuerpo. Volvió después de un tiempo, cuando el cansancio había hecho efecto. No se secó.
Se acercó lentamente a la tumbona de Marta y la salpicó con agua fría del mar.
Ella abrió los ojos y lo vio: una sombra de un Adonis delante del sol. No lo distinguía por el brillo de la luz fuerte detrás de él, pero sabía que era él. Su silueta era imponente, su cuerpo perfecto.
El resto del día transcurrió en una tregua incómoda. Marta evitó a toda costa momentos íntimos o embarazosos con él. Llamaron a los asistentes, pidieron la comida y comieron los cuatro juntos al mediodía.
La Siesta Inocente
Por la tarde, el cansancio, los estómagos llenos y el sol a tope, hicieron que escondieran las tumbonas debajo de la carpa. Era el momento de una pequeña siesta relajante. Erik cerró los ojos, pero solo fingió dormir.
Marta, sin embargo, se quedó profundamente dormida de tanto jugueteo y la digestión.
Erik abrió los ojos. La vio. La vio tan inocente, tan guapa. El pelo, que antes se recogía en trenzas, ahora se había soltado; las ondas oscuras y rebeldes le encuadraban el rostro de niña. Parecía un ángel dormido.
Solo la miró sin saciedad. Su deseo se había calmado, transformándose en una ternura protectora. Era la primera vez en diez años que sentía paz al mirar a una mujer que no era Evelyn. El huracán se había convertido en una brisa suave. El depredador había encontrado su santuario.