Capítulo 20 El Soliloquio Virtual y la Promesa del Atardecer
La Despedida Virtual
Erik estaba ansioso, una sensación que no experimentaba desde la infancia. El contrato era, profesionalmente, un triunfo que le traería inmensas ganancias y fama mundial, pero en realidad la emoción no venía de ahí. Se sentía como un adolescente esperando su primera cita.
Se vistió con un traje de corte impecable y, con un sentimiento de rendición, entró en el espacio virtual.
Encontró a Evelyn en su recreación habitual.
Le pidió perdón porque no había podido visitarla, y le juró, una última vez, que jamás se olvidaría de ella.
Le contó, con la misma voz con la que hablaba a sus inversores, sobre el nuevo negocio.
«Y sobre Marta...», dijo Erik.
Evelyn, la simulación perfecta, solo preguntó con la dulzura programada: «¿Cómo es Marta?».
Erik se quedó en silencio, mirando la perfección digital de su amor perdido.
«Única, especial, excelente», contestó finalmente.
Apagó la máquina, dejando la respuesta para otro día. Se fue con el sentimiento de que debía dejar ir a su novia y al pasado...
El Desafío de la Formalidad
Marta llegó al lobby con su atuendo preferido: vaqueros y una camisa elegante, con una chaqueta de traje elegante por encima para «dar bien en los medios de comunicación», tal como le había rogado su secretaria, Celia.
Al encontrarse en el lobby, sus miradas se sostuvieron unos segundos que parecieron estallar de tensión. La lucha silenciosa continuaba.
«Señor Erik», interrumpió Leo, su asistente, rompiendo la conexión. «Ya está todo listo. ¿Quiere echar un vistazo?».
Erik giró la cabeza para atender a su asistente, y el breve, pero intenso, contacto visual entre ellos se cortó.
La firma se desarrolló en un ambiente formal y festivo, con la prensa tomando imágenes del histórico evento.
La Azotea
Después de la firma, la comitiva pasó a la gala de recepción. Marta se quitó la chaqueta, quedando en sus vaqueros, camisa y zapatos deportivos, un estandarte de su identidad. Erik, en traje y corbata, se sentía visiblemente raro a su lado.
Fueron juntos a presentarse al personal colaborador y, después de la «gira social», Erik actuó.
La tomó discretamente de la mano y le susurró:
—Ven conmigo a un lugar.
La condujo al ascensor privado y subieron hasta la azotea del edificio. Durante el recorrido solo se miraron sin decir nada. Cuando ella abrió la boca para hablar, el ascensor se detuvo.
• —¡Vamos! —dijo él, y salieron a la azotea.
El aire era ligeramente fresco, y desde allí se veía casi toda la ciudad. El sol se ponía detrás de unas colinas en el horizonte, tiñendo el cielo de naranja y púrpura. El espectáculo era perfecto.
Marta tembló un poco, ya fuera por el frescor o por la imponencia del atardecer. Erik, sin decir nada, se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros de ella.
Se demoró; sus manos tardaron en retirarse, haciendo como si la colocara bien. El roce era cálido, y sus cuerpos estaban peligrosamente cerca.
Marta le miró a los ojos; sus ojos grandes y de mirada inocente se encontraron con los verdes fascinantes de él.
• «¿Te gusta?», preguntó Erik susurrando, como para no estropear la grandeza del momento, y la pregunta tenía un doble sentido palpable: ¿las vistas o el momento?
• «Sí», dijo ella, sin quitar su mirada de la de él.
Era una conexión imposible de cortar, una rendición tácita al poder del momento. Ella se sonrojó al pensar que ya no sabía si hablaba del atardecer o del hombre. Estaba totalmente confundida.
Erik aprovechó las circunstancias para dar un paso más en la caza, la primera acción fuera del trabajo o de la confrontación.
• «Mañana», susurró. «Una excursión de un día a la playa. Huir de la ciudad. ¿Vienes?».
Marta lo pensó un momento. La playa no quedaba tan lejos, solo una hora y pico en coche.
Podrían volver después del atardecer, repitiendo la magia de ese momento, lejos de la formalidad.
Además, por mucho que lo negara, él le gustaba y la atraía como un imán.
Era el último giro en su competición de resistencia.
Si no temía estropear los negocios y crear rumores innecesarios ya se había dado un buen revolcón con él.
Bueno, aún le guardaba algo de rencor por cómo la habían tratado anteriormente y esto también la frenaba… necesitaba un poco más de venganza.
• «Está bien», aceptó. «Pero volveremos antes de la cena».
• «¿Y perder el atardecer en la playa?».
• «Tienes toda la razón, pero volvemos el mismo día».
• «Hecho».
Y le regaló su mejor sonrisa, cosa que le hacía parecer la perfección entruquipada de la belleza masculina.
Bajaron. Marta, esta vez, dejó que el chófer de Erik la llevara a casa. Erik tuvo que quedarse como anfitrión para despedir a los invitados y dar una rueda de prensa.
La promesa de pasar un día juntos en la playa se había establecido, llevando la batalla de sus corazones a un nuevo y peligroso territorio.