Capítulo 16 La Ducha Fría y el Despertar
El Repartidor Inesperado
Erik estaba al borde del colapso emocional cuando vio el mensaje de auxilio de Marta (que ella había enviado erróneamente a él, confundiéndolo con Celia, su secretaria). La oportunidad de entrar en su vida, en su espacio más vulnerable, era demasiado tentadora.
Entró suavemente por la puerta entreabierta de su modesto apartamento, confirmando la investigación de Leo: era minúsculo comparado con su ático, pero estaba impecablemente ordenado, salvo por la botella de champán y la copa en la mesa.
«La comida está aquí, señorita», dijo Erik en voz baja, imitando el tono de un repartidor, y colocó la bolsa de comida a domicilio en la mesita del salón.
Marta, con los ojos entreabiertos por el alcohol y la somnolencia, lo miró sin verlo realmente.
• «¡Qué guapos son los repartidores ahora!», exclamó sin pensar, su voz un murmullo atolondrado.
Se levantó tambaleante del sofá y, en un impulso de euforia borracha, se arrojó en los brazos de Erik.
• «¿Va a ser que Celia me ha mandado un “boy” para divertirme?», dijo en voz alta, abrazándolo con familiaridad.
El Juego Peligroso
Marta le cogió el rostro por las mejillas, mirándolo atentamente sin enfocar del todo.
• «¡Eres muy guapo!».
Luego, su mano siguió un camino atrevido, desde los hombros hasta los brazos, y luego al pecho de Erik, deteniéndose justo en los abdominales duros. Ella se reía como tonta mientras lo tocaba y le dio un gran abrazo. Como era tan bajita, su cabeza tocaba su pecho firme.
Erik estaba al borde del estallido. Su cuerpo estaba duro y en alerta; no esperaba este recibimiento sensual en un apartamento que él había pensado invadir con una confrontación fría.
De repente, Marta dio un salto en el sofá, mirándolo ahora desde arriba. En ese momento de poder temporal, cuando Erik pensaba que iba a besarlo, ella se transformó en la niña dictadora: lo empujó y le ordenó que bailara para ella y se quitara la ropa.
El Baño de Realidad
El deseo de Erik de poseerla estaba en su punto máximo, pero en ese momento crítico un vestigio de su integridad, la culpa por acosarla y despreciarla, se impuso. Él no era un depredador. No se aprovecharía de ella en ese estado.
La cogió en brazos con la misma firmeza con la que la había abrazado y la llevó directamente al baño. Sin contemplaciones, la puso bajo la ducha fría por unos segundos.
El chorro de agua helada la despertó violentamente. Marta se enderezó, empapada y temblando, y al fin lo vio con claridad. No era un repartidor, no era un boy: era Erik.
Llevaba solo una blusa de seda que, ahora mojada, se transparentaba, dejando ver sus pezones y la forma perfecta de sus pechos redondos y llenos. Todo su cuerpo quedó al descubierto a través de la tela mojada.
El pánico y la vergüenza la asaltaron. Su cerebro gritó.
Erik la miró, su propio traje empapado.
• «¿Ves quién soy, Marta? ¿Quieres aún que me desnude para ti?».
Ella gritó, con una furia y vergüenza absolutas. No esperó explicaciones:
• «¡Pervertido! ¡Fuera de mi casa! ¡Acosador!».
Lo echó a empujones por la puerta entreabierta, cerrándola con el pestillo.
La Paradoja de Erik
Erik llegó a su ático riéndose como un tonto. Estaba empapado, humillado por ser llamado «pervertido» y expulsado, pero sentía una alegría descontrolada. Aún estaba en tensión por ver su cuerpo tan perfecto a través de la tela mojada.
Pensaba en su beso, en su cuerpo pequeño y mojado, y lo linda que se veía en ese momento de caos. A pesar de su fama, jamás se había aprovechado de una chica y menos de ella.
En su mente, la acción de la ducha fría, aunque brutal, era la prueba de su caballerosidad.
Ahora, su deseo de Marta se había fusionado con una necesidad de redención.
Tenía que demostrarle que él no era el «pervertido acosador» ni el «viejo» que ella creía.
Y, para eso, el juego tenía que cambiar de forma drástica.