Mas allá de la realidad Capítulo 14 La Danza y la Huida
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Capítulo 14 La Danza y la Huida

La Persecución Humilde

Tras el devastador discurso de Marta, que dejó a toda la élite corporativa en silencio incómodo, Erik bajó del escenario con una mezcla de furia controlada y una admiración desesperada. La niña que le había llamado «viejo» acababa de demostrar ser la jugadora más poderosa de la sala.

La conquista ya no era un juego de ego; era una necesidad de disculpa y posesión.

La siguió humildemente (una palabra que nunca antes había aplicado a sí mismo), acompañado de su asistente y altos cargos y accionistas, hasta la mesa de bebidas. Su rostro se compuso para reflejar respeto profesional. Tenía miedo de que fuera a irse.

• «Señorita Suárez», dijo, tendiéndole una copa de champán recién servido. «Permítame celebrar su magnífica presentación y, lo más importante, su presencia en nuestra fiesta».

Marta lo miró con escepticismo, pero al ver la multitud de ejecutivos que observaban la escena, entendió la necesidad de mantener las formalidades. Aceptó la copa, chocaron los cristales suavemente —un contraste exquisito con la situación de antes— y tomó un solo sorbo.

Acto seguido, Marta intentó escabullirse e irse. Debería dejarlos que hiervan a presión un poco.

• «Gracias, señor Erik. Me temo que mi noche ha terminado».

Aún no quedaba claro qué pensaba hacer, si iba a continuar o romper el contrato.

La Batalla del Vals

Pero Erik no había llegado tan lejos para dejarla escapar.

• «Lo siento, señorita Suárez. Mis disculpas no han terminado.

Déjame compensarte. Mi vergüenza es máxima.

Espero que no vayas a echar por la borda una colaboración tan beneficiosa para todos por un malentendido.

Como anfitrión, tengo el honor de pedirle que me conceda la primera pieza.

Ya han dado la orden de que abramos el baile formalmente».

Su mirada había cambiado de dominante y seductora a humilde y culpable. De alguna manera le daba pena y le entraban ganas de reírse por el malentendido que él mismo había alimentado en su orgullo desmesurado y el desprecio hacia los que no son iguales a él.

La orden era irrevocable. Marta, sintiéndose atrapada, aceptó a regañadientes.

La música comenzó con un vals suave, pero la danza fue todo, menos delicada.

Erik la atrajo hacia sí, pegándola a su cuerpo con una mezcla de firmeza y suavidad calculada.

La mano de él se posó en su espalda baja, apretándola suavemente.

Ella sintió la dureza de sus abdominales y su pecho duro bajo la tela de su esmoquin.

La danza fue una lucha de poder y dominación. Él no le quitó la mirada en ningún momento, sus ojos verdes fijos en los suyos, como si intentara penetrar su mente y su resistencia. Ninguno quería ceder.

Se miraron durante minutos que parecieron horas, con los corazones al estallar y las emociones a flor de piel.

El deseo físico, negado y frustrado, se intensificó con cada giro.

Él solo pensaba en la frescura de sus labios, el sabor que recordaba de hace poco.

Ella solo pensaba en el contacto del cuerpo masculino y duro que, a pesar de su protesta cerebral, le encendía la piel.

La Huida

Cuando el baile terminó, el contacto se rompió bruscamente.

Marta, sin decir una palabra, se fue prácticamente sin despedirse.

Se dirigió con celeridad al salón anexo, donde Celia, su secretaria, la esperaba.

Rápidamente, se quitó los molestos tacones y se puso sus zapatillas deportivas cómodas.

En segundos, ella y Celia estaban en la puerta principal del hotel, esperando el coche que ya habían pedido discretamente.

Erik, al verla desaparecer de su vista, entró en pánico. Se apresuró a salir del salón principal, la buscó con la mirada y la encontró en la puerta.

• «¡Señorita Suárez! Mi coche y mi chófer la llevarán a casa. Es lo menos que puedo hacer», ofreció, su voz cargada de una necesidad que rozaba la súplica.

Marta se giró, su rostro ya tranquilo y en control.

• «Se lo agradezco, señor Voss», dijo con una cortesía fría y perfecta. «Pero ya me ha honrado con el baile». Rechazó amablemente. «Mi transporte ya está aquí».

Justo entonces, un taxi se detuvo frente a ellos.

Marta subió al coche con Celia, dejando a Erik de pie, solo, en la puerta del hotel, con el eco del vals y el roce de su cuerpo aún frescos en su piel.

De repente, se bajó la ventanilla y salió volando la tarjeta de habitación como un recordatorio del insulto…

Se quedó desconcertado y humillado. La conquista había sido un fracaso total y la humillación, doble. La niña de los vaqueros lo había rechazado, lo había ofendido y luego había escapado sin mirar atrás. Además, era ella quien tenía toda la razón…

Erik solo podía pensar en una cosa: cómo compensará esta grave falta y recuperará el control sobre la joven que había destrozado su perfecta y fría vida.