Capítulo 13 El Homenaje Forzado
El Deseo
El rechazo de Marta no extinguió el deseo de Erik; lo incendió.
El insulto del «viejo» y el rechazo a su dinero solo sirvieron para convertirla en el desafío supremo.
Aunque su juicio se nubló por la rabia y el deseo, Erik notó que, si bien ella no era espectacularmente glamurosa, sí poseía un aura de algo muy especial, una energía única y una honestidad brutal que la distinguía de todas las mujeres calculadoras que había conocido.
Su deseo de poseerla se disparó.
Justo cuando estaba sumergido en este torbellino de emociones, la música se detuvo. Era el momento de conocer a la invitada de honor. Volvió rápidamente.
El director de eventos subió al escenario y, con una reverencia, invitó a Erik a tomar la palabra. Erik se recompuso en un instante, volviendo a ser el CEO imperturbable.
Se dirigió al atril y, con la voz perfectamente modulada, anunció: «Damas y caballeros, es un honor presentar a una de las mentes más brillantes que nuestra industria tiene la suerte de cortejar.
Es la profesional del momento, la ethical hacker más poderosa y con más talento.
Ganadora de múltiples premios internacionales, de una inteligencia deslumbrante y única.
Esperamos que elija unirse a nuestro grupo pronto.
Por favor, den una cálida bienvenida a nuestra invitada de honor y socia potencial... la señorita...».
Erik hizo una pausa dramática, buscando el nombre en su tarjeta. En ese preciso momento, Leo (que había estado investigando) se acercó discretamente y le susurró el nombre.
La información, al fin, le llegó.
«... Marta Suárez».
La Revelación
El rostro de Erik se convirtió en un poema de desconcierto. Sus ojos verdes reflejaban una mezcla caótica de sorpresa, admiración e incredulidad.
Además, todo lo que le había dicho y cómo la había tratado le pasó en este instante por su mente y sintió vergüenza y mucho miedo de que ella rechace la colaboración. Había arruinado un trato ya hecho…
La mujer que había manchado su camisa, a la que había llamado acosadora y a la que había ofrecido dinero por sexo, ¡era el genio que su empresa intentaba fichar!
El CEO, que se había mofado de su vestimenta y presencia allí, ahora debía rendirle homenaje.
Marta, que había estado observando la escena desde lejos, finalmente se sintió vengada.
La verdad golpeó: el hombre al que había abofeteado era el jefe supremo del grupo. Una sonrisa de superioridad y desprecio victorioso se dibujó en su rostro. La despreciada, la «intrusa», era la estrella.
Con pasos firmes, sus vaqueros de alta costura desafiando cada esmoquin y vestido de gala, Marta se dirigió al escenario.
Al llegar junto a Erik, el contraste era total. Ella lo miró con la cabeza bien alta. Él, todavía luchando por recomponerse, le tendió la mano formalmente. Ella se paró y le clavó la mirada; él no sabía ahora cómo arreglar el malentendido.
Sentía vergüenza y miedo de perder el trato, pero también sentía un deseo aún mayor por tenerla. Ella lo miró, pero no con desprecio, sino con cara de: ¿a ver cómo vas a salir de esta? Y tenía ganas de reírse, al igual que él cuando ella le salpicó el batido de chocolate.
Marta estaba parada sin hacer ningún gesto, él con la mano tendida, pero recordó su amabilidad en aquella situación y aceptó el saludo; su apretón fue breve, seco y lleno de intención. Solo le devolvió el favor de aquella vez. En verdad, el contrato era bueno para todos.
El Discurso de la Venganza
Marta se dirigió al atril. El silencio en el salón era absoluto. Todos esperaban un discurso técnico, pero obtuvieron una lección de humildad corporativa.
Comenzó hablando sobre la brillantez de la AR y la VR, asombrando al público con su conocimiento y su visión innovadora. Su voz, aunque algo más suave que su personalidad ruidosa, era magnética.
Pero al final, su temperamento se impuso. Marta lanzó la estocada final, mirando directamente a los cientos de ejecutivos que la habían juzgado, y luego dirigió una mirada glacial a Erik.
«La colaboración entre empresas se basa en el respeto mutuo y la confianza», declaró con claridad. «Si su cultura empresarial valora más la tela de un traje que el valor de una idea, y permite que su personal desprecie a sus invitados antes de que pisen el salón...».
Su tono se elevó:
«... Entonces, sinceramente, es mejor pensar otra vez en si se debe aceptar esta colaboración... Porque yo no hago negocios con empresas que me hacen sentir como una intrusa y me faltan al respeto».
El salón estalló en un murmullo de pánico. El golpe había sido directo a la línea de flotación de la empresa de Erik.
Erik, en el escenario, estaba dividido. La furia de la humillación se mezclaba con una admiración indomable por el genio y la integridad de la mujer que acababa de llamarle «viejo».
El juego había terminado. La persecución estaba a punto de volverse mucho más seria.
Debería hacer todo para no perder este contrato.