Capítulo 12 La Oferta Descarada
La Presencia Inminente
Erik entró en el salón alertado de que una «intrusa con una invitación dudosa» había sido dejada pasar. Su temperamento, ya encendido, estaba al límite. Escaneó la sala y la encontró.
Estaba de espaldas, su pequeña figura en la blusa de diseño y vaqueros, acosando la mesa de catering. Había terminado su tercera copa de champán. El alcohol, la tensión y los dulces eran el único muro entre ella y la élite despreciativa.
Cuando Marta se giró, el reconocimiento fue instantáneo.
La chica de los vaqueros, la mancha de chocolate, la bofetada en el ascensor…
el beso… seguramente que ahora, que la había besado, se creía con derecho a acosarlo aquí, en su territorio…
pero no va a hacer un escándalo en un día tan importante.
Erik guardó la compostura con una maestría helada.
Analizó su vestimenta, notando el cinturón de Gucci y los destellos de joyas de alta gama que, aunque discretas, eran inconfundibles.
En su mente, esto confirmó la historia de Leo: venía de la nada, pero vivía del lujo.
Una mantenida, una cazafortunas. Para él, a su edad tan joven, la única explicación de esa riqueza era que «vivía de los hombres».
El Retorno al Juego
Erik se acercó a ella; su rostro era una máscara de encanto estudiado. Le tendió la mano como si nunca se hubieran visto.
• «Buenas noches», dijo, su voz grave y melódica. «Soy Erik».
Marta dudó por un instante, pero aceptó el apretón de manos. Él la retuvo un tiempo incómodo; sus ojos verdes la taladraron con una insistencia que pretendía dominar. Él quería que ella bajara la mirada, que se rindiera a su poder.
Pero Marta había previsto el juego. En lugar de ceder, alzó la barbilla.
• «Marta», se presentó simplemente. Al igual que él, no dijo su apellido; su tono era desafiante. Se había dado cuenta de la trampa, de que él fingía no conocerla para establecer un juego de poder.
• «Encantado», replicó Erik, aumentando la presión del apretón. «Parece que estamos celebrando un evento importante aquí».
Marta no pudo evitar la puñalada. Quería ponerlo en su lugar y castigarlo por el intento de humillación.
• «Sí, ya veo», respondió con desprecio en sus ojos. «Estoy encantada de conocerlo. ¿A qué te dedicas en esta empresa?».
• «Soy el CEO», dijo él con arrogancia.
• Ah, pensaba que el CEO de esta empresa era más joven…
No le dijo «viejo»… pero la indirecta le dolió.
El golpe fue certero. El enojo ardió en los ojos de Erik, pero mantuvo su sonrisa de depredador. Ahora creía saber lo que ella quería: dinero y una «conquista de alto nivel».
Se inclinó, su voz bajando a un susurro que solo ella pudo oír, regresando a su patrón de conquista.
Aunque ella lo estaba persiguiendo, se estaba haciendo la difícil, lo que a él le gustaba del juego de la seducción.
Dio un paso más para llevársela a la cama esta noche y terminar este cortejo sin fin:
• «Sé por qué estás aquí, Marta. Y lo entiendo.
Eres una chica muy guapa, y sé cómo funciona este mundo.
Tú quieres dinero… Yo tengo mucho… podemos hacer buen equipo.
Eres bastante joven y, lo reconozco, conseguiste llamar mi atención y despertar mi interés.
Ya podemos pasar a la siguiente parte… toma mi tarjeta de habitación y espérame obediente ahí hasta que termine el evento.
Pide lo que quieras a mi cuenta. Luego iré a acompañarte bien… ».
Le dio la tarjeta de la habitación que él tenía en el hotel. Ella abrió los ojos bien grandes por la sorpresa, pero quiso que él quedara igual de humillado y más; así que la recogió con una sonrisa venenosa y la guardó en el bolsillo de sus vaqueros.
No entendió exactamente cómo la iba a «acompañar bien», así que preguntó sin rodeos:
• ¿A qué se refiere usted?
La cogió de la mano arrastrándola y se colaron discretamente en una sala de descanso contigua.
La puso contra la pared y la besó metiéndole la mano por debajo de la blusa, buscando uno de sus pechos redondos y duros que llenaban la parte de arriba de la blusa.
No llevaba sujetador —ella consideraba que era un instrumento de tortura para las mujeres—.
Se sorprendió por este comportamiento abusivo de Erik, pero sentía derretirse en el interior, y la corriente que le traspasaba el cuerpo desde la garganta, acelerando su corazón, pasando por su estómago y terminando en un calor intenso en la parte baja de su abdomen, le impedía reaccionar en este instante.
Era una oferta descarada de vender su cuerpo para conseguir la inversión, o parecía esto. Su mente reaccionó y le empujó brutalmente. Quiso darle una bofetada, pero él la cogió por la muñeca y la paró en seco.
• «¿Estás loco? ¡Desvergonzado! Todos se están peleando por mí y me pondrán el mundo a disposición si así lo deseo y lo pido.
¿Para qué necesito a alguien tan mayor como tú para apoyarme?
(ella sabía que le tocaba la palabra). Serás tú el que no es capaz de hacer nada y me necesitas para coger impulso y tener éxito… ».
Aquí se lió todo y el malentendido se hizo aún mayor, porque él seguía creyendo que es una mujer voluble que lo está persiguiendo y ella creía que él la desconsidera como profesional y le ofrece impulsarla calentándole la cama…
• «¿Entonces qué es lo que deseas para ceder? ¿Dinero, joyas, casas, coches, un yate?».
Ella estaba intentando quitar su muñeca de su agarre.
La Explosión de la Contradicción
Al escuchar la oferta descarada, Marta se sonrojó con una mezcla de furia y una extraña, vergonzosa excitación.
El desprecio era atroz, pero el simple hecho de que él lo propusiera hizo que su mente, por un segundo, traicionara su integridad.
Ella solo recordó el beso, sus dedos tocando su piel por debajo de la blusa y sus brazos fuertes rodeándola.
Rápidamente, su integridad venció a su deseo. Pero mantuvo la compostura.
Se soltó de su agarre con brusquedad. Su rostro, enrojecido por la vergüenza y la ira, era el de una niña ofendida.
«Usted está muy equivocado, señor Erik. No soy esa clase de persona», siseó con la voz firme a pesar de la rabia. Le miró una última vez, con desprecio absoluto por su arrogancia y su oferta.
Y le propinó el único insulto que sabía que le dolería. Por tercera vez, sellando su desinterés en su juego de ego:
«Y ya le dije que no me interesan los viejos».
Marta se dio la vuelta y se alejó rápidamente, dejando a Erik paralizado, con una mezcla de humillación y una perplejidad creciente.
No era solo el insulto; era la primera vez que una mujer, después de su oferta, lo rechazaba con tanta convicción.
Si ni siquiera hacía falta ofrecer nada a ninguna… Esta era muy codiciosa.