Capítulo 10 El Refugio Virtual
La Culpa del Cacao
Erik llegó a su ático de cristal con la mejilla ardiendo y el alma en llamas.
El sabor inesperado de los labios de Marta —fresco y dulce, sorprendido y, por un instante, receptivo— se mezclaba con el regusto amargo de la bofetada y el eco del insulto: «viejo pervertido».
Se miró en el espejo de su recibidor sintiendo que su autoestima estaba bajando tremendamente.
Dejó caer su chaqueta de cena y se dirigió directamente al cuarto de los videojuegos y la realidad virtual, su santuario y su cárcel. Por primera vez, se quedó ahí sin hacer nada por un tiempo.
Luego se sumergió en el código. Se puso las gafas y entró en el mundo meticulosamente recreado de Evelyn.
La encontró en el lugar de su primer beso, bajo un cielo digitalmente perfecto.
Comenzaron a charlar, repasando sus recuerdos más bonitos, tal como lo hacía cada vez que su ego o su corazón estaban heridos.
Pero esta vez, algo era diferente.
Mientras la Evelyn virtual le hablaba de sus planes de futuro, Erik sentía una punzada de culpa que nunca antes había conocido.
Era una sensación de traición, no hacia la memoria de Evelyn, sino hacia la lealtad que él le había jurado.
Había besado a otra mujer, y no era un beso frío y calculador, sino un acto impulsivo que había despertado algo en él que creía muerto.
No tenía idea de que, para enamorarse, bastaría muy poco; a veces solo se necesitan unos cuantos segundos de colisión emocional.
Se sentía culpable, pero no sabía exactamente por qué: ¿por el beso o por el hecho de que había disfrutado del contacto de esa joven caótica?
Estaba confundido porque, en las relaciones con sus «novias», disfrutaba del sexo sin culpa alguna.
Al final, en todas sus cortas relaciones intentaba liberar su cuerpo.
Pero nunca había sentido este nudo en la garganta ni estas mariposas en su estómago que parecía que se reían de él mientras aleteaban ahí dentro, haciendo que se revuelva todo en su interior, que se le acelere el pulso y que necesite besarla locamente.
No podía dejar de pensar en ella, en su mirada inocente y sus labios dulces, en el caos que creaba a su alrededor…
El Torbellino de la Juventud
Mientras tanto, en su modesto apartamento, Marta estaba en un estado de caos emocional. Se movía por la pequeña cocina, se tocaba los labios una y otra vez, sonriendo y sintiendo el recuerdo de la presión de la boca de Erik.
La adrenalina del incidente del ascensor aún recorría su cuerpo.
No era que nunca hubiera tenido relaciones, pero la intensidad de lo que sentía por ese hombre maduro —incompatible con su juventud y forma de ser— la desbordaba.
Él representaba todo lo que ella despreciaba: el poder, la frialdad corporativa, el lujo excesivo.
Sin embargo, su beso había sido una descarga eléctrica.
Era un hombre muy guapo, de un atractivo raro que hacía que todas las mujeres lo desearan.
Pero ella no. No lo deseaba. Estaba segura de esto.
Solo era la reacción fisiológica de su cuerpo, pura atracción sexual.
A lo mejor debería buscar una pareja para el sexo porque tenía reacciones desmesuradas. Sería que pasaba mucho tiempo sola…
Aún le temblaban las piernas y el corazón se le salía del pecho.
Toda la noche dio vueltas en la cama, sin poder conciliar el sueño.
Sus pensamientos giraban en torno a la paradoja: la prepotencia de él, su belleza imponente y, sobre todo, la intensidad inédita de lo que había despertado.
Un extraño, guapo por cierto, pero que había acaparado todos sus sentidos en un par de encuentros explosivos.
Marta se preguntaba cómo podría enfrentarlo la próxima vez sin que su corazón, ya tan sensible y fuerte, la traicionara. El juego de la conquista de Erik había fallado miserablemente, pero el juego de la atracción de Marta había comenzado fuerte.
• «¡Lo odio!», gritó de repente y lanzó la almohada con furia.