Mas allá de la realidad Capítulo 5 La Espera
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Capítulo 5 La Espera

Un Momento de Ligereza

El chorro de batido de chocolate había sido un incidente absurdo que, para sorpresa de todos, no terminó en una explosión de ira.

El rastro de dulzura pegajosa en su camisa blanca era un desastre costoso, pero Erik sintió una ligera, casi imperceptible, chispa de diversión.

El caos inocente de la joven era un contraste tan agudo con la calculada perfección de su mundo que lo desarmó momentáneamente.

• «Es la primera vez que me duchan con cacao», dijo Erik, sus labios curvándose en una sonrisa que rara vez concedía a desconocidos.

Su voz era grave y controlada. • ¡Lo siento!

Voy a llevar su ropa a la tintorería y le pagaré una compensación si hace falta.

• «No se preocupe. Espere a mi asistente.

Se encargará de la ropa. Con esto quedamos en paz».

Le regaló otra sonrisa. La recepcionista y su asistente se sorprendieron al verlo otra vez sonriendo, y Marta pensó que era uno de los hombres más atractivos que había conocido en toda su vida.

Indicó a la joven dónde ir y luego se dirigió al ascensor privado. La torpeza e inocencia de Marta le habían hecho gracia. Necesitaba cambiarse, pero por alguna razón no quería que ella se marchara.

El Desprecio

Marta se dirigió al elegante despacho principal, pero tuvo que pasar por el área de recepción.

La gente en el gran lobby, incluidos varios empleados, la observaba abiertamente.

La miraban con desprecio. Su vestimenta sencilla —vaqueros, zapatillas y la blusa un poco manchada de chocolate— contrastaba violentamente con el brillo corporativo.

Dos recepcionistas, pulcramente vestidas y con maquillajes perfectos, eran las más virulentas en su juicio. Marta se acercó al mostrador, intentando recuperar su compostura profesional.

• «Vengo a recoger la invitación para la fiesta anual. Soy Marta», dijo, manteniendo su sonrisa, a pesar de la vergüenza.

Las recepcionistas se rieron abiertamente, haciendo poco esfuerzo por disimular su burla.

• «¿Marta? ¿La invitada de honor?», dijo una, arqueando una ceja perfectamente depilada.

«Disculpe, señorita, pero aquí solo entregamos invitaciones con identificación.

Y, francamente…», su voz se elevó ligeramente para que el lobby escuchara, «la invitada que esperamos no vendría de esta manera, malamente vestida y sucia».

• «No llevo mi carné físico», replicó Marta, con su paciencia probada. «Pero puedo mostrarles la identificación en mi móvil».

La otra recepcionista se rió con más fuerza.

• «¡Ay, mi vida! ¿Crees que somos tontas? Cualquiera puede modificar una foto de identificación en un móvil. ¡Nosotras mismas lo hacíamos con 17 para entrar en los locales de copas!».

Los murmullos se intensificaron. La gente tomó partido, mirando a Marta como una farsante, una cazafortunas desvergonzada que había entrado para «conquistar» al codiciado jefe.

El Encuentro con Leo

El tiempo se sintió eterno y frustrante.

Marta, a pesar de su temperamento explosivo, se obligó a mantener la calma.

No iba a permitir que su educación y respeto por los anfitriones se perdieran por culpa de la mala educación y la ignorancia de estas mujeres.

Su identidad era discreta; no quería presumir de su fama como hacker estrella.

Simplemente quería una vida cómoda y sin problemas.

Finalmente, apareció Leo, el asistente del hombre. Era una persona eficiente y de expresión cansada. Se acercó a Marta, ignorando fríamente a las recepcionistas.

• «Señorita, soy Leo, el asistente del señor Erik. Él le pide disculpas por la espera». Su voz era profesional, sin emoción. Le entregó a Marta una bolsa de diseñador. «Aquí está su ropa. La puede llevar a la tintorería».

Marta tomó la bolsa. O sea, ¿que la ha hecho esperar tanto para entregarle la ropa manchada? ¡Qué falta de cortesía…! Aun así, mantuvo su apariencia calma y educada:

• «Disculpas otra vez», dijo; su sonrisa ya era tensa.

Leo la guio discretamente hasta la salida. Mientras se alejaba, el murmullo de las dos recepcionistas las alcanzó: «¡Qué vergüenza! ¡Y con batido de chocolate! Una nerd sucia».

Marta salió del edificio sintiendo el pinchazo de la humillación, pero también una furia fría. No había recogido su invitación, pero sí había conocido el desprecio que anidaba en el mundo de esta empresa.

Ahora Marta, humillada y sin invitación, tiene que decidir cómo proceder. El destino la ha puesto en conflicto directo con la empresa de Erik y, por extensión, con él.