Capítulo 4 La Colisión del Batido de Chocolate
La Invitada de Honor
Marta tenía veinticinco años y era la definición de talento explosivo.
No solo era una estrella emergente en el desarrollo de videojuegos, Realidad Aumentada (AR) y Realidad Virtual (VR), sino que era la hacker ética más famosa del momento.
Su habilidad para penetrar y defender cualquier sistema la había convertido en el pez gordo que todas las grandes corporaciones, incluida la de Erik, querían pescar.
Era la invitada de honor de la próxima fiesta anual de la empresa, una carnada de lujo para convencerla de unirse a ellos en detrimento de la competencia.
Físicamente, Marta era un estudio de la contradicción.
Menuda y delgada, sus formas perfectas se perdían bajo la ropa cómoda.
Su rostro era el de una niña, con mofletes llenos y ojos grandes marrones que irradiaban curiosidad.
Su boca era perfecta, siempre dispuesta a una sonrisa que revelaba dos líneas de dientes muy blancos, uno de ellos ligeramente torcido, un detalle que solo acentuaba su aire de inocencia.
Su estilo era consistentemente informal: vaqueros y zapatillas deportivas.
Su pelo castaño, muy ondulado por la herencia de sus antepasados africanos, estaba casi siempre recogido en una o dos trenzas, haciéndola parecer aún más joven, casi una colegiala.
Su piel morena, tirando a mulata, hacía que sus ojos marrones oro se vean más grandes y su pequeña nariz completaban un aspecto radiante y completamente fuera del glamour que rodeaba a Erik.
Ella era un foco de atención dondequiera que entraba, no por su belleza formal, sino por su forma de ser ruidosa y constantemente sonriente, como una niña grande en un juego eterno.
El Desastre en el Lobby
Marta se presentó en la sede de la compañía de Erik para recoger la invitación en persona, un gesto de respeto y cortesía hacia los anfitriones.
Esperaba una gran colaboración porque era la empresa más generosa y más avanzada en el tema y que más talentos aprovechaba para la investigación y desarrollo, pionera en computación cuántica y en muchísimo más…
Entró en el lobby de mármol pulido, su mente ya inmersa en una idea de software que había tenido en el taxi.
Estaba tan absorta que, mientras sostenía el móvil dictando las ideas, no vio venir el desastre.
En la otra mano sostenía un tetrabrik de batido de chocolate con pajita, su combustible favorito.
Justo al girar una esquina, su comportamiento impulsivo y distraído la hizo tropezar ligeramente con un pequeño escalón de mármol. Instintivamente, apretó la mano que sostenía el batido para agarrarse a algo porque sentía que se caía.
El batido, bajo la presión, salió disparado de la pajita en un chorro perfecto y directo.
El receptor del proyectil de cacao fue un hombre alto, moreno y sorprendentemente elegante que salía de un ascensor. Él no llevaba traje formal, sino una camisa de lino blanca abierta en el cuello y unos pantalones informales azul claro de alta costura.
El chorro impactó en la barbilla, la camisa y el pantalón del hombre, dejando una mancha chorreando, oscura y desagradable, y ella aterrizó directamente en los brazos de este, que la sostuvo hábilmente para que no se hiciera daño.
El Contacto Eléctrico
Marta entró en pánico. «¡Oh, por Dios, lo siento muchísimo! ¡Soy una torpe, qué horrible!». Se separó de él rápidamente.
Dejó caer el batido vacío, que rodó inofensivamente por el suelo, y sacó frenéticamente un kleenex de su bolsillo. Con la esperanza desesperada de mitigar el daño, empezó a tocarle para limpiarle la cara y luego frotar la mancha en la camisa de lino blanco.
El efecto fue instantáneo y catastrófico: el kleenex solo logró extender el batido de chocolate en un manchurrón pegajoso y grande sobre su pecho y su pantalón.
En ese momento, cuando el kleenex de Marta tocaba directamente la piel de su pecho mientras intentaba limpiar, sintió cómo una corriente inexplicable le pasaba por su cuerpo y sus miradas se conectaron.
Erik, el hombre que nunca se inmutaba, sintió una descarga. Sus ojos verdes, normalmente fríos y analíticos, se encontraron con los grandes ojos marrones de la joven, llenos de genuina desesperación y culpa. El tacto de las yemas de sus dedos en su piel era inesperadamente cálido y urgente.
Erik no gritó, no se enojó; simplemente la miró fijamente, con el batido de chocolate manchando la camisa de diseño. Por un segundo, el mundo a su alrededor desapareció. La colisión había sido total.