Capítulo 2 La Metodología del Corazón Roto
La Rutina de la Mansión Suspendida
La vida de Erik se desarrollaba en su gigantesco ático dúplex de mil metros cuadrados, una «mansión suspendida» en el cielo de la ciudad.
El lujo era abrumador: siete habitaciones suite, cada una con su propio vestidor y baño; salones diseñados para la ostentación y espacios dedicados al culto del cuerpo y la tecnología: gimnasio y sala de videojuegos y realidad virtual.
La orquesta invisible que mantenía este mundo funcionando era su personal: un mayordomo para el orden, una encargada de limpieza y cocina y el más crucial de todos, Leo, su asistente personal.
Leo no vivía en el ático, pero tenía su habitación permanente ahí y era el confidente, el muro de contención e incluso el testigo involuntario de la fría metodología de su jefe.
Leo se encargaba de esquivar a la última mujer abandonada, una famosa actriz que, para gran fastidio de Erik, había hecho un escándalo al descubrir que su relación, como todas, tenía fecha de caducidad.
El Ritual
El centro de operaciones de las conquistas de Erik era el «jardín» principal, un espacio opulento con jacuzzi y un «salón de belleza» privado que se cerraba y climatizaba en invierno.
Era allí donde se desarrollaba el ritual de la cita perfecta: flores frescas, champán de la mejor cosecha y, culminando cada historia, el regalo final de despedida: siempre una joya preciosa.
Las mujeres acudían ansiosas a este altar de cristal y mármol. Creían ser la excepción, la elegida que derretiría el hielo nórdico de Erik. Pero él era inmutable. Su estrategia era clara y cruel: conquistar, disfrutar y desechar.
La Conquista: Erik rechazaba a las mujeres que se le ofrecían directamente. Lo fácil no le gustaba, no fortalecía su ego. Él buscaba aquellas que presentaran un desafío, un muro que escalar. Una vez que la conquista se hacía efectiva, el juego comenzaba a la vez que la cuenta atrás.
La Cifra: Una vez que la mujer era «suya», el reloj se ponía en marcha. El límite de tiempo era innegociable y la contabilidad era fría. Aprovechar al máximo la cama: máximo tres meses juntos. Ese era el punto de no retorno. La culminación, seguida del regalo de ruptura.
En los últimos diez años, Erik había roto incontables corazones con esta práctica fría y calculada. Su nivel de desapego era tal que le dictaba a Leo exactamente cuándo era la conquista para calcular la fecha límite o una fecha propicia anterior a esta.
Erik bromeaba sobre su libertad y su juventud, pero, en el fondo, su conducta revelaba una incapacidad profunda de conectar, usando a las mujeres para inflar su ego y, de paso, mantener a raya cualquier posibilidad de un sentimiento real.
Su mundo digital estaba perfectamente calculado; su mundo emocional, aún más.