Mas allá de la realidad Capítulo 1 El Rey de la Realidad Virtual
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Mas allá de la realidad

Mas allá de la realidad

Por Emanuela Underline

© inepub.com

Capítulo 1 El Rey de la Realidad Virtual

La Cima de Cristal

Erik tenía treinta y seis años y vivía en un estado de perpetua conquista.

No conquistaba territorios ni imperios, sino el mundo digital.

Como cofundador y director creativo de una de las empresas de videojuegos y realidad virtual más influyentes del planeta, había llegado a la cima muy joven, gracias a una combinación brutal de habilidad, visión y trabajo constante que no daba tregua.

Su vida era un torbellino de lanzamientos globales, reuniones con inversores y conferencias de prensa.

Vivía en un ático de diseño en una gran metrópolis, un templo de cristal y acero que reflejaba su estatus: lujo absoluto y soledad calculada.

Físicamente era impactante: moreno, alto, con antepasados nórdicos que le daban unos intensos ojos verdes y un porte imponente. Era la encarnación del éxito moderno y el sueño de toda mujer…

Su familia, bien posicionada en la sociedad, era la única que intentaba inyectar vida personal en su agenda. Los mensajes de su madre eran constantes: «Erik, ¿cuándo traerás a alguien serio? Es hora de pensar en un nieto. ¿No crees que ya es suficiente tiempo de trabajo?».

El Mito del Mujeriego de Hielo

Pese a su intensa carga laboral, Erik tenía una reputación muy clara entre las mujeres: mujeriego, sin escrúpulos ni corazón. Pero la realidad era más compleja.

Su vida amorosa se regía por un patrón rígido e inexplicable.

Nunca tenía relaciones esporádicas. Sus «noviazgos» eran intensos, lujosos y breves.

Nunca duraban más de dos o tres meses y las mujeres que le acompañaban eran siempre espectaculares, famosas o que usaban la relación para llegar rápido a la fama.

Él las trataba con caballerosidad, las llevaba a los mejores lugares y era un compañero atento, pero, de repente, la relación se rompía.

Siempre era él quien ponía fin. Era como si, al alcanzar el umbral de los tres meses, una alarma interna se disparara, impidiéndole encariñarse o comprometerse realmente.

Tampoco dedicaba mucho tiempo a las relaciones, pero solía ser de calidad.

Erik nunca convivía ni tenía citas diarias; sus parejas eran una adición ocasional y perfecta a su lujosa rutina.

Nunca tuvo dos mujeres a la vez. Tenía respeto y consideración, pero cero sentimientos. Usaba esa constante rotación de belleza para fortalecer su ego, calmar su cuerpo joven y confirmar que, incluso en su vida emocionalmente estéril, él era deseado.

Cuando se le preguntaba, él bromeaba con una sonrisa encantadora:

• «Aún soy joven. Tengo que dar una oportunidad a cada chica para probar lo que se siente estar en mis brazos».

El resultado era siempre el mismo: mujeres guapas, jóvenes o maduras, atraídas por su poder y su belleza, y luego desechadas, dejándolas con la misma pregunta: ¿Por qué me abandonó si todo iba tan bien?

No era cruel, pero sí muy sincero: siempre les decía que él no era de relaciones largas; no tenía planteado casarse ni siquiera convivir; no quería enamorarse.

Simplemente, disfrutar la vida. Aun así, no eran capaces de rendirse y esto ya era un gran inconveniente.

Así que, últimamente, sus relaciones eran más escasas porque ya se había cansado y tampoco tenía tiempo para esto.

Erik estaba condenado a una cima fría, donde la única conexión que permitía era la superficial y temporal, incapaz de romper la barrera que él mismo había construido.