Capítulo 82
LINDSAY GRAY
A menazas vacías. Eso era todo lo que eran. Ilusiones diseñadas para confundir y sembrar el pánico. Por supuesto, él no iba a hacer nada para dañar a Erica; ella era la única testigo presencial que podía exculparlo de los crímenes de los que se le acusaba.
Pero Darryl y el equipo no necesitaban saber eso.
En sus mentes, él era un asesino despiadado, y mientras creyeran que era capaz de matar a Erica en cualquier momento, él tendría la sartén por el mango. Ahora era el momento de dejar las cosas claras.
Y estaba más que preparado para ello.
Mientras esperaba en el asiento trasero del taxi, consultaba constantemente su reloj, observando la hora. Contando los minutos hasta el encuentro.
Diez minutos para el mediodía.
Nueve.
Ocho.
Siete.
A medida que se acercaba al puente de Westminster, el tráfico aumentaba. Estaba casi colapsado. Parada. Arranque. Parada. Arranque. Consumiendo sus valiosos minutos.
Cualquier retraso grave y podría perder a La Cábala para siempre.
Jake tamborileó con los pies en la alfombrilla y se mordió la uña del pulgar. Echó un vistazo a su alrededor. Había cuatro autobuses de dos pisos en el puente, dos a cada lado, que eclipsaban el resto del tráfico y le impedían ver a Lindsay.
Finalmente, con unos minutos de margen, el tráfico se alivió y el taxi giró hacia el puente.
—Para aquí mismo, amigo —ordenó Jake.
—¿Qué dice?
—Para aquí, de verdad. Tengo que bajarme aquí.
—Pero es que yo...
—¡Hazlo y ya está!
Jake ya se había desabrochado el cinturón de seguridad y estaba abriendo la puerta.
Cuando el coche frenó bruscamente, la inercia sacudió su cuerpo y su hombro se golpeó contra la mampara de plástico que lo separaba del taxista. Ninguno de los dos pidió disculpas.
La carrera ascendía a 23,50 libras. Jake le lanzó un billete de veinte y diez más del dinero de Michelle, le dijo que se quedara con el cambio y saltó del coche.
Coches, taxis, motos y autobuses pasaban zumbando a su lado en ambas direcciones.
Continuos, implacables. Empezaba a pensar que había tomado la decisión equivocada al aproximarse por este lado del puente.
Consultó su reloj: 11:59:23.
Menos de cuarenta segundos.
Sonó el claxon de un coche y la cabeza de Jake se giró hacia el origen del ruido. Al principio, pensó que era el vehículo que venía a recoger a Lindsay. Pero al darse cuenta de que era un conductor manifestando su ira contra un ciclista, el pulso de Jake se ralentizó una fracción.
El coche avanzó, con el conductor todavía gesticulando malévolamente hacia el ciclista, y fue entonces cuando Lindsay Gray apareció ante su vista al otro lado del puente.
Con una bolsa de deporte colgando a su lado.
Un impermeable ligero sobre los hombros.
El pelo recogido en una pequeña coleta por primera vez desde que la conocía.
Si no hubiera estado en estado de hipervigilancia, no la habría reconocido.
Jake dio un paso hacia la carretera, manteniendo los ojos fijos en La Cábala. No podía permitirse dejarla ir. Y si para lograrlo tenía que correr entre un tráfico atronador, que así fuera.
Los coches seguían pasando a toda velocidad, haciendo sonar sus cláxones y dando frenazos, hasta que, por suerte, hubo un hueco en el tráfico. Jake lo aprovechó y cruzó corriendo.
Al llegar a la barrera metálica que dividía los dos sentidos de circulación, Jake desbloqueó su teléfono y empezó a grabar.
Luego se guardó el teléfono en el bolsillo, sorteó el tráfico que se había quedado detenido al otro lado del puente y saltó al bordillo.
A salvo. Mantuvo la vista clavada en Lindsay, que giraba la cabeza de un lado a otro como un faro que hace señales a los barcos, y se abalanzó sobre ella con la adrenalina recorriéndole el cuerpo.
Era el momento.
Era el momento.
Era el momento.
El instante que había estado esperando.
Todo terminaba aquí mismo. Ahora mismo.
Veinte pies los separaban. Quince. Diez.
A medida que se acercaba, la cabeza de Lindsay empezó a girarse en su dirección.
Cinco.
Sus ojos se abrieron de par en par cuando lo vio.
Uno.
Sin escapatoria.
Presa del pánico, ella intentó meter la mano en el bolsillo de su abrigo, pero Jake fue demasiado rápido, estaba demasiado alerta. No sabía qué buscaba ella, pero no quería averiguarlo.
—No hagas nada de lo que te arrepientas —dijo él, apretándole el brazo con fuerza.
—Toda mi vida es un arrepentimiento —dijo ella entre dientes.
La mujer que le devolvía la mirada no era la mujer que una vez conoció. No había bondad tras sus ojos. Ni calidez, ni felicidad, ni amabilidad.
—¿Así que al final lo has resuelto?
—Me ha llevado tiempo. He tenido mucha ayuda por el camino.
—Debes de estar orgulloso de ti mismo. Pero me sorprende verte aquí. Pensaba que ya te habrían arrestado.
—Yo no maté a Dylan.
—Pero ha sido divertido hacer creer a la gente que lo hiciste, ¿verdad? ¿Dónde está Erica?
—A salvo.
A dos minutos de distancia, a salvo.
—Estaba preocupada por ella. Nunca quise hacerle esas cosas.
—¿Pero no te importó dejar que tu marido la violara?
Las pupilas de Lindsay se dilataron. —Me estoy ocupando de eso.
Jake se volvía cada vez más consciente de su entorno. De cómo el tráfico se volvía más escaso a cada segundo que pasaba. De cómo el número de peatones que caminaban por allí disminuía. De lo aislados que se estaban quedando.
Dos figuras en medio de una vasta extensión de asfalto.
Para que su plan tuviera éxito, Erica necesitaba estar aquí en los próximos treinta segundos. Lo que significaba que él necesitaba obtener todas sus respuestas en ese lapso de tiempo.
—¿Cuánto tiempo llevas siendo La Cábala? —preguntó Jake, con la esperanza de que la confesión quedara registrada.
—El concepto de La Cábala ha existido mucho más tiempo que yo. Simplemente he tenido la suerte de llevar el testigo durante más tiempo. Y después de mí vendrá alguien más, alguien superior, alguien en quien ni siquiera has pensado.
—¿Quién?
—Esa es precisamente una pregunta para la que nunca hallarás respuesta. Entiéndelo ya, Jake; de lo contrario, te pasarás toda la vida persiguiendo fantasmas.
—¿Por qué aceptaste hacerlo todo? Las drogas, la trata de blancas, las innumerables vidas que habéis arruinado. ¿Por qué?
—Cada día todos tomamos decisiones con las que no estamos de acuerdo.
Ir a un trabajo de mierda que odiamos, despertarnos al lado de alguien a quien ya no queremos.
Yo tuve la oportunidad de hacer algo salvaje, algo loco.
Y la aproveché al máximo. Lo que hacía me hacía libre. Algún día lo entenderás todo.
Jake vislumbró una figura por el rabillo del ojo. Erica. Estaba detrás de Lindsay. Acercándose lentamente a la mujer que la había abandonado cuando era un bebé.
—¿Dar a tu hija en adopción fue una liberación? ¿Eso te liberó para ascender de rango?
Lindsay se puso pálida. —¿Cómo sab...? —Se interrumpió en cuanto Erica pasó por su lado y se situó junto a Jake.
—¡Oh, Erica! Estás a salvo. Me alegro mucho de verte.
Lindsay dio un paso al frente, pero Jake le ordenó secamente que se detuviera. No debía acercarse a ellos.
Un fuerte viento los azotó y el pelo de Erica sopló frente a su cara.
—Tienes mucho que explicar —dijo Erica con voz tranquila y firme.
—He querido decirte tantas cosas durante tanto tiempo, cariño. Nunca quise renunciar a ti.
—¿Entonces por qué lo hiciste?
Lindsay dio un pequeño paso más. Jake lo permitió, pero si se acercaba más, tendría que intervenir.
—Tienes que entenderlo, cariño. Yo estaba casada. Tu padre estaba casado. Y yo estaba en una edad en la que no creía que pudiera quedarme embarazada. Mi marido y yo lo habíamos estado intentando durante tanto tiempo y...
—Él me violó. —Había lágrimas en la voz de Erica, pero las contuvo. Fuerte. Valiente.
Lindsay lanzó un lamento horrible. —Sé lo que hizo, cariño mío.
Y lo siento muchísimo. Nunca podré perdonármelo, pero él ya no será un problema.
No sabía quién eras para mí. No sabía que eras mi hija.
Cuando naciste, le dije que habías muerto.
No podía criarte y continuar con mi... mi trabajo.
—Sorbió por la nariz y se secó los ojos—.
Intenté mantener el contacto, pero me dolía cada vez que te veía.
Te has convertido en una mujer joven, hermosa y maravillosa.
—No me conoces. No sabes nada de mí. Te odio con toda mi alma. Ojalá te murieras como todos los demás.
Fue como si alguien le hubiera dado un tiro a Lindsay en la cara. Confusión, desesperación y agonía se fundieron en un momento impagable: el golpe más duro a su ego que Erica podría haberle asestado. Olvida a Jake, olvida el arresto. Fueron las palabras de Erica las que causaron el mayor daño.
—Por favor... —gimió—. Lo siento tanto. Por favor, perdóname.
La que fuera la inmutable Cábala, suplicando perdón. Jake nunca pensó que vería ese día. Tenía un sabor agridulce.
Entonces levantó la vista.
En cuestión de pocos minutos, el puente de Westminster se había vaciado por completo. En el otro extremo, junto a las Casas del Parlamento, había una fila de coches de policía estableciendo un cordón.
En el extremo opuesto vio exactamente lo mismo.
Agentes uniformados. Agentes de paisano.
Vehículos de respuesta armada. Unidades tácticas de armas de fuego.
Incluso oyó el sonido de las palas de un helicóptero zumbando sobre sus cabezas.
Y a lo lejos había una lancha semirrígida negra de la policía, flotando pacientemente en el río.
—Ya no tienes a dónde ir, Lindsay —le dijo—. Se acabó.
—Cuando llevas haciendo esto tanto tiempo como yo —respondió ella—, nunca se acaba. Siempre hay una salida, siempre hay algún lugar a donde ir. Me caes bien, Jake. Nunca quise hacer la mitad de las cosas que hice, pero no me diste otra opción.
—Arruinaste mi vida. Destruiste mi carrera.
—Tú te lo buscaste. Si te hubieras mantenido al margen como se te advirtió, nada de esto habría sucedido.