Capítulo 81
SOLO
P asar página.
Jake ha seguido el consejo de Michelle y busca zanjar un asunto pendiente. No por él mismo, sino por el amor de su vida.
No sabe cuándo —o si — volverá a ver a su familia.
Si todo sale según lo previsto, no tiene por qué preocuparse.
Pero nada en su cruzada contra La Cábala ha salido según lo previsto, así que no se hace demasiadas ilusiones.
Ahora mismo necesita tachar algunas cosas de su lista de tareas.
Y la siguiente es una que lleva queriendo resolver mucho tiempo.
Una que ha descuidado únicamente por su propio egoísmo.
Deberías avergonzarte. Esto le está pasando a tu mujer y ella está más preocupada por protegerte a ti que por su propia seguridad.
Jake se acerca a la puerta principal y pulsa el timbre. No sabe si el hombre estará en casa, pero está preparado para entregar el mensaje de una forma u otra. Si tiene que entrar por la fuerza, que así sea.
Para su sorpresa, el dueño está en casa.
Frente a él se encuentra el estúpido y debilucho miserable que abusó sexualmente de Elizabeth, con su pelo largo, sus ojos pequeños y su piel grasa.
Y ahora con un ojo morado.
Glen.
Glen, Glen, el puto Glen.
Nada más reconocer a Jake, intenta cerrar la puerta de golpe, pero es demasiado lento y Jake la detiene.
—Solo quiero hablar —dice Jake mientras entra por la fuerza en el piso de Glen—. Solo quiero hablar contigo de una cosa.
Glen es demasiado débil para Jake y retrocede hacia el pasillo, guardando las distancias.
Solo los separan unos pocos pies, por lo que está casi al alcance de su mano.
Y mientras Jake se queda allí, mirando fijamente al hombre acobardado, no desea nada más que agarrarlo por el cuello y darle una paliza hasta dejarlo en coma.
Es lo que ha querido hacer desde que se enteró del incidente.
Quizá incluso estrangularlo hasta matarlo. ¿O eso sería pasarse?
—¿Qu-Qu-Qué haces aqu-aquí? —pregunta Glen, aterrorizado.
—He venido a decirte algo. —Jake da un paso adelante. El hombre se queda totalmente quieto. Oh, cuánto desea levantar las manos…—.
—Mantente bien lejos de mi mujer. Si vuelves a acercarte a ella, te encontraré y te haré la vida imposible. Y me aseguraré de que pases el resto de tus días en prisión. Tengo muchos amigos en ciertos puestos influyentes que pueden hacer que las cosas sucedan.
Una mueca de superioridad asoma al rostro de Glen, lo que enfurece aún más a Jake.
—Pues igual que yo —dice él, y la mueca se convierte en una sonrisa sádica.
La ira recorre a Jake. Su cuerpo se tensa. Levanta el brazo y aprieta el puño.
Glen se encoge como un bebé.
Pero Jake se controla. No quiere que Glen tenga ninguna prueba contra él en cualquier juicio que pueda celebrarse en el futuro. Ya está poniendo en riesgo su credibilidad y la de Elizabeth solo con estar allí.
—¿He sido claro? —pregunta entre dientes.
—Cristalino —gime Glen.
Jake le da la espalda al imbécil y sale de allí a toda prisa antes de cambiar de opinión. Cruza la calle corriendo y se mete en el coche de Michelle con la adrenalina por las nubes. Le tiemblan las manos mientras se agarra al volante e inhala. Por la nariz. Exhala. Por la boca.
Inhala. Exhala. Inhala. Exhala.
Hasta que, un minuto después, las mareas de su mente retiran la niebla roja y la sustituyen por un calmante oleaje azul.
—¿Has terminado? —pregunta una voz a su lado.
Jake se gira hacia Michelle, que está sentada en el asiento del pasajero. Erica está detrás. —Sí, todo terminado. Tenías razón: pasar página sienta de maravilla.
Jake saca su teléfono y llama a Elizabeth. Son las once y media de la mañana y está a poco más de veinte minutos de Westminster Bridge. Va con el tiempo justo.
—¿Jake?
Él suspira con alivio. Qué bien sienta oír su voz.
—Sí, Nelly, soy yo. ¿Estás bien?
—Estoy bien. ¿Cómo estás tú? ¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo?
—No tengo mucho tiempo —le dice—. La policía probablemente esté vigilando mi teléfono e intentando averiguar dónde estoy y qué estoy tramando. Pero solo quería decirte que… ¿sabes ese problema que tenías? Ya me he ocupado de ello. No creo que vuelva a dar problemas.
Elizabeth balbucea incoherencias al otro lado del teléfono.
—¿Entiendes lo que te digo?
—Sí. Sí, lo entiendo. Pero yo ya…
—Y quizá valdría la pena que te busques un abogado. Si necesitas ayuda, pídela a tu madre. Puede que yo no esté en condiciones de ayudarte.
—¿Por qué? ¿Adónde vas? ¿Qué vas a hacer?
—Hablaremos pronto, Liz. Os quiero mucho a ti y a las niñas. No lo olvides nunca.
Jake cuelga antes de que Elizabeth tenga oportunidad de hablar. De inmediato hace otra llamada para que ella no pueda devolverle la llamada y para evitar pensar demasiado en su apresurada despedida. Lucha contra una lágrima que asoma a su ojo.
El tono de llamada suena en su oído.
Vamos, vamos, vamos.
—Jake… —dice la voz—. Me preguntaba cuándo llamarías.
—Creo que tenemos que vernos, Darryl. Necesito limpiar mi nombre y zanjar todo esto. Tengo a Erica. Está viva, a salvo y bien, pero necesita asistencia médica.
—¿Dónde?
—Westminster Bridge. A mediodía. Sé que es inútil decirte que vengas solo, así que no me molestaré. Pero que sepas que, si me pasa algo, Erica desaparecerá para siempre.