Capítulo 80
HAZ LAS MALETAS
H enry Matheson nunca había visto el mar.
De hecho, la mayor extensión de agua que había presenciado jamás —hasta la noche anterior— era la de su bañera.
Aunque sabía que el canal de la Mancha, que separa Inglaterra del continente, técnicamente no era un mar, se extendía durante kilómetros y kilómetros igual que el océano.
Mientras yacía tumbado en la lancha semirrígida, atravesando las tremendas y tumultuosas corrientes y el oleaje, debería haber sentido emoción, debería haber sentido una sensación de aventura.
Pero, en su lugar, le había invadido el miedo.
Miedo a ahogarse. A quedarse sin combustible y quedar a la deriva en alta mar.
A ser presa de un banco de tiburones. Era completamente irracional, pero había sido la negrura interminable de todo aquello lo que le había aterrorizado.
Supuso que era lo único en la vida que temía de verdad. Y entonces recordó que nunca había puesto un pie en un avión...
El viaje hasta el pequeño piso franco de Kent duró más de dos horas.
El sol empezaba a salir y a centellear sobre el agua a medida que se acercaban a su destino final.
Durante el próximo día más o menos —hasta que pudiera ponerlo todo en orden para su nueva vida en Ámsterdam—, la casita en las colinas de la costa de Kent sería su hogar.
Era una casa pequeña, lo suficientemente grande para él, y quizá para otro en caso de necesidad, y tenía todo lo que necesitaba. Que no era mucho en este momento.
Un reloj rojo colgaba de la pared sobre el fregadero de la cocina.
Sobre la encimera descansaban bolsas de deporte gigantes llenas de calderilla y una combinación de joyas y diamantes que la policía no había confiscado durante sus investigaciones.
Su seguro de vida. Calculó que valdrían al menos un millón de libras para el comprador adecuado.
—¿Está todo solucionado con la casa? —le preguntó Henry a Reece, que estaba sentado frente a él.
—Sí, hermano. Ya se han encargado de todo el papeleo.
—¿Está todo pagado?
—Excepto una nimiedad, unos diez mil. Pero el nota no parecía muy preocupado por eso. Le da igual si no los recibe.
Henry sonrió con sorna. —No me extraña. El muy cabrón nos cobró muy por encima del precio de venta.
Reece se encogió de hombros y echó mano a un paquete de cigarrillos. —Querías a alguien corrupto, y eso es lo que has tenido. Estabas pagando por el silencio, ¿no?
—¿Desde cuándo has vuelto a fumar?
—Desde que estás en el trullo. Me has dado todo el puto trabajo a mí, convirtiéndome en tu recadero.
Henry agarró su vaso de agua de la mesa y dio un sorbo. —Sabes que te valoro por lo que has hecho, tío. No habría pasado si no fuera por ti. Y no lo digo a la ligera. ¿Tu madre lo sabe?
—¿Lo de sacarte de la cárcel o lo de los pitillos?
—Ambas cosas.
Reece soltó una risita, que rápidamente se convirtió en una tos carrasposa. Solo tenía quince años, pero sonaba como si tuviera la capacidad pulmonar de alguien que llevara fumando cincuenta.
—No sabe nada de nada. Hace meses que no la veo. Creo que mi profesor lo llamó una vez estar distanciados .
Henry dejó el vaso sobre la mesa. —Entonces, ¿no la vas a echar de menos cuando te vengas conmigo a la Dam?
Reece abrió mucho los ojos. —¿Qué dices?
—No pensarías que te iba a dejar aquí, ¿verdad? Aún te quedan algunas cosas por aprender, pero será una buena experiencia para ti. Voy a necesitarte como mi mano derecha, mi número dos.
—¿En serio, tronco? Más te vale no estar vacilándome.
Henry se rió entre dientes. —No te vacilo, colega. Te vienes en el barco, ¿vale? Aunque no vas a poder poner un pie en el barrio rojo hasta que cumplas los dieciocho.
—Vete a la mierda.
—No es broma. No puedo dejar que pierdas la virginidad demasiado joven. No durarías ni dos segundos.
Reece le dedicó una peineta.
—Pero será mejor que te espabiles, tío. Ve a casa y haz las maletas. Estate aquí más tarde, ¿vale?
Reece chasqueó la lengua, apartó la silla de una patada y salió disparado hacia la puerta. Unos segundos después, Henry oyó el motor del coche que había traído a Reece alejándose a todo gas en la distancia.