Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 75
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Capítulo 75

PASOS

E l sueño la eludió por quinta vez en otras tantas noches gracias a la batalla constante de pensamientos en su mente, al ruido, a la paranoia incesante y a la distracción.

Por muchas vueltas que diera en la cama, nada era capaz de combatir la parálisis provocada por las imágenes que veía en su cabeza.

Jake matando a un hombre…

Jake viviendo como un fugitivo…

Jake sentado en una celda de prisión…

Jake en la cama con esa tal Michelle…

Jake ya en la cama con Stephanie Grayson…

Besándose, follando…

Enfurecida por la visión, se quitó las mantas de encima y bajó a toda prisa las escaleras, envolviéndose en su bata.

La policía seguía buscando a su marido y ya no había nada que pudiera hacer para ayudarlo.

Él había cruzado el punto de no retorno.

Y ella no quería a nadie cerca de su familia.

Ni a Jake, ni a Darryl, ni a nadie. Incluso desconfiaba de su propia madre; la mujer no dejaba de agobiarla, de vigilarla, de preguntarle si ella y los niños tenían todo lo necesario.

Pues sí, lo tenían. Se las habían arreglado bien cuando estaban solos y seguirían haciéndolo de la misma manera.

Entró furiosa en la cocina y se dirigió directamente al botellero.

La extensa colección de su madre era posiblemente lo mejor de la casa.

Y desde que su padre había muerto, la colección había crecido y crecido y crecido, hasta desbordarse en el lavadero y en el garaje.

Elizabeth calculó que, en las últimas cinco noches, se había ventilado tres botellas ella sola.

En plena noche. Sin juicios, sin decepciones, sin nadie que intentara impedirle lidiar con el estrés y la ansiedad de la única forma que conocía: un par de copas de tinto.

También tenían el beneficio añadido de ayudarla a dormir. Algo que necesitaba ahora más que nunca.

Elizabeth se sirvió una copa generosa y se dirigió al salón —con la botella en una mano y la copa en la otra—, se desplomó en el sofá y encendió el televisor en silencio.

Las imágenes y los vídeos parpadeaban sobre su rostro mientras miraba la pantalla sin prestarle mucha atención.

Los pensamientos en su mente retrocedieron gradualmente a medida que terminaba la primera copa.

Luego la segunda.

La tercera.

Justo cuando estaba a punto de servirse la cuarta y última copa, oyó un sonido.

El crujido de una madera del suelo en el piso de arriba.

Un paso. Posiblemente su madre y su vejiga increíblemente débil.

Elizabeth se quedó inmóvil mientras esperaba a que tiraran de la cadena, agradecida por haber tenido la previsión de poner la televisión sin sonido.

Cuando lo oyó, volvió a levantar la botella para servirse esa última copa, pero se dio cuenta de que estaba vacía.

Tres copas, eso era un récord. Y se las había bebido tan seguidas que aún no había empezado a sentir los efectos. Todavía. Así que decidió darse prisa para irse a la cama antes de que el carrusel de su mundo empezara a dar vueltas. Y vueltas. Y vueltas.

Bostezando, apagó la televisión, incapaz de recordar una sola cosa de lo que había visto en la última media hora. Muchas imágenes, mucha gente, mucha basura para mitad de la noche.

Luego se levantó con pesadez del sofá y se arrastró hasta el lavadero, en la parte trasera de la casa.

La siguiente parte del procedimiento requería una precisión experta.

Un sonido demasiado fuerte y fuera de lugar, y todo se habría acabado.

Las pruebas de sus pecados debían ser enterradas, al igual que ella había intentado enterrar y olvidar los pecados de Jake.

Con delicadeza, abrió la puerta trasera, con cuidado de no hacer ruido, y salió de la casa al patio. Al otro extremo estaba el contenedor amarillo de reciclaje de vidrio y latas. Allí dejó la botella con la misma suavidad con la que acostaba a Maisie y Ellie por la noche.

Iba de camino de vuelta a la casa cuando lo vio.

Al principio pensó que era Jake, su capullo de marido, que venía a buscarla en plena noche para pedirle disculpas, rogarle que lo perdonara, recordarle que todo iba a salir bien. Como había visto innumerables veces en las películas: el regreso secreto del héroe antes de marchar a la batalla.

En su lugar, era el otro capullo de su vida: Glen. Trepando por el follaje del fondo del jardín, acercándose a ella.

—¿Qué cojones haces aquí, Glen? —susurró ella, mientras el alcohol la envolvía en su calidez y la protegía del frío—. Creo que te dije que no quería volver a verte por aquí jamás.

—Quería pedirte perdón por lo de la otra noche.

—No necesito tus disculpas. No quiero oírlas.

—Elizabeth…

Él dio un paso más y ella se preparó. Además de ofrecerle calor, el alcohol que fluía por sus venas la llenaba ahora de valor para defenderse si era necesario, y con más violencia que la última vez.

—No puedo dejar de pensar en ti, y no quiero…

—Hay formas normales de hacer las cosas, formas normales de comportarse —dijo ella—. Estar fuera de la casa de mi madre en mitad de la noche no es una de ellas ni de coña. Vete a casa o llamaré a la policía.

Esperaba que él no se diera cuenta de que iba de farol.

Otro paso. Lentamente, sus sistemas de defensa hicieron sonar las sirenas.

—Por favor, no hagas eso. Quiero que comprendas lo estupendos que podríamos ser, lo mucho mejores que podríamos ser tú y yo comparados con lo tuyo con Jake. He oído que no le va muy bien. Su cara ha salido en todas las noticias.

—¿Qué tiene eso que ver con nada?

—Te mereces a alguien mejor.

—Y ese serías tú, ¿verdad?

Otro paso.

—Te juro por Dios que, como no te quedes donde estás ahora mismo, llamo a la policía.

Su actitud cambió de marcha. Sus ojos se oscurecieron y bajó la cabeza. —¿Cómo? Tu teléfono está dentro de la casa. Y yo soy mucho más rápido que tú.

¿Quieres apostar?

Antes de que él pudiera verlo venir, Elizabeth levantó el puño y lanzó un gancho de derecha que chocó contra su nariz.

La sangre empezó a brotar instantáneamente de sus fosas nasales, pero ella no se quedó esperando.

No se detuvo. El alcohol estaba haciendo todo el trabajo por ella, y con la cantidad que había tomado, no se sabía cuánto daño podía llegar a causar.

Descubrió la respuesta un segundo después.

Tras el éxito del primer golpe, asestó otro, esta vez conectando con su barbilla.

El sonido de los dientes chocando unos contra otros la satisfizo.

Luego lanzó un asalto total, canalizando a la adolescente que llevaba dentro de las peleas en el patio del recreo mientras le arañaba la piel, le agarraba el pelo y se lo arrancaba del cuero cabelludo, le abofeteaba cada centímetro de su cuerpo y le propinaba patada tras patada en las piernas hasta que finalmente conectó con su entrepierna.

Un ataque por sorpresa desde todos los ángulos, una liberación de meses de agresión y resentimiento; y no hubo nada que él pudiera hacer al respecto.

Una vez hubo terminado con él, lo dejó caer sobre la hierba empapada de rocío, gimoteando, encogido.

—Ya tengo a un capullo en mi vida; no necesito a otro. Si vuelves a acercarte a mí o a mi puta familia, te juro por Dios que te mataré. Lentamente. Y entonces desearás no haberme conocido nunca.