Capítulo 76
LA CÁBALA
E rica dormía en el dormitorio de invitados, Michelle estaba trabajando en el despacho, como parecía estar siempre, y Jake estaba en el sofá, con la vista clavada en el techo, fingiendo que dormía.
Le gustaba pensar que eran el sonido de las teclas y el irritante ruido del trasiego de papeles lo que le impedía conciliar el sueño, pero se estaría engañando a sí mismo.
Lo último que esperaba ver al regresar a su casa desocupada era a una chica desaparecida.
Sin embargo, eso era exactamente lo que se había encontrado: una joven débil y frágil encadenada a su radiador, sudando bajo el calor, con el brazo y la muñeca gravemente quemados.
La pobre muchacha estaba en estado semicomatoso.
Drogada hasta las cejas, se había pasado todo el trayecto en coche hasta casa de Michelle balanceándose de un lado a otro.
Solo era justo dejar que recuperara el sueño y la energía que tanto necesitaba.
Su mente no estaba en condiciones de responder a ninguna pregunta ni de ayudar en las investigaciones.
De eso hacía seis horas y, cuando el sol empezó a asomar por el horizonte y a caldear el salón a través de los ventanales situados sobre su cabeza, decidió que era hora de ponerle remedio.
Jake bajó las piernas del sofá, pasó junto a Michelle hacia el despacho y empezó a subir las escaleras. Llegó al tercer peldaño antes de que ella lo alcanzara.
—¿Qué haces? —preguntó Michelle, tocándole la mano en la barandilla.
—Ya ha pasado bastante tiempo —respondió él—. Tengo que despertarla.
—Deja que lo haga yo.
—¿Por qué?
—Lo último que necesita es que un hombre irrumpa en su habitación, la despierte y empiece a exigirle cosas.
Jake frunció los labios y lanzó una última mirada escaleras arriba, como si pudiera despertar a Erica con el poder de su mente.
Pero no tenía ningún argumento en contra y permitió que Michelle fuera a buscarla.
Ambos regresaron unos minutos después. En ese tiempo, Jake había puesto el hervidor al fuego, había preparado tazas de té y café —no sabía qué preferiría Erica— y un vaso de agua.
—No sabía qué te apetecería —dijo cuando Erica entró en la estancia con una mano maternal de Michelle sobre sus hombros.
Erica no dijo nada mientras sacaba una silla de debajo de la mesa en el centro de la cocina.
Parecía destrozada. Tenía el pelo revuelto.
Se le habían roto capilares en las mejillas, tiñéndole la piel de rojo.
Unas enormes ojeras le colgaban bajo los ojos, casi eclipsándolos.
Y parecía haber perdido una cantidad considerable de peso de la noche a la mañana.
Su cuerpo tiritaba, a pesar de las tres capas de ropa con las que Michelle la había envuelto.
—¿Has dormido bien? —preguntó Jake, dejando las bebidas en la encimera.
Erica se encogió de hombros.
—¿Quieres comer algo?
Ella sacudió la cabeza.
Con delicadeza, Jake rodeó la mesa y se sentó frente a ella. La distancia entre ambos era grande, de al menos dos metros. Con suerte, lo suficiente para que no se sintiera intimidada ni amenazada por él, a pesar de que ya se habían visto una vez.
—Seguro que tienes muchas preguntas —empezó él— y nosotros también. ¿Te importaría hablarnos de lo que pasó? Estás en un lugar seguro. Me llamo detective Tanner, y esta es Michelle. Ella es...
—Recuerdo quién es usted —dijo Erica, fijando los ojos en Jake.
—¿Le recuerdas? —preguntó Michelle mientras se sentaba a su lado.
Jake suspiró. Se preguntaba cuándo saldría esto a la luz. En fin. Mejor antes que después.
Se volvió hacia ella. —Mi mujer sufrió una agresión sexual en el trabajo hace un tiempo.
Necesitaba un abogado, alguien de quien supiera que haría un trabajo casi impecable.
Así que contraté a Rupert Haversham. —Hizo una pausa—.
Lo sé. Hay conflicto de intereses y todo lo demás, pero él aceptó.
Con todo el respeto hacia él, creo que este fue probablemente el primer caso legal y honesto que aceptaba en mucho tiempo.
—Jake... —comenzó Michelle—. Eso te implica en muchas cosas.
—Lo sé. Pero era el mejor en lo suyo. Y estaba dispuesto a trabajar pro bono.
—¿A cambio de qué?
—Es probablemente lo más amable que ha hecho por alguien que no fuera él mismo —dijo Erica antes de que Jake pudiera responder. Alargó la mano hacia la taza de té y la rodeó con los dedos, deleitándose claramente con su calor.
La conversación había entrado en terreno delicado. Jake miró a Erica y sacó su teléfono. Le preguntó si daba su consentimiento para grabar la charla y entonces comenzaron. Si iba a limpiar su nombre de todas las manchas negras que lo ensuciaban, este era el punto de partida.
—Primero hay algunos datos aburridos que tenemos que repasar. Nombre. Fecha de nacimiento. Lugar de procedencia. Esas cosas, y si consientes en realizar esta grabación libremente.
Una vez que ella hubo completado las formalidades, llegó el momento de que Jake comenzara.
El único problema era encontrar por dónde empezar.
Había demasiados puntos en su cabeza y el alcance de la investigación era demasiado extenso.
¿Quería su ego saber más sobre quién era El Cabal?
¿O le intrigaba más descubrir cómo ella y Dylan se las habían arreglado para matar a toda su familia y por qué pensaron que se saldrían con la suya?
—¿Qué tal si empezamos por el principio? —dijo Michelle con tono tranquilizador.
—Me parece un lugar tan bueno como cualquier otro —dijo Jake con una sonrisa—. ¿Por qué no nos cuentas cómo os conocisteis Dylan y tú y qué pasó a partir de ahí?
Erica inspiró profundamente durante un buen rato, contuvo el aliento y luego lo soltó todo en una exhalación igual de larga.
—Nos conocimos por internet —empezó—. Por Facebook.
También lo había visto por Stratford un par de veces.
Creo que conocía a algunos chicos de mi instituto.
Un día me envió un mensaje y empezamos a charlar.
Me dijo que era músico, que intentaba hacerse un hueco en el mundillo y que iba a ser la próxima gran estrella.
»Tenía todas esas cosas lujosas. La ropa.
Los zapatos. Las cadenas. Los relojes. Incluso tenía un BMW muy chulo.
Y era muy amable. Parecía que era el único que me entendía de verdad.
Así que empezamos a salir. Casi siempre me quedaba en su casa porque sabía que a mis padres no les gustaría.
Él era de otro mundo para ellos, y siempre me advertían que no me acercara a gente como él.
Pero cuanto más tiempo pasaba con él, más comprendía cómo vivían él y su madre.
Nunca habían tenido mucho dinero, así que no sabían qué tipo de vida había llevado yo ni de dónde venía.
Fue entonces cuando me dijo que necesitaba reunir dinero para alquilar un estudio de grabación y pagar a alguien que le ayudara a producir sus canciones.
»Se lo pedí a mi padre, pero me dijo que no.
Fue también cuando lo conocieron por primera vez.
Probablemente no sea lo más inteligente presentar así a tu novio, pero fue horrible.
La cosa se puso tensa entre nosotros, luego lo echaron y me dijeron que no volviera a verlo nunca.
Los ignoré. Conocí a muchos de sus amigos. Eran todos camellos...
—¿Te obligó alguna vez a tomar algo? —interrumpió Jake.
—No. Me fumé un par de porros porque siempre había querido probarlos.
Pero... —Bajó la cabeza y su mirada se hundió en la taza de té intacta que sostenía entre las manos—.
Lo siento... Sí. Sí, lo hizo. Pero al principio no.
Después de que probara un par de porros, me preguntó si quería probar el éxtasis.
Le dije que no y entonces lo dejó estar.
Pero cuando me presentó a Henry Matheson, todo cambió.
Le contamos lo de mis padres y cómo habían tratado a Dylan, y entonces él sugirió que nos vengáramos, que les diéramos una lección.
Al principio no le dimos mucha importancia, pero luego oí a Dylan hablar con Henry un par de veces por teléfono.
Creo que cuando Henry se dio cuenta de quién era yo, vio su oportunidad de acercarse a mi padre.
—¿Henry fue el responsable de matar a tu familia? ¿Él dio la orden? —preguntó Jake, deseando haber advertido a Erica de que algunas de sus preguntas podrían resultarle incómodas. Dudaba que su frágil mente y cuerpo pudieran aguantar mucho más.
Ella asintió. —Todo fue idea de Henry. Dylan no sabía que yo había escuchado sus conversaciones, pero aun así seguí adelante.
Con toda sinceridad, odiaba a mi padre. Era un gilipollas y se lo merecía.
Y también esa zorra . —Erica no necesitó decir el nombre; estaba claro a quién se refería—.
Antes de matarlos, fui a casa de Dylan y fingí que me escapaba.
Tomamos muchas drogas —sobre todo éxtasis— porque quería calmarme.
Dylan dijo que haría que la experiencia fuera más llevadera.
Y luego los matamos. Yo apuñalé a esa zorra mientras Dylan se encargaba de mi padre.
Pero cuando llegó el turno de Felicity...
no tuve valor. No pude. Era tan inocente. Mi hermanita pequeña. No pude hacerlo.
Pero Dylan sí pudo. Y lo hizo.
Jake asintió, masticando y saboreando la información que ella le estaba facilitando. Ya habían pasado cinco minutos y solo habían llegado al final del principio. Presintió que iban a estar allí mucho tiempo.
—¿Por qué os convencieron Henry y Dylan para que los matarais?
—preguntó Michelle, inclinándose hacia delante con los brazos apoyados en la mesa.
Tenía esa mirada compasiva y una expresión que sugería que había sido terapeuta en algún momento de su variopinta trayectoria profesional.
O eso, o se le daba muy bien empatizar y compadecerse de la gente...
para ser periodista. La mejor que él había visto.