Capítulo 74
RIB
R esultaba difícil no sonreír, pues tenía mucho que agradecer.
El olor en el aire, mezcla del río Támesis y de estiércol.
Un plan ejecutado a la perfección.
Una jefa con un imperio desmoronado.
Un grupo de individuos dispuestos a jugarse la vida por él.
Un futuro próspero rodeado de esa misma gente y de cantidades ingentes de drogas, dinero y mujeres.
Desde que él y La Cábala habían empezado a trabajar juntos, ella había temido su poder y su control sobre el East London, y había intentado diversificarse en diferentes ramas de la criminalidad —crimen organizado, robos, tráfico de personas— para demostrar que era superior.
Pero no había dominado ninguna. Abarcaba demasiado.
Y siempre había tenido miedo de que Henry tomara el mando.
No era ningún secreto. Y ahora eso era exactamente lo que él estaba a punto de hacer. Pero con un pequeño matiz.
Henry conducía ahora hacia los muelles, en busca del cargamento de droga que él y la E11 habían introducido en el país.
El género estaba en la parte trasera de un contenedor de transporte enganchado a un camión y, para cuando llegó a Tilbury Docks, ya lo estaban pasando a la parte trasera de los otros Range Rover.
Henry se detuvo en el arcén y bajó del coche. Su presencia fue advertida rápidamente, y la cuadrilla de veinte hombres dejó de trabajar de inmediato para aplaudirle.
—¡Qué bueno verte!
—¡Eh! ¡Eh!
—¡Mirad quién es!
—¡Este cabrón ha vuelto de entre los muertos!
Henry los mandó callar a todos con un gesto de la mano y les ordenó que volvieran al trabajo.
—¡Esa droga tiene que estar en Dover antes de que salga el puto sol, chavales!
Sus ojos buscaron a Reece Enfield, el chico de quince años al que había dejado al cargo de organizar su transporte para salir del Támesis.
—Hen… —dijo una voz. Era más grave de lo que recordaba, aunque todavía conservaba algo de esa inocencia prepúber.
Henry se dio la vuelta. Ante él estaba el joven con la puntuación más alta en la Tabla de Clasificación. Había crecido considerablemente desde la última vez que Henry lo había visto. Tenía el pelo largo, era más alto y estaba empezando a ensanchar de hombros.
—¡Ahí estás, pedazo de lerdo! —dijo Henry mientras le pasaba el brazo por los hombros—. Venga, ¿dónde está la lancha? No tengo mucho tiempo.
—Ven conmigo —dijo Reece y se dirigió hacia el coche de Henry.
Condujeron durante cinco minutos hasta un pantalán justo al borde del agua. El muelle subía y bajaba con el suave oleaje del Támesis. Al final del pantalán había una lancha semirrígida. Agachado en su interior estaba su capitán.
—Nos vemos en el piso franco, ¿vale? —preguntó Henry.
Reece chasqueó los dientes—. Claro, tío.
Henry asintió al joven antes de cruzar apresuradamente el pantalán y saltar a la lancha. Saludó al capitán con un gesto de cabeza y luego se tumbó cuan largo era sobre la cubierta.
No hacía falta hablar con el capitán; este sabía a dónde iba y qué ruta debía tomar y, a cambio, recibiría una generosa compensación.
La lancha se alejó del pantalán y rugió por el Támesis, mientras Henry miraba al cielo, deleitándose con el hecho de que acababa de conseguir escapar de una de las prisiones más seguras del país.
Estaba listo para empezar su nueva vida en el exterior.
En algún lugar más tranquilo, donde no hiciera tanto calor, un lugar nuevo que pudiera dominar y controlar de la misma manera que había hecho con Cosgrove Estate.
Mientras pasaban por debajo del Dartford Crossing, una sonrisa afloró en su rostro. Si él no podía suministrar droga a sus clientes, nadie lo haría. Y ahora La Cábala, los rumanos y los albaneses habían sido despachados de una vez por todas.