Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 62
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Capítulo 62

AIRE PURO

A unque casi siempre había estado rodeado de gente en su vida —ya fuese en la urbanización Cosgrove Estate o encerrado en prisión con cientos de hombres más—, Henry apreciaba su propia compañía. Y el acogedor silencio que la acompañaba.

Las últimas horas de aislamiento habían sido una delicia; una delicia a una escala totalmente nueva. Sentado allí, en su colchón ligeramente más grueso, con la vista fija en la pared, pensando, tramando, calculando, manifestando sus sueños.

Unos sueños que, en las próximas horas, se harían realidad.

Pero, por ahora, tenía que esperar; la parte más difícil de todas.

Llamaron a la puerta y la mirilla se abrió. Al otro lado, escudriñando por la pequeña ventana, estaba el guardia de la prisión Trevor Dunthorpe. Otro que estaba compinchado, otro más en su nómina y en la de James Longstaff.

—Da unos pasos atrás, ¿quieres, Hen?

Henry obedeció a su propio ritmo. No tenía prisa. Por la propia definición de su condena de prisión, no iba a ir a ninguna parte pronto.

Una vez estuvo en posición, con las manos apoyadas contra la pared de atrás y las piernas bien abiertas, Trevor Dunthorpe abrió la puerta y lo cacheó.

Era físicamente imposible que hubiera recibido nada en el poco tiempo que llevaba allí, pero era el trabajo de Trevor, y el hombre tenía que hacer que pareciera que, al menos, estaba haciendo algo .

—Siento eso, Hen —dijo Trevor mientras retrocedía.

—No pasa nada, Trev. Casi me ha gustado. Hacía tiempo que no sentía un roce así.

Trevor hizo un amago, lanzando un puño al aire, y luego lo bajó. —Ten cuidado, pedazo de cabrón, o haré que venga el alcaide a manosearte.

—¿Qué tengo que hacer para que eso pase siempre?

Trevor puso los ojos en blanco y soltó una risita. —Eres un bicho raro.

Luego se dio la vuelta y salió de la celda, regresando un momento después con una bandeja de comida en la mano.

Al cerrar la puerta tras de sí, dijo: —Almuerzo de pub en el menú de hoy.

Tienes tus carbohidratos: puré. Tu proteína: un trozo de pollo insípido y clorado que han hinchado a base de agua.

Y tus verduras: una sola zanahoria. Gourmet. Que aproveche.

Henry cogió la bandeja de Trevor. —¿Y qué hay de mi Yorkshire pudding?

—¡Ah, sí, perdona! —Trevor metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un teléfono móvil: el móvil de Henry—. Cargado a tope y todo.

Henry encendió el dispositivo e introdujo su código de acceso. Mientras esperaba a que llegaran los mensajes de texto, Trevor anunció: —He pensado que querrías saberlo. Tu colega está en el hospital.

—¿Ah, sí? —No quería saberlo. Había cosas más importantes en las que pensar.

—Rotura de intestinos o alguna mierda así. Mucha hemorragia interna y eso. El tío casi la palma.

Henry se mostró indiferente ante el daño que le había causado a Armando. —No debería haberse metido en una pelea que no tenía ninguna posibilidad de ganar.

Si había algo que Henry había aprendido pronto sobre sí mismo era a no dejar que la gente lo pisoteara ni le pasara por encima.

Independientemente de quién fuera. No importaba si era un amigo, un colega o incluso un familiar.

No lo permitía. Eso socavaba su credibilidad ante sus empleados, sus competidores, sus proveedores, sus clientes y sus inversores.

No era una buena estrategia comercial. Pero lo que realmente le cabreaba era que, a pesar de que llevaba mucho tiempo en el negocio y de que la gente conocía sus brutales métodos de represalia, seguían intentando ningunearlo.

Armando y Boris habían sido culpables de eso. Y, como resultado, ambos habían pagado el pato.

—Espero que sus recuperaciones sean largas y dolorosas —añadió.

El siguiente en la lista era James Longstaff, pero el tiempo era un bien preciado y, en este momento, no le quedaba suficiente para encargarse de ello él mismo.

Consultó el teléfono de nuevo: nada. Los mensajes tardaban especialmente en entrar.

—¿Hay algo más que deba saber? —preguntó.

—Reece quería que te dijera que el cargamento llegará esta noche, según lo previsto.

—Bien. ¿Y cómo va la cosa?

—Niquelado.

—¿A qué hora tengo que estar listo?

—Sobre la medianoche.

—¿Y todos los demás?

—Me han informado de buena tinta que todos están al tanto y de acuerdo.

—¿ Todos ? —repitió—. ¿Los guardias?

—Incluidos los guardias.

—Serás tú quien pague las consecuencias si te equivocas. —Henry hizo una breve pausa mientras por fin entraban los mensajes—. ¿Y qué hay del punto de extracción?

—Todo organizado. Preparado perfectamente en el Támesis.

—¿Y los chicos?

—Estarán listos y esperando.

Henry despidió a Trevor con un gesto de la mano, volvió a concentrarse en la comida y gimió de emoción al pensar que pronto, en menos de doce horas, podría volver a oler el aire puro de Londres.