Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 59
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Capítulo 59

PROMESA

E n mitad de la noche, Jake introdujo la llave en la cerradura, giró con cuidado y entró en la casa de puntillas.

En los últimos años se había vuelto una especie de profesional en lo que a entrar en su propia casa con la mayor discreción posible se refería.

De lo que no se había percatado era de que, mientras él aprendía a hacer el menor ruido posible, Elizabeth aprendía simultáneamente a aguzar el oído ante el más leve sonido de perturbación. Ambos jugaban el uno contra el otro.

Y allí estaba ella, esperándolo en la cocina, con los brazos cruzados y el rostro severo.

—Me has asustado —dijo Jake, tras soltar un pequeño jadeo.

—Me dijiste que estabas en el trabajo.

—Lo estaba.

Elizabeth golpeó con la mano la mesa del comedor. El sonido de su alianza y su anillo de compromiso al chocar contra la madera amplificó el estruendo. —¡No me mientas, Jake! —siseó entre dientes.

Jake cerró la puerta de la cocina tras de sí, se acercó a ella a toda prisa y le puso las manos sobre las suyas. Elizabeth se estremeció y las apartó de un tirón. Tenía los ojos hinchados y las mejillas congestionadas. Esta vez había estado llorando lo suficiente como para que él se diera cuenta.

—No te miento, Liz. Estaba trabajando.

Elizabeth puso los ojos en blanco. —No son más que mentiras tras mentiras tras mentiras.

Jake odiaba verla disgustada. Le hacía sentirse diez veces peor. Y como sabía que él era el motivo, su culpa se amplificaba exponencialmente.

—Quiero que me lo cuentes todo —dijo Elizabeth, sollozando—. Quiero que me lo cuentes todo, aquí mismo. Ahora mismo. De lo contrario, me llevaré a las niñas conmigo y no volveremos.

Su matrimonio se había convertido en un disco rayado que repetía las mismas discusiones y polémicas, reproduciendo las mismas peleas.

Pero esta vez parecía diferente. Jake intuyó un cambio en ella.

Sintió que lo decía en serio. Y ahora era el momento de que Jake quitara el disco del reproductor y empezara de cero.

Él bajó la mirada hacia su regazo. —Está bien… —dijo—. Está bien…

No sabía por dónde empezar; ¿cómo podría? ¿Desde el principio? ¿Desde la última hora que había pasado en casa de Michelle?

—Te lo contaré todo —dijo, esta vez levantando la vista hacia ella y mirándola fijamente a los ojos—. Todo lo que quieras saber. Desde el principio.

Y lo hizo. Durante media hora. Le habló de Danny, Michael y Luke Cipriano; todo lo que ella aún no sabía sobre ellos y sobre todos los demás.

Sobre la muerte de Danny y Michael. Sobre lo que les había pasado a Garrison, Drew y Liam.

Sobre lo que le pasó a Danika. Sobre lo que les pasó a Henry Matheson, Martin Radcliffe, Helen Clements, Reece, Luke, Deshawn, Jamal.

Sobre lo que les pasó a Richard Maddison, Jermaine Gordon.

Sobre lo que le pasó a El Granjero y a todos sus socios.

Sobre lo que les pasó a Bridger, Stephanie y Candy.

Sobre lo que les pasó a Rupert Haversham y Brendan.

Sobre Darryl y Ashley, Erica Haversham y Dylan Ayers.

Sobre Candice Strachan y Michelle Cipriano.

Todos ellos. Todo aquello. Todas las personas de su vida que, en su mayor parte, habían hecho de los últimos cuatro años una absoluta miseria.

Jake sintió que se le quitaba un peso de encima al terminar. Eso era todo. Se había acabado. Lo había sacado todo y lo había puesto sobre la mesa. Ahora la pelota estaba en el tejado de Elizabeth.

—Sé que parte de esto no necesitabas oírlo de nuevo , pero esto es todo… —añadió.

Durante un largo rato, Elizabeth permaneció en silencio mientras asimilaba todo lo que él le había soltado.

Para entonces, sus lágrimas habían cesado.

Y mientras él hablaba y explicaba, su expresión había pasado por todo el abanico de emociones: miedo, conmoción, sorpresa, tristeza, angustia, desesperación, asco.

No podía culparla por no saber qué decir.

—¿Eso es todo? —preguntó ella tras un largo silencio.

Jake la miró, incrédulo. —¿En serio? ¿Después de haberme pasado la última media hora contándotelo todo, me preguntas si hay algo más?

—Bueno, lo siento, Jake, pero últimamente me ha resultado un poco difícil confiar en ti.

Jake puso su mano sobre la de ella. Esta vez, ella permitió que se quedara allí.

—Es todo. Te lo prometo. —Extendió su dedo meñique y lo entrelazó con el de ella. Promesa de meñique. Al principio de su relación, tal promesa había sido sacrosanta. Era consciente de que había ido perdiendo valor en los últimos meses, pero esperaba haber restaurado parte de esa confianza.

Jake se relajó cuando ella entrelazó su dedo con el suyo.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó ella.

La pregunta que él había estado esperando. La respuesta le había llegado mientras estaba en casa de Michelle. Y su plan se había desarrollado durante el trayecto de vuelta en coche.

—Tengo que sacaros de aquí a ti y a las niñas. Lejos de todo esto por un tiempo. Hasta que sepa que es seguro —dijo.

Elizabeth le señaló con el dedo frente a la cara. —No. No, no, no. Dijiste que no había ninguna amenaza. Dijiste que el funeral era un engaño.

—Lo sé, pero necesito estar seguro al cien por cien.

Ella sacudió la cabeza con desaprobación. —No vas a hacerme esto. No vas a hacérnoslo a nosotras .

—Es por vuestra propia seguridad. Podéis ir a casa de tu madre. Ella podrá cuidar de vosotras. Esto está a punto de acabar, Liz. Al Cónclave no le quedan muchos cómplices, solo enemigos. Y cuando termine, podremos volver a ser como antes.

—¿Pero y si nunca termina, Jake? ¿Y si te pasa algo? ¿Y si la próxima vez es algo más que una herida de arma blanca?

Jake se inclinó y le dio un beso en la frente. —Te lo prometo.

Volvió a levantar el meñique en el aire y lo entrelazó con el de ella.