Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 58
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Capítulo 58

RESPONSABLE

D e niña, Erica solía tener miedo a la oscuridad.

Miedo a los monstruos que se escondían bajo su cama, a los monstruos que se escondían en su armario, a los monstruos que se acercaban sigilosamente por detrás cuando ella no miraba.

Nunca era capaz de dormir sin una luz encendida o sin la puerta de su dormitorio abierta para que la luz del pasillo pudiera entrar.

Y no fue hasta los diez años cuando dejó de dormir en la habitación de sus padres.

Al final, también había superado todos los demás hábitos.

El detonante había sido una acampada con una amiga en el fondo del jardín dentro de una tienda de campaña.

Erica se había resistido, pero no tardaron mucho en convencerla.

Iba a tener que enfrentarse a sus miedos en algún momento, y aquel era el lugar.

Así que, después de haber montado todo en la tienda, habían intentado dormir.

No resultó fácil. Los ruidos de la pequeña zona boscosa tras la casa la habían horrorizado.

El sonido de las hojas al crujir, el viento acariciando suavemente las solapas de la tienda, los palos y las ramas cayendo al suelo y partiéndose.

No durmió nada en toda la noche. Pero no le pasó nada.

No sufrió daño alguno. No resultó herida.

Ni asesinada. Ni muerta. Ni secuestrada.

Estaba bien. Y fue entonces cuando aprendió a admirar la oscuridad, a hacer de ella su amiga, y que no tenía absolutamente nada de malo.

Fue en aquella noche cuando se dio cuenta de que, para lidiar con sus miedos, necesitaba enfrentarse a ellos.

Catorce años después, eso era lo que estaba haciendo ahora mismo.

La oscuridad dentro de La Caja no era su enemiga; era su amiga.

La había utilizado en su beneficio. A estas alturas, conocía todos sus rincones.

Dónde estaba el váter; a qué distancia estaba de la ventana.

Dónde empezaba la cama, dónde terminaba; dónde estaban las juntas de la pared; dónde se encontraban las pequeñas muescas en el suelo; dónde yacían las motas de polvo y los escombros; dónde estaban escondidos los objetos punzantes que podría utilizar como arma.

El último secreto lo había descubierto primero.

Y había ocurrido por accidente.

Después de que su captor —había decidido llamarlo Jean Paul, por la colonia de Jean Paul Gaultier que llevaba— hubiera amenazado con agredirla, ella había saltado sobre la cama llena de frustración.

El peso de su cuerpo había hecho que uno de los muelles del colchón cediera y se partiera.

Luego, ella había levantado el colchón y retorcido el muelle hasta que se soltó.

No era gran cosa como arma —de hecho, no era realmente un arma en absoluto—, pero bastaría. Tenía una punta afilada que podía usarse como un puñal. Todo lo que necesitaba hacer era apuntar en la dirección correcta —preferiblemente a los ojos o al cuello de Jean Paul— y entonces estaría bien.

Tampoco era gran cosa como plan. Pero era un comienzo.

Arriba, a lo lejos, un sonido resonó a través del pequeño orificio del techo. Lo reconoció casi al instante. El sonido de pasos suaves, de goma sobre metal. El sonido de alguien acercándose.

¿Ya era la hora de la cena?

La rendija de la pared se abrió de golpe y un cuadrado de luz entró a raudales, iluminando suavemente La Caja.

—¿Estás bien? —preguntó la voz. Era la voz de la mujer; la que reconocía pero seguía sin recordar por qué.

—Estoy bien... —dijo Erica, tratando de cargar sus palabras de preocupación y miedo.

—¿Echas de menos a tu novio?

—Yo...

—Ya no volverá a molestarte. Está muerto.

Erica abrió la boca, pero le costó pensar en algo que decir.

—¿Por qué no estás comiendo? —preguntó la mujer.

—Yo... yo... estoy comiendo...

—No me mientas, Erica, por favor. No termina bien.

—¿Lo... lo has matado tú?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque no te merecía. Podrías haber aspirado a algo mucho mejor.

—¿Quién... quién eres?

—Conocía a tu padre. Trabajábamos juntos.

Su padre había trabajado con varias mujeres —incluso con Helena la Rompehogares en su momento—, pero seguía sin poder ponerle cara a la voz.

La mujer continuó: —Tú no has hecho nada malo en todo esto.

—No fue idea mía. Ahora sus palabras estaban llenas de culpa y pena, y luchaba por contener las lágrimas.

—Sé que no lo fue, cielo. Lo sé. Eres una buena chica, Erica. Pero la has cagado. No quiero hacerte daño... a menos que me des un motivo. Saldrás de esta pronto. Solo tienes que darle tiempo.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Erica—. ¿Qué vas a hacer?

—Cuanto menos sepas, mejor.

—¡Podría ayudarte!

La mujer al otro lado del acero de quince centímetros de grosor soltó una risita. —Dudo mucho que puedas, querida. Come. De lo contrario, volveré.

La mujer no dijo nada más y el cierre metálico se cerró, sumiendo a Erica de nuevo en la oscuridad. Luego llegó el sonido de las cerraduras encajando en su sitio, resonando por toda La Caja.

Erica se tumbó cuan larga era sobre la cama y estiró las piernas contra la pared hasta formar un ángulo de noventa grados.

Debería haber estado furiosa, colérica y destrozada por lo que la mujer le había hecho a Dylan, pero en el tiempo que llevaba encerrada en La Caja —y desde que las drogas habían desaparecido de su organismo— se había dado cuenta de una cosa: Dylan la había estado utilizando todo el tiempo.

Ella había sido un peón en su enferma y retorcida fantasía.

Dylan no la amaba. Dylan no quería pasar el resto de su vida con ella.

Al contrario, Dylan quería su dinero. Dylan quería usarla para su propio beneficio.

Y Dylan quería usarla para vengarse de Henry Matheson.

Bueno, que se jodan Dylan y Henry Matheson.

Dylan merecía morir, y el otro también.

Ellos eran los responsables de haberla puesto en esta situación. Y, de un modo u otro, iba a salir de ella.