Capítulo 49
LA PRUEBA
E l funeral terminó poco después de haber empezado.
El oficiante cumplió con su cometido y dijo algunas cosas amables sobre Murphy, aunque Jake estaba seguro de que la mayoría eran mentira.
Aun así, presentó sus últimos respetos a su antiguo colega y deambuló por el exterior unos minutos antes de regresar al coche.
Todo aquel trance resultó surrealista. No había explicación para nada.
Nada tenía sentido. No había familiares presentes, ni amigos, ni antiguos compañeros.
Ni siquiera antiguos miembros del servicio.
Era casi como si Mark Murphy nunca hubiera existido y Jake fuera la única persona viva que lo recordase.
Que se preocupase lo suficiente por él como para asistir.
Quizás todos se hayan visto involucrados en un choque contra un autobús lleno de niños en la M25.
Ellos. ¿Quiénes eran «ellos»? ¿Toda la gente que no se había molestado en aparecer? ¿O todos los antiguos socios de Murphy de la policía de Surrey que ya no estaban con ellos?
Esa era una lista que conocía muy bien.
Danika Oblak.
Elliot Bridger.
Esos eran los dos nombres que más destacaban para Jake, como la luna en una noche despejada de verano. Y estaban muertos.
Pero había alguien más…
Jake se removió en el asiento, intentando mitigar el dolor de estómago, y buscó su teléfono. Esperaba conservar todavía su número de móvil y que no hubiera cambiado.
Jake soltó un pequeño jadeo al encontrar lo que buscaba. Se serenó y marcó, sin saber qué iba a decir.
El teléfono sonó y sonó. Sonó y sonó. Sonó y sonó.
Pero nadie respondió.
Lo intentó de nuevo.
Esta vez—
—¿Diga?
Jake exhaló pesadamente al oír su voz. — ¿Nicki? ¿Nicki Pemberton? Soy Jake. Jake Tanner.
Hubo una larga pausa antes de recibir respuesta.
—Me alegra saber de ti, Jake. Aunque nunca es bueno cuando llamas. Confío en que no vayas a pedir otra vez lo imposible. No puedo lidiar con una cagada más.
Jake sintió que una semilla de culpa germinaba en sus entrañas.
La última vez que habían hablado fue en mitad de una de las investigaciones de asesinato más importantes del país.
Un contenedor de camión, lleno de cuarenta inmigrantes muertos de todo el mundo, había aparecido en un área de servicio de la autopista M25.
Organizado por El Cónclave y su red clandestina.
Jake había convencido a Nicki para que le dejara hablar con el conductor, con la esperanza de que eso le llevara a la identidad de El Cónclave.
Una decisión que resultó costosa para sus perspectivas profesionales y su puesto en el equipo, según le informaron más tarde.
—Nada de eso —dijo él con confianza—. Esto es un poco extraño y no sé si estás al corriente, pero el inspector Murphy ha muerto.
—Lo sé —respondió Pemberton con brusquedad. A lo lejos, parecía que estuviera en un parque infantil; se oía a niños gritando y chillándose unos a otros con excitación—. Lo enterramos. Fui a su funeral.
—No… —dijo Jake, sopesando cómo abordar sus siguientes palabras—. Estoy en su servicio ahora mismo. En Croydon. Acabamos de celebrar una recepción por él. Pero… no hay nadie más aquí.
Se hizo un largo silencio entre ellos. Luego, tras un breve instante, el sonido de los niños gritando desapareció gradualmente y fue sustituido por un ligero eco, como si ella se hubiera trasladado a un pasillo privado.
—No vuelvas a llamarme, Jake. Lo siento.
—¿Qué?
—No puedo ayudarte. Mark ya ha muerto dos veces y quiero asegurarme de que no nos pase nada ni a mí ni a mis hijos.
—¡No, espera!
—Tienes que salir de donde quiera que te hayas metido, Jake. Te has hundido demasiado. Sal antes de que acabes como Mark.
—Nicki…
—Intenté ayudarle, pero no quiso escuchar. No cometas los mismos errores que cometí yo. Es una advertencia.
—¿De qué? —gritó Jake al auricular, intentando mantenerla al teléfono.
—Ya he dicho demasiado.
—Nicki, por favor. Cuéntame…
—Hay cosas que no sabes y no quiero ser yo quien te las cuente. Pero piénsalo: no todos los días muere alguien dos veces, y no todos los días asiste una sola persona a un funeral. Es una señal de que serás tú quien lo sustituya en esa caja. Es una tradición.
Las palabras de Pemberton helaron a Jake. Pero no estaba dispuesto a dejarla marchar todavía. Tenía una docena de preguntas más que necesitaban respuesta.
—¿Una tradición? ¿Tradición de quién? ¿Tradición para qué?
Ella vaciló. El sonido de una cisterna al vaciarse resonó en el oído de Jake.
—Es una tradición de El Cónclave. He oído hablar de ella antes. Mark solía contármelo cuando… bueno, ya sabes. Lo han hecho varias veces en el pasado y volverán a hacerlo.
—Pero El Cónclave está muerto… —dijo Jake, jugando su baza ganadora en el torneo de póquer de esta conversación. Ambos jugadores guardaban cartas de información contra el pecho, y Jake estaba dispuesto a marcarse un farol para ganar fingiendo que no sabía nada.
—Aquí tienes la prueba de que El Cónclave sigue vivo y coleando, Jake. Como he dicho, es una advertencia. Una tradición. Tienes que tener cuidado. Me mantuve bien alejada de esa vida en cuanto descubrí en qué estaba metido Mark. Lo siento, Jake. Pero no puedo contarte nada más.
Se cortó la comunicación. Lentamente, él alejó el teléfono de su oreja y lo dejó sobre el regazo.
Su mente debería haber estado trabajando a toda marcha.
Debería haber estado analizando lo que ella le había contado.
Debería haber estado pensando en las repercusiones: lo que significaba para su seguridad, para la de Elizabeth, para la de Maisie, para la de Ellie.
Pero, en lugar de eso, necesitaba respuestas.
¿De qué demonios estaba hablando Pemberton? ¿Por qué se había celebrado un segundo funeral? ¿Qué implicación tenía ella en la red de El Cónclave?
Y entonces: ¿era ella El Cónclave?
Necesitaba encontrar respuestas.
Y conocía exactamente al hombre que podría ayudarle.