Capítulo 48
ACCIDENTE DE TRÁFICO
J ake estaba empezando a perder la cuenta de a cuántos funerales había asistido este año.
La cifra ya era demasiado alta. Primero había sido el de Roland Lewandowski.
Su colega y amigo había aparecido muerto en su piso el día de Año Nuevo, con un impacto de bala perfectamente centrado en la frente.
Después, él y Elizabeth habían acudido al de su suegro.
Luego había tenido lugar el pequeño funeral de Melania, celebrado para aquellos que quisieran presentar sus respetos antes de que su cuerpo fuera devuelto a su familia en Rumanía.
Y, por último, había asistido al de Elliot Bridger.
Aquel hombre había dado su vida por Jake, y lo menos que podía hacer era ser el único presente para darle el último adiós.
Todos ellos resultaban desgarradores, todos deprimentes. Pero lo peor de todo era que todos podrían haberse evitado. Si no hubiera sido por él —y por su guerra contra el Cónclave—, nadie habría muerto.
Lo mismo podía decirse de todos los demás que habían fallecido a lo largo de su vida.
Pero, por lo general, el funeral por el que más se culpaba era el de su padre.
Jake tenía quince años cuando su progenitor murió de camino a recogerlo de un partido de fútbol.
Se había visto involucrado en un accidente de tráfico y había fallecido mientras lo trasladaban al hospital.
Las imágenes y las emociones que sintió cuando su madre le dio la noticia aún vivían con él.
Fue uno de los días más duros que había tenido que soportar.
Despedirse de su padre lo había curtido ante la realidad de los funerales y lo había hecho madurar frente a la muerte.
Eran asuntos dolorosos y desoladores, pero Jake sabía que nunca serían tan difíciles como el que afrontó siendo tan joven.
Jake entró en el aparcamiento del crematorio de Croydon y se dirigió a la primera plaza que vio, aunque le sobraba donde elegir. El aparcamiento estaba vacío, a excepción del coche fúnebre y los directores de la funeraria que lo acompañaban.
Jake se detuvo para escanear los alrededores antes de apagar el motor y bajarse del vehículo.
El sol brillaba en lo alto, pero un manto de nubes finas proyectaba un tono gris ominoso y un ligero escalofrío en el aire.
Jake avanzó con cautela por el aparcamiento, manteniendo la mano izquierda en el bolsillo del pantalón y presionando el brazo contra la herida para aliviar parte del dolor.
Estar sentado en el coche en cierto ángulo había hecho que le escociera el orificio del estómago, que empezaba a sentirse cada vez más tenso a medida que la herida cicatrizaba gradualmente.
Tenía órdenes estrictas de reducir los movimientos al mínimo.
Una suave música de orquesta sonaba desde el interior del edificio y llegaba a sus oídos. Sobre el tejado, una chimenea rugía expulsando humo. Junto a él, en el umbral de la puerta, se encontraban dos empleados de la funeraria.
Jake consultó su reloj: las 11:58.
—¿Es este... es este el servicio correcto? —le preguntó Jake a una empleada a su derecha. Tenía el pelo castaño corto, rapado por los lados y más largo por arriba. Llevaba rímel en los ojos y las mejillas maquilladas de colorete.
—¿El de Mark Murphy? —respondió la mujer sonriéndole. Le resultaba familiar, pero Jake no recordaba de qué.
Él asintió lentamente.
—Es aquí mismo.
Jake entró distraído en el crematorio, echó un vistazo alrededor y volvió a salir.
—¿Dónde está todo el mundo? Pensaba que habría más gente.
No se había expresado bien. Lo que quería decir era que pensaba que habría al menos alguien más allí. La pequeña sala, llena de filas y filas de asientos, estaba vacía.
La mujer se lo quedó mirando, manteniendo esa sonrisa burlona en el rostro. —Tal vez todos se han visto envueltos en un accidente de tráfico con un autobús lleno de niños en la M25.
En cuanto lo dijo, Jake se quedó helado: atónito, paralizado. Durante un buen rato la miró fijamente, con la mente inundada por un sinfín de pensamientos.
Un autobús lleno de niños...
Reconoció la frase de inmediato. La recordaba vívidamente.
Esa fue la mentira que Elliot Bridger había utilizado para retrasar la llegada del equipo de desactivación de explosivos a la casa de Candice Strachan durante el último golpe de Los Crimson en Guildford.
Fue la pista que Jake había necesitado para darse cuenta de que Bridger no era quien decía ser, que era un corrupto y trabajaba contra la policía intentando sacar a Los Crimson del país.
Fue la frase que prendió la mecha de toda la saga con el Cónclave.
Y Mark Murphy también estaba metido en el ajo.
¿Pero qué tenía que ver esta mujer con todo aquello? ¿Y cómo conocía esa frase?
—Disculpe, señor —dijo ella, sacándolo de su ensimismamiento—. El cortejo está a punto de empezar. ¿Le gustaría entrar?
Aturdido, Jake tartamudeó y miró a los funerarios como si estuvieran hablando un idioma extranjero.
Entró con tiento en el crematorio y sacó una silla en mitad de la sala.
Estaba rodeado de asientos por todos los flancos y, mientras esperaba a que el oficiante saliera de su estancia, Jake se sintió de repente muy aislado y vulnerable.
Casi como si fuera a ser él mismo quien acabara pronto dentro del ataúd que entraba en la sala.