Capítulo 47
CAÍDO
E n los recovecos más profundos del cerebro de Henry Matheson, las cosas empezaron a suceder y a desarrollarse. Las cosas empezaron a transformarse y a manifestarse en ideas. Las ideas empezaron a mutar en planes. Los planes empezaron a mutar en frutos.
Lentamente, los engranajes de su colosal imperio de la droga volvían a girar. Las drogas y, lo que era más importante, sus emblemáticas botellas de plástico, habían vuelto a las calles y generaban ingresos; y, por primera vez en la historia, la competencia estaba de su lado.
Tras su reunión con Armando Strakosha, el albanés y él habían acordado una tregua.
A cambio de asumir todo el riesgo de traer los próximos cargamentos de heroína y cocaína —lo que lo dejaba vulnerable y expuesto a ser arrestado—, a Henry se le permitía conservar su parcela del mercado.
Boris Romanov también había aceptado el trato desde el confinamiento de su cama de hospital... con un poco de ayuda de Armando.
No cabía duda en la mente de Henry de que ambos planeaban algo contra él; Boris había claudicado y cedido con demasiada facilidad; lo último que habría deseado era aceptar un trato con el hombre que lo había mandado al hospital.
En consecuencia, Henry consideró que era una buena idea planear algo contra ellos también.
Cosas que se manifiestan en ideas.
Ideas que mutan en planes.
Y ahora su plan estaba dando frutos.
Cada domingo, entre las nueve y el mediodía, un grupo selecto de reclusos participaba en una iniciativa textil al otro lado de la prisión.
A un grupo de catorce se les ofrecía la oportunidad de confeccionar cojines, paños de cocina, manteles, bolsas.
La iniciativa estaba diseñada para desarrollar las habilidades de los presos, proporcionarles un sentido de propósito y el deseo de llevar una vida libre de delincuencia.
Lamentablemente para Henry Matheson, él simplemente lo veía como una oportunidad para ejecutar su plan.
El zumbido constante de las máquinas de coser rebotaba en las paredes. Los catorce prisioneros estaban situados como escolares estadounidenses en el aula, cada uno trabajando en su propio banco, de cara al frente de la clase.
Henry levantó suavemente el pie del pedal y detuvo la máquina poco a poco. Acababa de terminar el trabajo en una tarjeta de regalo textil. El diseño por el que se había decantado hoy era un conejo azul y rosa, sentado ante un fondo de flores moradas. Había tardado toda la sesión en completarlo.
Cuando finalmente llegó a su fin, Henry se tomó su tiempo para recoger: dobló los retales sobrantes en una pila; ordenó los cables en la parte trasera de la máquina; colocó su creación sobre la mesa al fondo de la sala, como si el profesor fuera a exponerla en una reunión de padres más adelante.
Antes de que comenzara la sesión, Henry había hablado con James Longstaff y organizado un encuentro.
A todos los presentes en la sala, a excepción de Armando Strakosha, se les ordenó que los dejaran solos, incluido el voluntario que dirigía el taller, a quien le habían entregado un sustancioso soborno para que hiciera la vista gorda.
Resultó que todo el mundo era corruptible, incluso las personas de buen corazón que buscaban marcar la diferencia en el mundo.
Unos minutos después de que el profesor diera el tiempo por concluido, Armando y Henry permanecieron allí. Armando fingió ocuparse con su máquina. Henry se le acercó.
—¿Cómo va lo del cargamento? —preguntó Armando.
—Mis hombres se encargan de ello.
—No quiero que me falles.
—Ninguno queremos eso. Todos dependemos de los demás.
Armando se volvió hacia él con el rostro severo.
—Unos más que otros.
Henry cambió de tema.
—¿Cómo llevas la vida en el trullo? ¿Echas de menos a tu familia?
—No hagas preguntas para las que sabes que no vas a obtener respuesta. Es peligroso para todos los implicados.
—¿Qué es la vida sin un poco de peligro?
—Mejor que este vertedero —respondió Armando.
—¿Cómo están tu mujer y tus hijos? —preguntó Henry—. Debe de fastidiarles mucho no poder verte todos los días.
—No tengo hijos.
—¿No? Me pareció oír por ahí que sí los tenías.
—Si los tengo, no sé nada de ellos.
—¿Ni siquiera de Amir y Alma? La pequeña Alma, de tres años, ya debe de echar mucho de menos a su padre.
A Armando se le desencajó el rostro. Se le dilataron las pupilas y frunció el ceño. Sus labios se movieron, pero no brotó nada, solo breves jadeos de aire exasperados.
La misión de reconocimiento que Jeremiah había realizado anteriormente había resultado ser un éxito. Armando tenía una debilidad, y ahora Henry sabía exactamente cuál era.
—Oh, lo siento —continuó Henry, acercándose un poco más a su nuevo socio comercial—. ¿He dicho algo inapropiado? No pretendía disgustarte.
Armando permaneció en su silla, paralizado por la impresión.
—No me amenaces. No acabará bien para ti.
Henry dio otro paso, esta vez haciendo rodar en su mano la aguja que había cogido de su máquina.
—No es una amenaza. Solo charlaba.
Otro paso.
En su cabeza, Henry inició la cuenta atrás hasta el momento de atacar.
—Creo que es importante que nos conozcamos.
Tres.
—Como, por ejemplo, hay una cosa que deberías saber sobre mí.
Dos.
—Es que no trabajo bien con los demás.
Uno.
Henry descargó el puño sobre el dorso de la mano de Armando, hundiendo el alfiler en su carne y cartílago.
El hombre gritó cuando la aguja astilló el hueso.
Antes de que pudiera reaccionar, Henry le propinó un puñetazo en la mandíbula y estampó su cabeza contra la mesa ensangrentada.
Una vez. Y otra. Y otra más. Desorientado, Armando no vio venir el segundo puñetazo, esta vez un gancho de derecha en la sien.
Entonces Henry centró su atención en la máquina de coser. El aparato, grande y pesado, ofrecía varios métodos de tortura. La única pregunta era cuál elegir primero.
Se decantó por el aparato en sí. Reuniendo todas sus fuerzas, levantó la máquina e intentó estamparla contra la cara de Armando.
Pero, ante su inmenso peso, a Henry se le resbaló la mano y el dispositivo chocó contra la nariz de su víctima.
Una cascada de sangre brotó de ambos orificios nasales, inundándole el jersey.
Henry soltó la máquina sobre la mesa y luego se centró en el siguiente método para infligir dolor: pasar la mano del hombre bajo la aguja.
Armando, completamente incapacitado, estaba indefenso mientras Henry le tironeaba de la mano ilesa y la metía bajo el mecanismo.
Pisó a fondo el acelerador para que la máquina se pusiera en marcha y empezó a perforar rápidamente la piel de Armando como si fuera el plástico de un envase de comida precocinada.
Armando gritó, pero allí no había nadie para oírlo.
Ni siquiera las almas de antiguos presos abandonadas por el sistema judicial.
Henry levantó el pie del acelerador y dirigió su atención al último instrumento de tortura: el cable.
Lo desenchufó, lo manipuló entre sus manos y se lanzó al cuello de Armando.
Una vez que lo tuvo sujeto alrededor de la cabeza del hombre, lo hizo girar y tiró con fuerza, arrancándolo de la silla y tirándolo al suelo.
Armando jadeó, resopló, arañó y pateó, pero no sirvió de nada.
Sin dejar de apretar el cable contra su garganta, Henry le propinó varias patadas en las costillas y los riñones, rompiéndole sin duda algún órgano. Habría hemorragias internas como poco.
Se mostró implacable.
Y al poco tiempo, Armando dejó de luchar y su cuerpo se quedó flácido. Se había acabado.
Exhausto, Henry soltó el cable y dejó que el hombre se desplomara en el suelo. Entonces se marchó. Mientras la puerta se cerraba gradualmente tras él, estuvo seguro de oír el débil sonido sibilante de alguien que luchaba por lo que podría ser su último aliento.
Caído, pero no muerto.