Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 44
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Capítulo 44

VICODINA

E l mantra era sencillo: mantén tus dedos limpios mientras todos los demás se ensucian los suyos.

No era elocuente pero, al fin y al cabo, era sencillo.

Y la sencillez era el motivo principal por el que ella estaba en la cima del sector y había permanecido oculta, invisible y sin identificar durante tanto tiempo.

Pero en los últimos meses, desde que Richard Candy, su segundo al mando, su cabeza de turco, había muerto, las cosas se habían vuelto cada vez más complejas.

Su imperio entero se había desmoronado. El negocio de la trata de personas ya no existía y todos los fondos habían sido confiscados.

El negocio de las drogas funcionaba ahora sin que ella supervisara las operaciones; Henry Matheson estaba al mando y seguía dirigiendo las cosas desde la cárcel.

Ella carecía de capacidad de influencia, de sello de autoridad; todos los que alguna vez habían trabajado con ella estaban muertos o en prisión.

Y ninguna de esas dos opciones le resultaba útil.

Ya no podía dar instrucciones a sus subordinados para que realizaran el trabajo sucio.

Ya no podía mantener los engranajes mugrientos de su maquinaria de corrupción libres de sus huellas dactilares.

El juego había cambiado. Pero como cualquier emprendedora con iniciativa propia, se había perfeccionado, se había superado y se había adaptado. Y seguiría haciéndolo.

Henry se creía muy listo. Claro, ella estaba bajo su total control, haciendo lo que él le decía, pero ella tenía sus propios planes.

Las luces de la casa de Jake Tanner estaban encendidas.

Había un coche aparcado delante y lo reconoció como el de Martha Clarke.

Esa zorra. Sin darse cuenta, había arruinado la siguiente parte del plan.

Ahora iba a tener que ocuparse del problema que llevaba en la parte trasera de su coche de otra manera.

No había querido llegar a este punto, pero era necesario, aunque solo fuera temporalmente.

La Cábala puso la marcha atrás, dio media vuelta en la carretera y se dirigió a casa.

Al detenerse frente a su casa en Essex, a las afueras de Londres, justo dentro del anillo de la M25, se aseguró de que la calle estuviera desierta y de que las luces de las casas estuvieran apagadas.

Eran las dos de la madrugada y no había razón para que la mayoría de la gente estuviera despierta.

Era una noche de diario, así que los niños estarían durmiendo y los adultos, si los hubiera, estarían disfrutando de algo de tiempo a solas.

El único riesgo que alcanzaba a prever era Charles, el neurocirujano que vivía un par de casas más abajo.

En demasiadas ocasiones se había cruzado con él de madrugada, cuando regresaba de uno de sus extenuantes turnos de trece horas.

Pero no necesitaba preocuparse demasiado por él; Charles era consciente del tipo de negocio en el que ella se movía, aunque ella nunca se lo hubiera dicho explícitamente.

Tras asegurarse de que la calle estaba vacía, se bajó del vehículo, se dirigió a la parte trasera y abrió el maletero.

La pequeña luz amarilla encastrada en la moldura iluminó a una Erica Haversham asustada y empapada.

La ropa de la joven estaba húmeda de sudor y había una mancha oscura cerca de la entrepierna, donde se había orinado encima.

El olor inconfundible a pis llegó a la nariz de la Cábala. Pobre niña .

En cuanto se abrió el maletero, Erica se encogió tras sus brazos, protegiéndose el rostro de un posible ataque. La cinta que le había puesto a Erica en la boca, las manos y los ojos había sido una chapuza, un trabajo mal hecho, pero cumplía su cometido.

Se agachó hasta quedar a la altura de Erica. La niña gimió y se quejó ligeramente al verla acercarse.

—Si gritas, haré que desees no haberlo hecho. ¿Entiendes?

Erica se quedó petrificada.

Lentamente, asintió.

Sin decir nada más, la Cábala metió las manos bajo las axilas de Erica y la sacó del maletero. Apoyando el peso de la niña sobre el suyo, cerró el maletero y la arrastró hasta la puerta principal.

Llamó, esperó.

Allí, frente a ella, estaba su marido, vestido en pijama, con una taza de té en una mano y un periódico en la otra. Varias horas por detrás del resto del país.

—¿Está listo? —preguntó ella al cruzar el umbral de su casa.

—Casi —respondió él.

—Pedí que estuviera listo para cuando yo llegara.

—Dijiste que nunca volveríamos a necesitarlo.

Ella sacudió la cabeza con incredulidad. —Nunca dije nunca.

Empujó a Erica por el pasillo y hacia las escaleras. Debajo de ellas había un armario. Lo abrió de un tirón y condujo a Erica al sótano. Allí, en el centro, estaba el que sería el hogar de Erica en un futuro próximo.

Ella lo llamaba La Caja. De un metro y medio de ancho por dos y medio de fondo, fabricada de acero macizo; espacio de sobra para el cuerpo menudo de Erica.

Tallado en la puerta había un pequeño agujero, lo bastante grande para que pasara un plato, que solo se abría desde el exterior.

No había luces dentro, ni ventanas, excepto un pequeño orificio en la parte superior para la ventilación.

No había escapatoria.

Durante los próximos días, como mínimo, Erica estaría sumergida en la oscuridad total. No sabría qué hora era. Qué día era. Dónde estaba. La oscuridad se iba a convertir tanto en su enemiga como en su amiga.

La Cábala abrió la puerta y empujó a Erica al interior.

La niña tropezó y se golpeó la cadera contra la cama, soltó un pequeño gemido y se acurrucó en posición fetal.

En la pared del fondo había una cama individual, con solo un colchón de quince centímetros de grosor como soporte.

En el lado derecho había un inodoro improvisado conectado a una tubería que iba a un desagüe fuera de la casa. Y eso era todo. Lo básico y esencial.

—Date la vuelta —le dijo a Erica.

Lentamente, la niña obedeció.

—Este es tu hogar. Se te alimentará. Se te hidratará. No gritarás. No podrás hacer nada. Nunca nos verás las caras.

Se adelantó, agarró la cinta que rodeaba la boca de Erica y la arrancó de un tirón.

—¿Entiendes?

—Sí —respondió Erica con voz débil.

Luego le quitó la cinta de las manos y de los ojos. Mientras ella salía de La Caja, Erica se quedó mirando al frente.

—Siento que hayamos llegado a esto, Erica —dijo, y luego cerró la puerta.

Después de que el sonido del portazo terminara de resonar por el sótano, la habitación se llenó rápidamente de silencio. No tardaron en empezar los ruidos. Al principio comenzó como un sorbido de nariz. Luego se convirtió en un sollozo suave y ligero.

La Cábala bajó la vista al suelo y se apretó el puente de la nariz. Lo que había dicho era cierto. No estaba bien. Y no era justo para Erica. Pero ella tenía un trabajo que hacer.

Cuando la Cábala empezó a subir las escaleras, se quedó helada. Su marido la esperaba arriba con los brazos cruzados.

—Tenemos que hablar de esto —dijo él mientras cerraba la puerta tras ella.

—No hay nada de qué hablar, Dennis. Ya está hecho. He tenido que hacer lo que he tenido que hacer. Es solo algo temporal.

Ella entró en la cocina, se dirigió al fregadero y empezó a fregar los platos. Siempre le ayudaba a despejar la mente; el sonido del agua corriendo ahogaba el ruido de su cabeza. Además, ayudaba a ocultar las lágrimas que se formaban en las comisuras de sus ojos.

—Pero, ¿y si...?

—¿Puedes, por favor, apoyarme en esto? —cerró el grifo con rabia y se secó las manos con un trapo—. ¿Tenemos suficiente Vicodina?

—Suficiente para un par de días, como pediste.

—Bien. Gracias. Entonces eres capaz de hacer lo que se te dice.

Se acercó al botellero, se compuso, se sirvió una copa de vino y se la bebió de un trago. Hacía mucho tiempo que no necesitaba una copa.

—¿Qué ha pasado ahí fuera? —preguntó Dennis, intentando ponerle una mano suave y reconfortante en el hombro. Pero ella no estaba de humor para recibirla y lo apartó de un empujón.

—Ya te enterarás pronto —respondió ella.

—¿Ha sido Matheson?

Ella dejó la copa sobre la encimera. Emitió un leve clinc .

—¿Cuándo no se trata de Matheson? —replicó, más como una afirmación que como una pregunta.

Un momento de silencio solemne cayó sobre ellos. Ella decidió llenarlo con el sonido del vino al caer en la copa que volvió a servirse; esta vez bebió más despacio que la primera.

—¿Has hecho lo que te pedí? —dijo ella, dejando la copa medio llena en la encimera.

—Sí.

—¿Y?

—Hari ha confirmado que el cargamento está llegando.

—¿Y?

—Cien kilos de heroína y cocaína. Escondidos en cajas de televisores.

—A mí me dijo que solo eran cincuenta —dijo ella, más para sí misma que para su marido—. Ese mierda engreído.

—Viene todo en un solo contenedor.

Ella se acercó más a su marido, olvidándose por completo de su bebida. —Continúa...

—Su parte del trato es que se le confía la entrega. Si algo sale mal, recae sobre su cabeza y él paga el precio.

—Cien kilogramos de heroína y cocaína es un precio masivo.

—Exacto, pero si consigue que funcione, se llevará una participación del treinta por ciento del mercado. Y los rumanos y los Hellbanianz prometen mantenerse alejados de su zona. A partir de ese momento, habrá una tregua.

—¿Y cómo encajamos nosotros en esto? —preguntó ella, pensando de nuevo en voz alta.

El acuerdo de Henry Matheson la dejaba a ella y a su marido totalmente fuera del negocio.

Antes, cuando su imperio estaba en su apogeo, ella era quien dictaba los acuerdos con la competencia, asegurándose de que se mantuvieran fuera del este de Londres.

Eso le había dado el control sobre el mercado, pero ahora que Henry poseía todo el poder de negociación, ella no tenía dónde apoyarse.

—¿Le has preguntado cuándo llega el cargamento?

—El mismo día que te dijo Matheson.

—Al menos sabemos que no nos miente sobre eso. Pero sigo sin fiarme de él.

—¿Por qué?

—Porque estamos hablando de Matheson. Siempre tiene un plan.

Y quiero que averigües cuál es. Cuando hablé con él el otro día, dijo que te quería allí para vigilar las cosas, para asegurar que todo saliera bien y que tú le informaras de la verdad; al parecer, a sus hombres les gusta adornar los hechos si las cosas salen bien y ocultarlos si no.

Quiero que estés allí con una función distinta.

Quiero que documentes el trato de drogas para que podamos entregárselo a la policía.

De esa forma meterán en la cárcel a todos los de su banda, a los rumanos y también a los albaneses.

Nadie volverá a confiar en Matheson y, una vez que las aguas se hayan calmado, podremos retomar las cosas.

Pero hagas lo que hagas, no lo fastidies. Primero tengo que ocuparme de Erica.