Capítulo 42
PINCHAZO
J ake dio prioridad a su radio mientras salía disparado de su Mini y perseguía a Dylan Ayers.
Tenían una edad similar, pero el cuerpo de Dylan era más menudo, más delgado, más bajo, más atlético.
Las piernas del joven se movían con rapidez mientras esprintaba hacia los límites de la urbanización.
Jake, lastrado por unos zapatos incómodos que no estaban en absoluto preparados para correr y con la americana ondeando por los brazos y la espalda, lo perseguía a unos pocos metros de distancia.
—A todas las unidades. A todas las unidades. Sospechoso huyendo de la urbanización Cosgrove, en dirección oeste por Mortham Street.
Al poco tiempo, su respiración se volvió pesada, exasperada, y le costaba articular las palabras con eficacia.
Los meses a base de alcohol y platos precocinados le estaban pasando factura por fin.
Y sabía que, muy pronto, no sería capaz de hablar en absoluto, a menos que quisiera aminorar el paso y darle ventaja a Dylan.
Aunque, tal como estaban las cosas, ese ya era el caso.
Las flacas piernas de Dylan se movían como un borrón y, con cada segundo que pasaba, la distancia entre él y Jake aumentaba.
Si Jake iba a tener alguna oportunidad de alcanzarlo —antes de que sus pulmones, su corazón y su sistema cardiovascular se rindieran—, tendría que hacerlo más pronto que tarde.
Llegaron al final de Mortham Street. Dylan giró a la derecha y se dirigió al norte por Bridge Street, desviándose hacia el centro de la calzada.
A mano derecha había una urbanización vecina, con coches aparcados de forma torpe a ambos lados de la calle.
Jake esperaba que Dylan no se metiera allí; de lo contrario, lo perdería entre la miríada de pasos subterráneos y callejones.
Aquella jungla de hormigón era el patio de recreo de Dylan, y Jake estaba en su territorio.
Mientras tanto, a mano izquierda, corriendo en paralelo a ellos, había siete vías de ferrocarril. Los vagones del Docklands Light Railway pasaban zumbando en ambas direcciones; sus ruedas se deslizaban con suavidad sobre los raíles, creando un ritmo para Jake mientras forzaba su cuerpo.
Clac-pum . Clac-pum . Clac-pum .
A estas alturas, la adrenalina recorría su cuerpo, mitigando la fatiga y los dolores de sus músculos y pies; sus movimientos eran metódicos, fluidos. Izquierda. Derecha. Izquierda. Derecha. Respirar. Bracear. Respirar. Bracear.
Lentamente, estaba recuperando terreno frente a Dylan. Pero aún no era suficiente.
Jake ya empezaba a intuir lo que estaba pasando, cuál era el plan de Dylan. El joven se dirigía directamente hacia la estación de metro de Stratford High Street. Si Jake lo perdía allí, no habría forma de alcanzarlo.
—Juliet-Tango-Cuatro-Cinco. Juliet-Tango-Cuatro-Cinco —llegó la llamada por la radio—. Aquí Lima-Golf-Dos-Tres. Informe de su situación.
Jake aminoró la marcha, se llevó la radio a la boca y jadeó entre respiraciones: —Norte... por... Bridge Street... estación de... High Street.
La repentina distracción, por muy buena que fuera porque significaba que la ayuda estaba en camino, había tenido un efecto negativo.
En lugar de estar anestesiado ante el dolor del esprint, se volvió consciente de lo que estaba haciendo.
Consciente del esfuerzo físico que estaba sufriendo.
Y su cerebro se dio cuenta de la necesidad de aminorar la marcha y recuperarse.
Jake no podía permitir que eso ocurriera.
A lo lejos, oyó el aullido de las sirenas. Pero no estaban lo suficientemente cerca. Necesitaba que estuvieran encima de él, bajando a toda velocidad por Bridge Street.
Más adelante, un coche se lanzó hacia ellos. Dylan se desvió hacia el otro lado de la carretera, corriendo junto a las vías del tren. Por un instante, Jake pensó que iba a saltar los muros y cruzar las vías.
Antes de que su mente pudiera darle demasiadas vueltas a nada, Jake esperó a que el coche pasara de largo, cruzó la calle y siguió adelante. La entrada de la estación de metro estaba a menos de cien metros.
Jake giró la cabeza a la izquierda y vio que un tren en dirección sur se acercaba al andén. Lo único que se interponía en su camino era una adolescente empujando un cochecito de bebé. Dylan se apartó de un salto y Jake hizo lo mismo, tropezando con la raíz expuesta de un árbol.
Fue entonces, mientras recobraba el equilibrio y mientras Dylan agitaba los brazos en el aire para evitar al bebé, cuando Jake se dio cuenta de que el agresor llevaba un arma en la mano. Una hoja. De quince centímetros.
Quizás más larga.
¿Sería la misma arma homicida utilizada para matar a Rupert y Helena? No era momento de pensar en ello.
Diez segundos después, llegaron a la estación de metro.
Justo cuando alcanzaban la entrada, una ráfaga de coches de policía apareció al final de la calle y frenó en seco.
Dylan giró bruscamente a la izquierda para entrar en la estación antes de que ninguno de los agentes hubiera bajado de sus vehículos.
Jake estaba ahora a escasos centímetros de él. El joven mostraba signos de fatiga, pero había en él una determinación por salir airoso; Jake supuso que era algo innato en todos los habitantes de la urbanización Cosgrove, independientemente de su edad y aspecto físico.
Delante, en el andén 3, estaba el tren que Jake había visto entrar, aminorando la marcha al acercarse al andén.
Para cuando abrió sus puertas, Dylan ya había llegado al final del puente y se encontraba en el centro de la estación.
Saltando los escalones de dos en dos, Jake lo siguió sin perder de vista las puertas del vagón, rezando para que se cerraran a tiempo.
Por suerte, cuando ambos saltaron al andén —Jake a pocos centímetros de Dylan—, las puertas del tren del DLR se cerraron. Dylan chocó contra el vagón metálico para intentar forzar las puertas con los dedos. Pero fue inútil. Jake se le echó encima antes de que pudiera darse cuenta de lo que pasaba.
Las sirenas aullaban a lo lejos. Gritos y voces perforaron la tranquilidad de la estación, mientras pasos pesados resonaban por el andén y el puente.
Jake placó a Dylan contra el suelo, rodando para alejarse del tren que estaba a punto de ponerse en marcha.
Cayó de espaldas con los brazos rodeando a Dylan.
El hombre aún sostenía el cuchillo en las manos, y la hoja hirió la muñeca de Jake.
Agudos pinchazos de dolor le recorrieron los brazos y las manos. Se estremeció y aflojó el agarre.
Dylan aprovechó la oportunidad y se lanzó al contraataque, rodando para quitarse a Jake de encima y preparándose para atacar.
Jake, que se lo esperaba, agarró las manos de Dylan y los dos lucharon por la posesión de la hoja: Jake luchaba por su vida, Dylan por su huida.
El peso del joven lo aplastaba y Jake estaba perdiendo fuerza poco a poco; la punta de la hoja se acercaba cada vez más a su estómago.
Más y más cerca.
Apretó los dientes y reunió cada gramo de energía que pudo encontrar. Sus músculos gritaban de agonía. La mirada demoníaca de determinación en los ojos de Dylan le decía que no había salida. Jake iba a morir. Apuñalado en el estómago.
Cada vez más cerca.
Entonces sintió que la punta le perforaba la ropa.
Cada vez más cerca.
Atravesó la piel.
Antes de que Dylan pudiera infligir más daño, el ejército de agentes de policía llegó corriendo y lo placó contra el suelo. El cuchillo se desprendió del estómago de Jake y cayó al suelo con un ruido metálico.
Se quedó allí tendido, boca arriba. Con el cuerpo entumecido. Paralizado. Apenas consciente de lo que le había pasado.
Se llevó la mano al costado izquierdo y se tocó la herida. Tenía las manos cubiertas de su propia sangre. ¡De su propia sangre!
Y fue entonces cuando la realidad se impuso. El dolor se hinchó en su cuerpo como un globo, listo y esperando para estallar.
Dos agentes uniformados se agacharon a su lado y presionaron la herida para restañar el flujo de sangre.
Le hablaban a gritos, pero no oía nada de lo que decían.
El sonido se había vuelto mudo, silencioso, ahogado por el ruido de su corazón latiendo en su oído cien veces por minuto.
Un peso invisible le oprimía el pecho. Sus poros se abrieron y empezó a sudar.
Estaba sufriendo un ataque de ansiedad. Las oleadas de blanco lo envolvían mientras miraba hacia el cielo, arañando cualquier resto de oxígeno que sus pulmones pudieran atrapar. Lo último que Jake vio antes de perder el conocimiento fue un avión comercial dividiendo su campo de visión en dos.