Capítulo 41
ESTRATOSFERA
L a sensación abrasadora que recorría sus venas era mayor, mejor y más eufórica que cualquier droga que hubiera podido inyectarse, fumar, esnifar o frotarse en las encías.
Era algo de otro mundo. Lo transportaba a otro planeta, a otro sistema solar, a otro universo.
Lo enviaba a la inmensidad yerma del cosmos.
Por su mente pasaron fogonazos del momento en que apuñaló a Rupert Haversham repetidas veces en el estómago y asfixió a la pequeña Felicity Haversham.
Se había sentido bien, sí. Había sido una liberación, sí.
Pero nada tan potente como esto. Matar a la familia Haversham había sido una necesidad, y al estar ellos tan sumidos en el miedo y el pavor, el espectáculo había terminado demasiado pronto.
Por eso no había podido disfrutarlo tanto como esperaba.
Pero esto… esto era distinto. En lugar de quitar una vida, estaba jugando con ella, manteniéndola en equilibrio sobre el filo entre la muerte y la libertad. Ese equilibrio le otorgaba poder; una cantidad de poder inimaginable. Sin duda, podría acostumbrarse a esto.
Retiró el cuchillo del cuello de Naomi y apuntó hacia la cámara.
—Si alguno de vosotros, capullos, se cree que nos va a encontrar, se equivoca. No nos vais a encontrar nunca.
La cabeza de Naomi cayó hacia un lado. A estas alturas, los fármacos que había sacado de su reserva de emergencia estaban haciendo pleno efecto y ella se estaba convirtiendo en un peso muerto, sumiéndose poco a poco en un estado comatoso.
Su brazo izquierdo se llevaba la peor parte y empezaba a dolerle.
Sus músculos no estaban hechos para esto; lo más pesado que solía levantar era el pack de seis bebidas energéticas que usaba como alternativa cuando le entraba el hambre.
Se recolocó para sujetarla mejor por la cintura e intentó cambiar de brazo. Pero al pasar la hoja de una mano a la otra, estuvo a punto de soltarla.
Al final, lo consiguió sin problemas.
Así estaba mejor. La chica guapa a la derecha, la hermosa hoja a la izquierda. Ahora se sentía mucho más fuerte, mucho más al mando. A excepción de su brazo izquierdo, que seguía flojo por el peso del cuerpo de ella.
Pero no podía quedar mal. Había gente mirando. Cientos. Miles. Quizá incluso cientos de miles. Había que pensar en lo que esto podría suponer para su carrera: podría lanzarlo a la estratosfera. Sería famoso cuando todo esto acabara.
¿Que se había quedado sin herencia? No importaba. Tendría contratos con marcas y patrocinios. De todo.
Iba a ser millonario, guiado por sus propios delirios.
Pero surgió un problema.
Sin previo aviso, el cuerpo de Naomi convulsionó. Y luego convulsionó de nuevo. Y otra vez. Por su boca empezaron a brotar flemas y saliva que le caían por la barbilla hasta la camiseta.
Mientras Dylan se asomaba por encima del hombro para verle la cara torcida, se le escapó. El cuerpo solo cayó unos centímetros antes de que él recuperara el control, pero fue tiempo y distancia suficientes para que el filo de la hoja se le clavara en la garganta.
—¡Joder! —gritó. Pero ya era demasiado tarde. Preso del pánico, tiró del cuchillo hacia delante, seccionándole la garganta en dos y vertiendo fuentes de sangre sobre el metal, su propia muñeca y el cuerpo de ella.
Aterrado, la soltó y dejó que se desplomara en el suelo. Si no estaba muerta ya por la sobredosis, ahora sí lo estaba.
Antes de hacer nada más, Dylan agarró el teléfono y lo lanzó contra la pared.
El dispositivo aguantó el golpe, pero la pantalla de cristal se fracturó en cientos de pedazos astillados.
Se agachó, pisando el charco de sangre que empezaba a formarse alrededor del cuello de Naomi, y retiró la hoja que se había quedado alojada entre el esófago y el hueso.
Se quedó mirándola durante un buen rato, sintiendo cómo el poder puro se disipaba de su cuerpo. El furor y la emoción se habían esfumado, junto con sus posibilidades de convertirse en millonario.
Apretando el cuchillo con fuerza, salió corriendo hacia la puerta y se encontró con el pasillo vacío.
¿Dónde coño está Erica?
Esto era una mierda. Él estaba jodido. Tenía que evacuar de inmediato.
No podía ponerse a pensar en Erica ahora; tanto si se había ido a la vuelta de la esquina como si se había acercado a comprar una bebida a la tienda de licores.
Ella lo había abandonado y ahora le tocaba a él abandonarla a ella. Sálvese quien pueda.
La ley del más fuerte.
Incapaz de procesar los últimos minutos, Dylan dio media vuelta y echó a correr por el lateral del edificio, entró en el hueco de la escalera y bajó los peldaños de dos en dos.
Unos segundos después, llegó a los bajos del bloque, cruzó la explanada y se dirigió hacia las calles.
Pero mientras cruzaba el paso subterráneo bajo el edificio, un Austin Mini Cooper frenó en seco en el otro lado de la calzada.
Un hombre vestido de traje salió disparado del coche y empezó a perseguirlo mientras gritaba por una radio.
Dylan movió las piernas y los brazos con todas sus fuerzas, como si le fuera la vida en ello.