Capítulo 33
UN MORDISCO A LA MANZANA
Y tras casi una hora haciéndole sudar y replantearse su existencia, estaba listo para el interrogatorio.
El agente de custodia hacía sonar las llaves al caminar mientras buscaba a tientas el manojo que llevaba en la cadera.
Al final encontró la correcta y la encajó en la cerradura.
Al otro lado estaba Leyton, tumbado sobre el colchón de diez centímetros de grosor, usando los brazos como almohada.
Jake entró en la fría estancia e hizo un gesto con la cabeza para que el agente cerrara la puerta tras él.
—Has estado muy ocupado —dijo Jake, fingiendo una sonrisa.
Leyton permaneció en silencio, sin dejar de mirar al techo.
—Sabes —continuó Jake—, hemos pasado tus huellas por la base de datos y han salido un montón de cosas sobre ti.
Ni una palabra todavía.
Jake se acercó a Leyton y, al detenerse, dijo: —Quizá deberíamos ir a hablar de ello.
Sin previo aviso, agarró a Leyton por el jersey, lo arrancó de la cama y lo lanzó contra la pared. Antes de que Leyton pudiera reaccionar, Jake lo aferró de la sudadera y lo sostuvo a la distancia de su brazo, manteniéndolo en equilibrio sobre sus pies.
—Siento eso —dijo Jake con sarcasmo—. A veces no controlo mi propia fuerza.
—¿Qué coño haces, capullo? —preguntó Leyton mientras cerraba los puños y los mantenía a la altura de la cintura, preparándose para lanzar un ataque.
—No estarás pensando en agredir a otro agente de policía, ¿verdad? Otra vez no. Sería una decisión muy poco aconsejable.
Leyton escupió al suelo, junto a los pies de Jake.
Jake miró el hormigón con asco y, al volver su atención a Leyton, bajó el hombro derecho y movió el brazo hacia las costillas de este, fingiendo un golpe.
No tenía intención de pegarle —ya se había desahogado antes—, pero nada iba a impedirle herir al hombre psicológicamente.
—Esto es puta brutalidad policial —comentó Leyton, con la respiración pesada y ronca—. ¡No puedes tocarme así! ¡Quiero un puto abogado, psicópata de mierda!
Jake aflojó el agarre sobre el jersey de Leyton y le dio unas palmaditas, sonriendo con superioridad.
—Sabes, a estas celdas las llaman «Las Gritonas».
¿Sabes por qué? Corre el rumor de que, en cuanto pasas más de ocho horas aquí dentro, empiezas a volverte loco.
Las paredes empiezan a hablarte. Al principio no crees que sea verdad; solo piensas que estás perdiendo un poco la cabeza.
Pero luego, a medida que las voces se vuelven más fuertes y claras, y empiezas a darte cuenta de que nadie te responde, ahí es cuando empiezas a creértelo.
Solo llevas aquí media hora, pero ya sabes exactamente de qué te hablo, ¿verdad?
El rostro de Leyton le dijo a Jake todo lo que necesitaba saber.
El arrepentimiento y el miedo en sus ojos.
Las arrugas de su cara que desaparecieron cuando su expresión se transformó en un ceño fruncido.
El color que abandonó sus mejillas al darse cuenta de que había algo de verdad en lo que Jake decía.
—Quiero a mi abogado. Conozco mis derechos.
—Tienes que ser humano para que esos se apliquen.
Jake empujó a Leyton hacia la puerta. Cuando llegaron, Jake golpeó el pestillo metálico y esperó. —Solo vamos a tener una charla rápida; todavía no hace falta que haya ningún abogado presente.
Cuando empezó a trabajar con Pete Garrison y Drew Richmond, Jake nunca había valorado su brillantez. Eran maestros de la intimidación, y se sentía orgulloso de decir que había aprendido un par de cosas de ellos.
Como encender el aire acondicionado en una sala que ya estaba fría o dejar encendida una sola luz mortecina sobre la cabeza.
Ambos métodos estaban mal vistos y constituían infracciones inmediatas de las normas de la ley PACE por las que se regía, pero también lo era abusar del delincuente.
Algo por lo que apenas sentía remordimiento alguno.
Ya había cometido el peor delito posible, así que ¿qué daño iba a hacerle un poco de carne de gallina y unas pupilas dilatadas?
—Siento lo de las luces —dijo Jake mientras cruzaba la sala y soltaba una carpeta de golpe sobre la mesa—. Llevan fallando toda la semana. Se suponía que vendría alguien a arreglarlas pero, bueno… se ve que no ha sido el caso.
—¿Podemos cambiarnos de sitio?
Jake miró a Leyton con el rostro inexpresivo. —¿Desde cuándo mandas tú?
—Conozco mis derechos.
—Como he dicho antes: tienes que ser humano para que se apliquen.
—Hace un frío que pela aquí dentro, tío. —Leyton se rodeó el cuerpo con los brazos y se frotó los hombros para entrar en calor.
—¿Pensaba que los de tu calaña estabais acostumbrados a estar fuera pasando frío día y noche?
—¿No hay ningún otro sitio donde podamos ir?
Jake se encogió de hombros y negó con la cabeza. —Están todos ocupados. Todos en uso.
—Son las siete de la puta mañana.
Jake sonrió con desdén. —No eres el único que se queda despierto después de su hora de dormir, Leyton. Hay un montón de gilipollas ahí fuera que se creen los reyes del mambo. Pero no lo sois. Ninguno lo sois. Y ninguno estáis por encima de la ley.
Se hizo un momento de silencio entre ellos.
En su mente, Jake trazó la ruta que quería que siguiera la conversación: intimidación, confesión, intimidación, confesión, intimidación, seguida de una confesión final.
Estaba seguro de que el hombre que tenía delante debía rendir cuentas por muchas cosas por las que no lo había hecho.
Y estaba decidido a sacárselo. Pero, ante todo, quería divertirse un poco con ello, ver hasta dónde podía presionar a Leyton, qué tipo de cosas podía imponerle y obligarle a confesar.
¿Era ético? Ni de coña. ¿Era moralmente correcto?
Discutible. ¿Iba a aliviar parte del dolor y el sufrimiento que sentía por Brendan? Sí. Un poco, pero no todo.
Jake decidió ir directo a la yugular.
Se inclinó hacia delante, abrió la carpeta y sacó el primer documento. Luego la cerró y puso la hoja encima. Delicado, sereno. Transmitiendo que era él quien controlaba el interrogatorio.
—¿Sabes lo que es esto? —preguntó.
—Sin comentarios.
—Es un informe de los hallazgos en tu piso.
Así es: ya tenemos la orden, hemos entrado y hemos rebuscado entre tus cosas.
Podemos trabajar rápido cuando nos lo proponemos.
Había muchas cosas allí que me intrigaron, como podrás imaginar —explicó Jake—.
Sobre todo porque en tu piso hay suficiente tranquilizante para caballos como para dejar fritos a todos los participantes del Grand National.
Ahora bien, si se tratara de cualquier otra persona, podría suponer que lo guarda para su granja de caballos o que se gana bien la vida vendiéndolo a ganaderos, pero tú no eres así, ¿verdad, Leyton?
Estás intentando venderlo, junto con los kilos de cocaína, MDMA, heroína y marihuana que también encontramos en el piso.
—Sin comentarios.
—No era una pregunta —espetó Jake—. Pero lo que más me sorprendió es que había un montón de las viejas botellas de plástico de Henry Matheson tiradas por el lugar.
Ahora, tanto tú como yo sabemos qué son esas botellas, así que no voy a perder el tiempo explicándotelo.
Por tanto, cabe preguntarse: ¿qué haces con ellas?
Pista: esta es una pregunta que requiere respuesta.
—Sin comentarios.
—¿Te estás haciendo cargo de la E11 y del negocio de drogas de Henry Matheson?
—Sin comentarios.
—¿O se lo estás guardando mientras está en la cárcel?
—Sin comentarios.
—Ya has conocido a Henry Matheson, ¿verdad? ¿Sabes de lo que es capaz?
Leyton no respondió, lo cual ya era respuesta suficiente.
—Has oído las historias. Es un hombre peligroso, y más todavía si te pones de su parte mala.
Yo lo sé… quiero decir, mira lo que te mandó hacerle a mi amigo.
—Jake volvió a abrir la carpeta y sacó una foto ampliada que había hecho de las heridas de Brendan—.
¿Pero qué ganaste con eso? ¿Una pizca de su respeto?
¿Un puesto más alto en la banda? Seguro que has oído otras historias sobre Henry, ¿a que sí?
Aquel tipo al que casi mata a palos en la cárcel.
Aquella vez que convenció a un chaval de catorce años para que matara a su mejor amigo y a su padre.
Pero tú ya sabes todo eso, ¿no? De hecho, apuesto a que estuviste presente en alguna de esas ocasiones.
Sin respuesta.
—¿Qué te hace pensar entonces que no te hará lo mismo a ti?
—Yo no le he traicionado —replicó Leyton, frotándose los hombros con más violencia.
—Todavía no. Aún hay tiempo, y aún hay mucho más que tienes que contarme.
—No te voy a contar una mierda.
—Imaginé que dirías eso, así que nos hemos tomado la molestia de pasar tu ADN por los sistemas. Pero ya volveré a eso más tarde. Primero quiero saber qué es lo que sabes tú.
—¿Sobre qué?
—¿Es Henry Matheson La Cábala?
Sin respuesta. Tampoco hubo cambio en su expresión. Ni dilatación de pupilas. Ni movimientos oculares repentinos.
Hora de avanzar.
—Con las pruebas que tenemos contra ti, Leyton, vas a ir a la cárcel por mucho tiempo.
Agresión a un agente de policía. Incendio provocado.
Lesiones graves. Posesión con fines de tráfico.
Y hay un par de cosas más ahí que no he mencionado —Jake hizo una pausa—.
Ahora, esto puede ir por dos caminos. Si me dices lo que quiero saber, puedo facilitarte las cosas.
Puedo asegurarme de que no acabes en la misma prisión que Henry y de que no sufras el mismo destino que cualquiera que se haya cruzado en su camino allí dentro.
Puedo asegurarme de que estés protegido.
Si quieres convertirte en un superconfidente, por mí encantado.
—¿Qué te hace pensar que puedes protegerme?
—Porque la red de Henry no es tan amplia como él cree. Créeme. Y cuando él caiga, no habrá nadie para ocupar su lugar.
Leyton frunció los labios y vaciló. —Quiero un abogado.
—¿A quién? ¿A Rupert Haversham? Si me dieran una libra por cada vez que he oído ese nombre, sería más rico que tú.
Pero no puedes contar con él. Está muerto.
Él y su familia fueron asesinados. Pero ya estás al tanto de eso, ¿verdad?
Quizá incluso tuviste algo que ver. ¿Qué sabes del asesinato de Rupert y del secuestro de su hija?
—Sin comentarios.
—¿Alguien te ha mencionado algo a ti o de pasada?
—Sin comentarios.
—¿Has visto algo que parezca una chica retenida contra su voluntad?
—Sin comentarios.
Jake bajó un poco la cabeza. Leyton estaba resultando un hueso duro de roer; ojalá hubiera tenido más tiempo para formarse y aprender de Drew y Garrison.
Decidió que era el momento de jugar su carta de triunfo.
La que al principio había dudado en usar.
Pero su estado mental había cambiado desde entonces: si lograba que funcionara, obtendría toda la información que necesitaba.
—Sabes —empezó—, a menudo me he preguntado cómo es la vida para la gente que vive al otro lado de la línea.
Qué tipo de cosas hacen. Qué clase de actividades depravadas.
Y obtuve mi respuesta cuando recibí el informe de tu ADN.
Apareció una coincidencia con un caso sin resolver de hace unos años. Creo que sabes de cuál estoy hablando.
Jake hizo una pausa para crear efecto. Luego rebuscó en la carpeta y sacó otra hoja de papel. —¿Te suena de algo el nombre de Rhiannon Webb, Leyton?
Al mencionar el nombre de Rhiannon, el rostro de Leyton decayó y el color desapareció de sus mejillas.
—Creo que tenía catorce años cuando la conociste, ¿no?
¿A quién pagaste para librarte de aquella?
¿A Rupert? Te acostaste con una niña de catorce años, Leyton.
Espero que comprendas la gravedad del asunto.
¿Y sabes qué les pasa a los de tu calaña en prisión?
Les pegan, les agreden, les violan, a veces incluso los matan.
¿Lo sabe Henry? Me imagino que no, porque si no se habría deshecho de ti hace mucho tiempo.
Jake dudó de nuevo. —Así que… imagina una situación hipotética para mí.
Estás en la misma cárcel que Henry. Él se entera de que le has traicionado al dejarte arrestar.
Y luego, para echar más sal en la herida, se entera de que eres un pederasta; manda a algunos de sus nuevos chicos a buscarte; un día estás en tu celda tan tranquilo; entran y te apuñalan, te cortan, te dan una paliza, te revientan la cabeza, te rocían con napalm.
Estás al borde de la muerte, pero desearías que simplemente te mataran de una vez.
Y así continúa durante semanas, meses. Los guardias no van a hacer nada porque, en el fondo, están de acuerdo con lo que te está pasando.
Quieres suicidarte, pero ellos no te dejan, así que aguantas hasta que te quedas insensible, y entonces encuentran nuevas formas de hacerte daño.
Imagina eso para el resto de tu vida. ¿De verdad valdría la pena seguir ocultándonos secretos ahora?
Jake aguantó la respiración mientras dejaba la pregunta en el aire.
Todo este interrogatorio iba en contra de todo lo que él defendía y por lo que luchaba, pero era difícil negarlo: saltarse las reglas solo una vez, dar un pequeño mordisco a la manzana, era tan excitante como el subidón que sentía cada vez que ganaba una apuesta fuerte a los caballos o al fútbol.
Tan excitante como atrapar a los malos en primer lugar.
Para su sorpresa, no tardó mucho en obtener respuesta.
—Antes de contarte nada sobre Erica y Rupert, quiero algunas garantías. Pero lo demás, te lo diré. Te contaré todo lo que necesites saber.