Capítulo 34
TREGUA
L as cosas iban a mejor.
Los grilletes de la ira y la frustración se habían disipado por fin de su cuerpo, y ahora tenía la mente despejada. Mucho más de lo que la había tenido nunca.
Había pasado la última hora tumbado en la cama de su celda, con la vista fija en los agujeros del techo. Despejando la mente, pensando, planificando, calculando.
Resultaba que su situación no era tan espantosa como había creído al principio. De hecho, se encontraba en una posición afortunada. Principalmente porque tenía a La Cábala justo donde quería.
Lo tenía bien agarrado por los huevos.
Tras intercambiar mensajes con la figura anónima, Henry se había enterado de que Dylan y Erica representaban una amenaza para La Cábala.
Aunque los detalles eran vagos, Henry estaba casi seguro de que era porque habían visto el rostro de La Cábala o conocían su identidad de alguna manera.
Esto le ofrecía a Henry algo que se había convertido en un concepto ajeno para él en Wandsworth: una ventaja.
De la misma forma que James Longstaff lo manipulaba para conseguir lo que quería, Henry iba a manipular a La Cábala.
Ventaja.
Si él estaba en la parte baja de la cadena alimenticia, entonces La Cábala era el plancton que se desayunaba, almorzaba y cenaba.
Así que a los dos se les había ocurrido un plan, un plan que consistía en gran medida en Henry dándole instrucciones a La Cábala para que cumpliera sus órdenes. Lo cual suponía un cambio muy agradable por una vez.
Pero primero, necesitaba asegurarse de tener el resto de sus piezas en orden. Empezando por entrar en la boca del lobo.
Armando Strakosha era el líder de los Hellbanianz.
Más altos y físicamente más imponentes que sus homólogos rumanos, también eran más inteligentes e intimidantes.
En apenas un puñado de años, habían reventado los precios de la heroína y otras drogas, y habían logrado ocupar la mayor parte del este de Inglaterra.
Pasaban desapercibidos y gestionaban sus negocios como si fuera Wall Street.
Dentro de la cárcel, se mantenían juntos en un grupo numeroso, y encontrar a uno aislado del resto de la manada era tan probable como que a Henry lo pusieran en libertad esa misma tarde: una imposibilidad.
Como tal, se preparó para la posibilidad muy real de que un grupo de quince hombres le diera una paliza y lo apuñalara.
Todo en nombre de su negocio. Todo en nombre de la E11.
Armando Strakosha llevaba trece meses de una condena de tres años, y su celda estaba en la tercera planta, la más alejada de las escaleras.
Saliendo de la pequeña habitación había algunos de los otros Hellbanianz, con rostro imperturbable y el pelo engominado y peinado hacia atrás.
La moda era importante para ellos, e incluso lograban que el soso uniforme de la prisión resultara atractivo de alguna manera.
Henry se acercó a ellos.
Estaba a seis metros de la celda cuando lo abordó un hombre que parecía recién salido del colegio.
—¿Qué cojones haces? Tú no ser querido aquí. Vete.
Henry tensó el cuerpo. Se mantuvo firme. —Quiero hablar con Armando.
—Él no querer hablar contigo.
—Dile que tengo una propuesta para él. Para todos vosotros. Una tregua.
La palabra no encajó en el limitado vocabulario del hombre.
—¿Puedo hablar con él, por favor? —insistió Henry.
El hombre le puso una mano en el pecho. Firme, sólida; Henry sintió mucha fuerza tras ella, a pesar de la juventud del sujeto. —Espera aquí. Yo pregunto.
Henry esperó con paciencia y, al cabo de unos segundos, el hombre regresó.
Esta vez lo seguía un séquito de otros cinco hombres, cada uno aparentemente más alto que el anterior.
Henry se preguntó a cuántos podría enfrentarse si la ocasión lo requiriera.
Pero enseguida se dio cuenta de que la respuesta era cero.
Tendría más suerte intentando demostrar su inocencia a todas las personas que había matado y traicionado en esta vida.
—¿Qué pasa, chavales? —empezó, intentando ocultar la ansiedad de su voz—. ¿Qué hacéis todos aquí fuera?
Se enteró cuando el joven lo agarró por la pechera y se le encaró.
Entonces los cuatro hombres empezaron a cachearlo, tocando cada centímetro de su cuerpo.
En cuanto estuvieron satisfechos de que iba limpio, cada uno asintió y el hombre que se había quedado detrás lo escoltó al interior de la celda.
La celda estaba abarrotada, con ocho cuerpos corpulentos apretujados unos contra otros.
Algunos habían intentado repartirse por la habitación sentándose en las literas y apoyándose en un pequeño armario, pero servía de poco.
Todos pululaban alrededor de la pantalla de televisión, viendo un partido de fútbol.
Una densa nube de humo flotaba en el aire, pero no era nada comparado con el olor acre de la colonia de los hombres, que se le pegaba a la garganta como un resfriado persistente.
Reprimió una tos hasta que le dolió el pecho.
—¿Qué pasa, chavales?
Las cabezas de todos los presentes se giraron hacia él. Todos menos una. La de Armando Strakosha.
El hombre estaba oculto a la vista, perdido tras el bosque de piernas que tenía delante.
—Estás más loco de lo que pensaba, Matheson —su voz retumbó en la habitación. Hablaba un inglés mucho mejor que el resto de su banda—. Pero también eres un puto estúpido. Más vale que tengas una buena razón para estar aquí.
Armando se levantó de la cama y se puso frente al televisor para que se le viera bien.
—L-la tengo —dijo Henry, tartamudeando ante su intimidación—. Tengo una tregua para vosotros. Y tengo una idea brillante. Una que nos va a hacer a ambos muy, muy ricos.