Capítulo 32
JUGANDO CON FUEGO
E l tiempo, según comprendió de repente sentado en el asiento delantero de su coche, ya no era una constante.
No era más que una construcción. Se dio cuenta de que la vida no importaba tanto como creía cuando todo estaba regulado por un invento invisible.
Irse a la cama a una hora determinada. Levantarse a una hora determinada.
Llegar al trabajo, quedarse un tiempo determinado, volver a casa.
¿Y si simplemente hiciera lo que quisiera cuando quisiera?
Negarse a celebrar cumpleaños, aniversarios, cualquier tipo de ocasión especial.
¿Sería libre o se vería encadenado por otra limitación fabricada por su mente?
Quizás debería limitarse a vivir el momento y esperar aprender de ello.
No lo sabía. Pero lo que sí sabía era que, mientras esperaba pacientemente a que su agresor se quedara aislado y solo, su mente se estaba desquiciando cada vez más.
Eran pensamientos que nunca había tenido en su vida, así que ¿de dónde coño estaban saliendo?
Recordó algo que uno de sus profesores había dicho una vez durante un seminario: Nuestra mente es la creación más grande y compleja.
Nuestros pensamientos cotidianos, sucesos, interacciones y movimientos alimentan nuestro subconsciente y cambian nuestra forma de comportarnos y actuar.
Así es como creamos nuestro sentido del yo.
Y sin nuestro sentido del yo, no somos nada.
Entonces, ¿en qué lo convertía eso a él?
Estaba tratando con criminales entre el público general y con aquellos que formaban parte de la fuerza policial más grande del país.
Rodeándose de su traición, engaño y villanía cada día.
¿Era en eso en lo que acabaría convirtiéndose inevitablemente?
¿Se estaba doblando y torciendo su sentido del yo en la dirección equivocada?
Le vino a la memoria la cita de Nietzsche que su profesor adoraba: Quien lucha con monstruos debe procurar que, en el proceso, no se convierta él mismo en un monstruo.
Bueno, Jake estaba seguro de que ya se encontraba a mitad de camino.
Y presentía que en cuanto pusiera los ojos en el lanzador de cócteles molotov —el siguiente monstruo —, podría incluso descender a otro nivel.
Si estaba bien que Liam, Drew e incluso Garrison se salieran con la suya, por no hablar de todos los demás, ¿por qué no podía hacerlo él?
Sin su interferencia, habrían continuado con su corrupción y sus actividades ilícitas, y todo podría haber sido diferente.
Incluso podría haberse unido a ellos y haber ascendido en sus filas.
Solo Dios sabía cuánto dinero sucio habría podido ganar bajo cuerda.
Solo Dios sabía cuánto mejor sería su relación con Elizabeth sin sus apuros económicos.
Habría podido comprar cosas bonitas a su familia, permitirse hacer más viajes, colmarlos de las cosas que se merecían .
Pero no, tenía que arruinárselo a todos, y ahora todo lo que amaba y apreciaba se había desmoronado y hecho añicos en cien pedazos irreparables.
De nuevo, ¿en qué lo convertía eso? ¿Era realmente el héroe o, por culpa de nadie más que de sí mismo, se había convertido en el villano de su propia historia?
Todo por culpa del tiempo.
Crisis existenciales como esta eran una experiencia peculiar, desconocida y particularmente aterradora para Jake.
Nunca había tenido una antes, esa sensación profunda y abrumadora de tener el mundo a sus pies y, sin embargo, encontrarse en el fondo de todo.
Minúsculo, intrascendente, insignificante, confinado a la finitud de la vida.
Una vida gobernada por el tiempo.
Antes de que pudiera hundirse más en el abismo de su propia mente, una figura a lo lejos lo sacó de allí de un tirón. El del cóctel molotov. Solo, saliendo de la urbanización.
Bingo. Te tengo.
Jake arrancó el motor, metió primera y salió del apartadero.
El atacante caminaba con aire fanfarrón por el medio de la carretera, moviendo los hombros de lado a lado, invencible ante el duelo de la máquina contra el hombre.
Tenía una mano en el bolsillo de la sudadera mientras con la otra sostenía un cigarrillo.
Jake avanzaba lentamente tras él en el coche, manteniendo los faros apagados. Manteniendo una distancia de quince metros, masajeaba el volante entre sus manos, apretándolo con más fuerza de vez en cuando hasta que se le blanqueaban los nudillos.
Cuando el del cóctel molotov por fin se percató del coche, aminoró la marcha, se dio la vuelta y le dedicó a Jake un desafiante dedo corazón.
En ese momento, todo pareció detenerse y Jake ya no era el detective Jake Tanner; en su lugar, era un tipo normal, un extraño cualquiera de la calle, un vigilante agraviado que buscaba justicia y castigo contra un ser humano despreciable.
Mantuvo el pie sobre el acelerador y se planteó atropellar al hombre y darse a la fuga.
La prueba definitiva de la máquina contra el hombre. Donde solo había un ganador.
—¿Qué coño haces, colega? —gritó el atacante mientras Jake se acercaba más.
Pensó en la botella.
Pensó en el fuego.
Pensó en el dolor.
Pensó en Brendan.
Entonces pisó a fondo el acelerador.
El motor rugió bajo sus pies y la aguja del cuentarrevoluciones se disparó hasta la zona roja. El sonido del motor gritando llenó el coche. Pero el agresor no se movió, se quedó allí plantado.
Máquina contra hombre.
Entonces Jake golpeó el claxon con el puño; el tono rebotó en los muros de la urbanización. Tras unos segundos, el hombre finalmente cedió y se quitó de en medio.
En cuanto se apartó de la calzada, Jake salió disparado, dando la vuelta a toda la urbanización hasta volver a la misma posición unos segundos después.
Quien lucha con monstruos debe procurar que, en el proceso, no se convierta él mismo en un monstruo.
Si iba a hacer esto, lo iba a hacer de la forma correcta, de la forma inteligente.
Hazlo bien. No le des ningún motivo para que se libre de esta.
Cogiendo su radio del salpicadero, Jake se bajó del coche y prosiguió a pie.
Para entonces, el sospechoso solo había llegado al otro extremo de la calle.
Jake se escabulló por la acera, apretando la radio con fuerza.
Giró el dial de la parte superior del dispositivo y cambió el canal para sintonizar la frecuencia de la centralita en la comisaría.
—Lima-Golf-Dos-Tres, Lima-Golf-Dos-Tres —susurró al micrófono—. Aquí Juliet-Tango-Cuatro-Cinco, cambio.
—Juliet-Tango-Cuatro-Cinco, aquí Lima-Golf-Dos-Tres, le recibo, cambio.
—Lima-Golf, solicito apoyo operativo inmediato, cambio.
Jake llegó al final de la calle y giró a la izquierda.
—Recibido, Juliet-Tango. ¿Cuál es su ubicación? Cambio.
—La urbanización Cosgrove. Actualmente me dirijo al este por Waterden Road.
Envíen dos unidades operativas. El sospechoso podría estar armado y se considera peligroso.
Estoy en persecución ahora mismo. Varón negro, viste sudadera negra con pantalones de chándal grises.
Lleva un cigarrillo en la mano. Aproximación aprobada.
Se requiere respuesta inmediata. Sin luces ni sirenas. Que entren de incógnito, cambio.
—Entendido, Juliet-Tango-Cuatro-Cinco. Dos unidades en camino ahora mismo. Tiempo estimado de llegada: dos minutos, cambio.
Dos minutos son demasiados , pensó Jake al colgar.
En dos minutos podían pasar muchas cosas; podía perder al objetivo, ser descubierto, verse rodeado y atacado con otro cóctel molotov.
En el mundo policial, dos minutos eran una eternidad.
Había que hacer algo para asegurarse de no perder de vista su objetivo.
El sospechoso estaba al otro lado de la carretera, con el cigarrillo en una mano y el teléfono móvil en la otra, pegado a la oreja. Hablaba con energía, gesticulando salvajemente.
Jake cruzó la calle y aceleró el paso, contando el tiempo que faltaba para que llegaran los agentes. Contando el tiempo que tenía para cobrarse su venganza.
Quien lucha con monstruos debe procurar que, en el proceso, no se convierta él mismo en un monstruo.
A la mierda. Brendan estaba postrado en la cama de un hospital con lesiones que le cambiarían la vida por culpa de este cabrón.
Él era el verdadero monstruo.
Jake cerró el puño y acortó la distancia.
Tres metros. Dos. Uno y medio. Uno. Medio metro.
Jake silbó.
Al instante, el agresor se dio la vuelta.
Antes de que el hombre pudiera reaccionar, Jake le asestó un puñetazo en el estómago, justo debajo de la caja torácica, donde más duele.
El hombre se dobló por la mitad y soltó el teléfono.
Mientras el del cóctel molotov se inclinaba hacia delante, Jake le propinó un golpe en los riñones y un rodillazo en el estómago.
El atacante soltó un aullido de dolor y cayó al suelo.
—Eso por Brendan, malnacido.
En cuanto el hombre estuvo en el suelo, gimiendo y apretándose el vientre, Jake echó a correr en dirección opuesta, hacia el final de una hilera de casas adosadas.
Se detuvo derrapando en un callejón, jadeando para recuperar el aliento.
Esbozó una sonrisa y se echó a reír. Se sentía vivo. Vigorizado.
¿Era así como se habían sentido Liam y Drew durante todos esos años? ¿Cruzando la delgada línea azul entre el bien y el mal y adentrándose en territorio sin límites?
Aunque sabía que estaba mal — muy mal—, volvería a hacerlo. Se había hecho justicia.
Pero ahora era el momento de impartir un tipo diferente de justicia en nombre de Brendan.
Menos de diez segundos después, dos coches patrulla pasaron a toda velocidad por delante de él. Jake asomó la cabeza por la entrada del callejón y vio cómo frenaban en seco. Dos agentes salieron rápidamente de los coches y corrieron hacia el hombre del suelo, que seguía sujetándose el estómago.
Jake se acercó deprisa.
—Justo a tiempo —les dijo a los agentes, mostrándoles su placa.
—¿Usted es el que ha dado el aviso? —preguntó uno de los agentes.
—Sí.
—¿Es este el sospechoso?
Jake asintió. —El mismo. Me lo he encontrado así. Creo que alguien le ha dado su merecido hace un momento.
—¿Por qué lo arrestamos? —preguntó el otro agente.
Estaba allí de pie con las manos en los bolsillos del pecho y un cable de plástico conectado a la oreja.
Jake no estaba seguro de si lo estaban grabando, pero la experiencia le había enseñado a ser precavido con quienquiera que tuviera alrededor, fuera quien fuese.
—Muchachos, este hombre agredió a uno de los nuestros. Lo mandó al hospital con quemaduras de tercer grado. Y posiblemente lo haya dejado sin trabajo también. Quizás deberíamos llevarlo a comisaría y ver cuánto le gusta jugar con fuego.