Capítulo 31
SIGUE CAMINANDO
M enos de una hora después, Jake estaba posicionado a más de cien metros de su objetivo, oculto en las sombras tras una furgoneta Ford Transit.
A lo lejos, una única farola iluminaba la carretera en el extremo norte de la urbanización.
La bombilla parpadeaba de forma intermitente como una estrella que centellea en la noche, tentando a los residentes con su sola existencia.
Era perfecta para realizar trapicheos de droga bajo su luz; no tanto si eras una mujer joven que volvía sola de su turno de trabajo.
Más adelante, al otro lado de la calle, merodeando en la esquina, había un grupo de jóvenes.
Uno en bicicleta, apoyado sobre el manillar, jugueteaba con el móvil.
Otra estaba de pie junto a un buzón de correos con las manos en el bolsillo delantero de su sudadera.
Y un tercer individuo sentado en el muro con la capucha echada sobre la cara y sus rasgos mayormente ocultos.
Pero lo que Jake pudo ver, lo reconoció de inmediato.
Era el grupo de la otra noche. Aquellos a los que había considerado brevemente perseguir después de que lanzaran el cóctel molotov al coche de Brendan.
¿Había sido una circunstancia fortuita, una intervención divina, el hecho de que estuvieran allí al mismo tiempo que él, o su subconsciente lo había llevado hasta ese lugar por una razón distinta?
En cualquier caso, en cuanto divisó al individuo responsable del ataque, todos los pensamientos sobre Erica Haversham y su paradero se evaporaron de su mente. Era hora de ajustar cuentas.
Incluso aunque estuviera solo y sin apoyo.
Jake bajó la ventanilla del coche un centímetro.
Por su experiencia previa en The Pit, había aprendido que durante la noche, los residentes de la urbanización estaban despiertos, activos y haciendo todo lo posible para que los demás también lo estuvieran.
Excepto ahora: las cinco de la mañana era la hora en que históricamente la fiesta terminaba y todos los residentes se desplomaban en su propia cama... o en la de otro.
Todos excepto el grupo que merodeaba bajo la farola, cuyos gritos ofensivos y desagradables que se lanzaban unos a otros resonaban entre los muros. Jake aguzó el oído para escuchar su conversación mientras los estudiaba con atención.
—Lo que estoy diciendo —dijo uno de ellos— es que no va a durar mucho aquí dentro.
Dale un par de días más antes de que la descubran.
Y cuando eso pase, me largo, tío. Dyl no va a ser capaz de retenerla aquí por mucho más tiempo.
La cagará pronto. Apuesto a que se habrá quedado sin el caballo que le vendí el otro día. Es un desperdicio de tío, tronco.
Jake quería quedarse a escuchar, pero su impaciencia lo convenció de lo contrario.
Cerró la ventanilla, salió del coche en silencio y puso el cierre.
Siempre que ponía un pie en The Pit, su cuerpo se veía invadido por el instinto primario de protegerse desde todos los ángulos.
Pero ahora, en plena noche, cuando la urbanización estaba en su momento de relativa calma, no sentía nada de eso.
En su lugar, se sentía tranquilo, relajado, invencible.
Caminó con paso despreocupado hacia el centro de la calzada y, manteniendo las manos en los bolsillos, se dirigió hacia el grupo. A medida que se acercaba, apretó los puños con fuerza.
Piel y huesos contra un posible cuchillo. Piel y huesos contra un posible trozo de plomo.
La distancia entre ellos se redujo gradualmente.
Diez metros. Ocho. Seis.
Entonces se detuvo en los márgenes del cono de luz de la farola. Mantuvo las manos en los bolsillos y los ojos clavados en el grupo.
No tardaron mucho en reaccionar. El chico de la bici fue el primero. Seguido por la única chica del grupo. Y luego el líder de la sudadera.
El que él quería.
Todos se giraron unos hacia otros, con voces amortiguadas y susurrantes. Uno de ellos gesticuló e inmediatamente el perro guardián de la bicicleta avanzó hacia Jake.
Se detuvo en el centro de la calle. Un duelo al sol entre un adulto y un adolescente.
—¿Te has perdido, colega? —gritó el del manillar.
Jake no respondió.
—¡Eh! He dicho que si te has perdido, colega.
Jake no respondió.
El chico desvió su atención hacia una botella de vidrio que había en el suelo.
Se inclinó, la cogió y la sostuvo en sus manos.
Jake estimó que estaban a unos cinco metros de distancia el uno del otro, y estaba seguro de que sus reflejos eran lo bastante rápidos como para apartarse de un salto si era necesario.
Sin previo aviso, el chico lanzó la botella al aire. Los restos de su contenido brillaron bajo la luz mientras describía su trayectoria.
Jake siguió su recorrido en todo momento; aterrizó a un metro y medio de él y se hizo añicos en cientos de pedazos junto a sus pies. Algunos fragmentos le golpearon los zapatos y las piernas, pero nada lo suficientemente grave como para causarle daño.
Siguió un breve momento de silencio mientras ambas partes esperaban a que el estrépito de la botella terminara de resonar por la urbanización.
—No creo que quieras estar aquí, tronco. Debes de estar perdido —dijo el del manillar, apoyándose de nuevo hacia delante en su bici.
—Tiene razón, tío —dijo el del cóctel molotov, saltando del muro—. La gente que se pierde por aquí a veces no vuelve. Te sugiero que sigas caminando.
Jake miró fijamente a los ojos del atacante del coche.
Su cara era exactamente como la recordaba, solo que aún más fea.
El pelo negro muy rizado que le colgaba de la frente en mechones densos.
Los ojos, igualmente oscuros y cavernosos, que parecían absorber todo lo que los miraba.
Los hombros anchos. El hueco entre los dientes.
—¿Me has oído, tronco? Sigue caminando.
Jake abrió la boca para hablar, pero decidió no hacerlo.
La realidad se impuso y se dio cuenta de dónde estaba y de lo que estaba haciendo.
Y de a qué se enfrentaba. Tres contra uno.
Con la posibilidad de que estuvieran armados.
Si iba a hacer esto, lo haría de la manera correcta, de la manera inteligente.
Sin decir nada, Jake dio la espalda al grupo y se dirigió hacia su coche, manteniendo los sentidos alerta, anticipando un ataque sorpresa mientras estaba de espaldas.
—Puto viejo verde —gritó el del cóctel molotov mientras él se alejaba.
Jake regresó a su coche, se deslizó en el asiento del conductor y arrancó el motor. Con los faros apagados, dio la vuelta en la calle y se alejó en dirección opuesta.