Capítulo 30
VALIENTE
L a oscuridad asfixiaba la luz de la habitación, suspendiendo a Jake en un vacío profundo y cavernoso.
Estaba tumbado de espaldas, con la vista clavada en el techo, las manos entrelazadas sobre el pecho y los ojos fijos en la nada; ni siquiera la farola del exterior tenía fuerza suficiente para filtrarse a través de las cortinas.
Elizabeth las compró cuando se mudaron, en un intento de ayudar a Jake a conciliar un sueño profundo cuando volvía a casa tras un servicio.
Pero la realidad era que la propia naturaleza de su trabajo exigía que su mente estuviera siempre alerta, receptiva al más mínimo ruido o movimiento, consciente de todo lo que sucedía a su alrededor.
De resultas, tenía un sueño muy ligero. Excepto, como ya se había demostrado, cuando había estado bebiendo.
Con una taza de café hirviendo en la mano, se dirigió caminando hacia el coche, entró y arrancó el motor.
Tras bañar la sosegada calle residencial con el suave resplandor de sus faros, salió y emprendió el largo viaje hacia Stratford, al otro lado de la ciudad, con un destino ligeramente diferente en mente.
Erica Haversham seguía desaparecida. Lo había estado durante casi setenta y dos horas y, aun así, ni él ni el equipo tenían idea de dónde podría estar.
En esta fase de la investigación, Jake normalmente ya estaría en ello: trabajando duro, echando innumerables horas, siguiendo líneas de investigación y haciendo todo lo posible para encontrar a su secuestrador.
Pero lo cierto era que no había pensado en su desaparición desde que Darryl la confirmó.
En su lugar, había estado demasiado centrado en cubrir su rastro y lidiar con sus problemas personales.
¿En qué lo convertía eso? ¿En un detective mediocre y hastiado que había empezado a desenamorarse de su trabajo?
¿En alguien que se había consumido hasta ser solo un hombre que se presentaba y hacía lo mínimo?
Este no era el Jake que él conocía. Este no era el «Tenacious Tanner» que todos los demás conocían.
Algo tenía que cambiar, algo tenía que ceder.
Y mientras había estado allí tumbado, escrutando la oscuridad —una representación visual de su propia mente a veces—, había dado con una solución.
La respuesta había estado delante de sus narices todo este tiempo.
Si su teoría era correcta, y Henry Matheson había ordenado en efecto el golpe contra Rupert Haversham y su familia, la probabilidad de que la E11 mantuviera a Erica bajo vigilancia en la urbanización Cosgrove era increíblemente alta.
Ella era su seguro de vida. ¿Pero para qué?
Para empeorar las cosas, sus investigaciones habían identificado a un novio, Dylan Ayers, y se habían hecho varios intentos de contactar con el joven de veintitrés años, pero ninguno había tenido éxito.
Si Erica estaba en la urbanización Cosgrove, se hallaba encerrada en algún lugar de la miríada de pisos y habitaciones de los dos bloques de torres.
Una mota de algas flotando en el océano. El mejor escondite del mundo.
Porque sabían que ningún agente de policía era lo bastante valiente como para entrar solo en la urbanización.
Bueno, estaba claro que no conocían a Jake Tanner.