Capítulo 28
IMPULSO
E n la humilde opinión de Jake, Pete «McVitie’s» Garrison había sido un gilipollas durante la mayor parte de su carrera.
De hecho, Jake estaba seguro de que el hombre había sido un gilipollas toda su vida.
Pero era el gilipollas del MIT, y Jake lo echaba mucho de menos.
No sabía la cifra exacta, pero se acercaban los quinientos días desde que Garrison había quedado encerrado en la prisión de su mente, atrapado en una cornucopia de inconsciencia provocada por un acto de traición temerario.
A Jake le había costado mucho tiempo procesarlo, pero ahora se alegraba de que el hombre que lo había puesto allí —su antiguo colega y amigo, Drew Richmond— estuviera muerto.
El «accidente» de Garrison había sido una etapa oscura en la vida de Jake.
Pero aquellos días habían quedado atrás.
Todos los implicados en aquella saga estaban muertos o en prisión.
Drew estaba muerto. Danny Cipriano estaba muerto.
Michael Cipriano estaba muerto. Georgiy Ivanov, alias «El Granjero», un asesino a sueldo profesional y muy condecorado, estaba en la cárcel.
Nigel Clayton había muerto de una hemorragia cerebral.
Martin Radcliffe se había suicidado mientras estaba en prisión.
Y, por último, Liam también estaba en la cárcel.
La lista era tan larga que Jake no estaba seguro de si se había olvidado de alguien o no.
Jake no sabía por qué, pero mientras permanecía al otro lado del cristal, observando a su amigo en la habitación del hospital, se sentía extrañamente a gusto con el futuro y lo que este pudiera deparar.
Como si Garrison fuera el símbolo de calma y reflexión que Jake había echado en falta en su vida desde que el hombre se ausentara de ella.
Quizá hubiera algo paternal entre los dos de lo que Jake no se había dado cuenta antes.
Quizá fuera simplemente porque veía rasgos de su padre en Garrison.
La puerta de la habitación del hospital se abrió y frente a él apareció la enfermera que acababa de atender a Garrison.
Era media tarde y, al otro lado de la ventana que daba al horizonte desde la habitación de Garrison, se divisaba la silueta de Londres: el Shard, Canary Wharf, el Gherkin, el ajetreo y el bullicio de la vida moderna.
Nada de eso importaba allí dentro, en el hospital.
Jake quería dedicar toda su atención a su amigo durante la próxima hora o dos, o hasta que el equipo de enfermería le indicara que debía marcharse.
—Ya puede entrar a verle —le dijo la enfermera, poniéndole una mano reconfortante en el brazo.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Jake con un nudo en la garganta. Se balanceó de un lado a otro sobre las puntas de los pies.
La enfermera giró la cabeza y miró a Garrison, que estaba sentado en la cama, concentrado en una manzana—.
No... no es el mismo de antes. Está... Cuando se despertó, no recordaba dónde estaba ni cómo llegó aquí.
Hay indicios de pérdida de memoria, pero parece mostrar signos de familiaridad con ciertas cosas.
En cuanto vio las galletas junto a su cama, las devoró.
—Entonces estas le van a encantar —dijo Jake alzando el paquete de Digestives que había comprado en la tienda del vestíbulo del hospital—. ¿Recuerda los nombres de alguien? ¿Familiares, amigos, colegas?
La enfermera negó con la cabeza—. Aún no hemos llegado a eso. El médico le ha programado unos escáneres cerebrales para esta tarde. Sabremos más sobre su estado cuando lleguen los resultados.
Jake sonrió con torpeza, agradeció a la enfermera su ayuda y se acercó a la puerta.
Solo unos pocos centímetros lo separaban de Garrison, pero le parecieron kilómetros.
El pomo de la puerta se sentía como si pesara una tonelada y requiriera todo el peso de su cuerpo para girarlo, y las galletas que llevaba en las manos le cansaban los brazos.
Entonces Jake pensó en lo que iba a hacer en cuanto cruzara el umbral.
¿Qué iba a decir? ¿Cuánto iba a preguntar?
¿Cuánto podía preguntar? ¿Cuánto recordaba Garrison?
Solo había una forma de averiguarlo.
Apretando los dientes, Jake bajó el pomo y entró. Garrison seguía incorporado, pero ahora masticaba lentamente su manzana, con la mirada fija en las sábanas.
—Hola, Pete —dijo Jake mientras avanzaba por la habitación hacia la silla más cercana—. Me alegra volver a verte.
—¿Es usted médico?
Jake esbozó una media sonrisa, aunque esas cuatro palabritas le calaron de forma inesperada—. Lo siento, amigo. No soy médico. Pero soy un viejo amigo. Jake Tanner.
—¿Le conozco?
Otras dos palabras. Otro golpe bajo.
Jake no sabía cuánto más iba a poder aguantar aquello.
—Trabajábamos juntos, Pete, ¿te acuerdas? En el Equipo de Investigación de Delitos Graves. En Bow Green. Soy el joven detective que siempre bebía cerveza barata cuando íbamos al pub. —Jake retiró la silla más alejada de Garrison y se sentó.
Al no recibir respuesta de su antiguo colega, Jake continuó: —Te he traído un paquete de galletas. Digestives. Tus favoritas.
En cuanto Jake las levantó, los ojos de Garrison brillaron y se inclinó hacia delante para arrebatárselas.
—Intenta no comértelas todas de golpe —dijo Jake, fingiendo una risita—. Aunque has estado dormido mucho tiempo... quizá te vengan bien las calorías. Y estoy seguro de que es mejor que la comida del hospital. Nadie debería verse obligado a comer algo tan malo.
Jake siguió hablando, pero era inútil. El interés de Garrison se había desvanecido y ahora estaba totalmente concentrado en las galletas que tenía en la boca.
—Las enfermeras de aquí son buenas, ¿verdad? —preguntó Jake, intentando llenar el vacío con charla trivial—. ¿Te cuidan bien, se aseguran de que no te falte nada? Siempre fuiste un poco divo en la oficina.
Sin respuesta.
—¿Te acuerdas de la oficina, Pete? No ha cambiado mucho desde que te fuiste. Aunque hay muchas caras nuevas. Liam ya no está. Ni tampoco Drew. ¿Te acuerdas de ellos dos, Pete?
Al mencionar ambos nombres, Garrison dejó caer las galletas sobre su regazo y se quedó mirando a Jake con expresión ausente.
—Eran nuestros colegas. ¿Los recuerdas?
Mirada en blanco.
—¿Y lo que te pasó? ¿Recuerdas el accidente?
De nuevo, nada.
Esta vez, Jake intentó ir un paso más allá, esperando una reacción o cualquier señal de que Garrison entendía de qué estaba hablando.
—¿Qué me dices de... de la Cábala, Pete? ¿Te suena ese nombre? La Cábala.
Sin previo aviso, Garrison soltó un alarido, un grito agudo que rasgó el aire. —¡Enfermera! ¡Enfermera! —gritó, y acto seguido lanzó el paquete de galletas contra Jake. Una de las galletas salió despedida del paquete y se rompió contra el suelo.
—¡Enfermera! —volvió a gritar Garrison, esta vez con más fuerza—. ¡Enfermera! ¡Enfermera! ¡Enfermera!
Entonces se abalanzó sobre el lateral de la cama, agarró el panel de emergencia y pulsó repetidamente el botón de llamada.
—¡Enfermera! ¡Enfermera! ¡Enfermera! —Garrison siguió gritando hasta que la voz se le volvió ronca.
Arrancó la sábana blanca de su cama y se la arrojó a Jake. Después empezó a quitarse los cables, goteros y tubos que estaban conectados a su cuerpo.
Jake observó la escena horrorizado, paralizado en su silla. No sabía qué hacer. Qué podía hacer. Él había sido el detonante del episodio. Él era la razón por la que Garrison actuaba así. Él era quien había forzado la situación demasiado pronto.
Un segundo después, un grupo de dos enfermeras irrumpió en la habitación y corrió al lado de Garrison. La mujer con la que Jake había hablado unos minutos antes le puso las manos en los hombros a Garrison en un intento de estabilizarlo y calmarlo. Pero aquello no hizo sino empeorar las cosas.
—¡Enfermera! ¡Enfermera! ¡Enfermera! —seguía chillando él—. ¡Sáquenlo de aquí! Por favor. ¡Enfermera! ¡Enfermera! ¡Fuera con él!
La parálisis se aferraba a Jake como una cría de mono al cuello de su madre, manteniéndolo allí clavado, retenido contra su voluntad.
Quería irse, quería salir pitando de la habitación, pero no podía.
Algo se lo impedía. Miedo. Culpa. Vergüenza.
No estaba seguro, pero no quería causar a Garrison más sufrimiento y disgusto del que ya le había provocado.
La segunda enfermera se plantó frente a él.
—Perdone, señor —dijo, poniéndole ya una mano encima—. Voy a tener que pedirle que se marche.
Jake no necesitó que se lo dijeran dos veces; la mujer le había dado el impulso que necesitaba para desperezar las piernas y salir de allí a toda prisa.
En cuanto la puerta se cerró tras él, se desplomó contra el suelo, se llevó las rodillas al pecho y apoyó la cabeza en los brazos.
¿Qué había hecho?