Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 27
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Capítulo 27

HERRAMIENTAS

H acía falta mucho para que Henry Matheson se enfadara.

Su puesto en la cima de su imperio le exigía mantener la sensatez y la calma tanto como fuera posible.

Pero aquello era cuando tenía a un ejército de jóvenes y veteranos dispuestos a cazarle la comida.

Las decisiones que tomaba no tenían un impacto inmediato sobre él; cualquier repercusión solía tardar un tiempo en remontar la corriente.

Las mismas reglas se habían aplicado durante su estancia en Belmarsh. Pero aquí... aquí era distinto.

El impacto de sus acciones era rápido e inmediato.

Y ya había tenido su primer bocado.

Esa misma tarde, después de que el alcaide lo interrogara, había vuelto a su celda y se la había encontrado patas arriba. Todo revuelto, sus pertenencias robadas. Incluido el dinero que Longstaff le había dado.

—¿Quién cojones ha hecho esto? —le había preguntado a su compañero de celda, un veinteañero bobalicón que cumplía una condena de tres años por dejar a alguien en coma mientras conducía borracho.

—Ni idea. No he visto nada.

Faltaría más. La vista selectiva, junto con el oído selectivo, era algo común en prisión. Casi tan común como la droga que lo estaban obligando a vender.

Tras decidir que su compañero de celda era menos que inútil, Henry había irrumpido en la celda de James Longstaff, donde se había encontrado al hombre sentado en su cama terminando un crucigrama. Solo. Con la radio sonando de fondo.

—¿Has visto lo que le han hecho a mi celda? —había preguntado Henry.

—¿Acaso debería? —Longstaff había mantenido la atención fija en el crucigrama.

—Me la han puesto patas arriba, joder. Me lo han robado todo. No me queda nada.

—¿Quién?

—¿Quién cojones va a ser?

—Probablemente sea porque no has pagado tu cuota.

—¿Perdona? Pensé que éramos socios. Tú me das protección. Ya he hecho lo que me pediste.

Longstaff había hecho esperar a Henry mientras completaba una sección del crucigrama.

Finalmente, respondió: —Creo que me has entendido mal, Henry. Tu protección duraba un día y nada más que un día. Si quieres pasar el resto de tus días aquí en paz, vas a tener que ganártela.

—¿Trabajando para ti todos los días?

—Exacto.

—Vaya puta sociedad de mierda —había dicho él, antes de darse cuenta de que, si no quería que le quemaran los pies hasta dejarlos crujientes, no tenía elección. Con reticencia, preguntó: —¿Qué necesitas que haga?

La respuesta estaba actualmente en la mano de Henry. La bolsa de plástico de Spice estaba resbaladiza por su sudor. Hacía mucho tiempo que no manipulaba drogas. Acostumbrado a que otro lo hiciera por él, no sabía cómo actuar, cómo comportarse.

Tranquilo era la respuesta. Relajado. Calmado. Y no como si estuviera a punto de disparar al presidente o a cometer un acto terrorista.

Estaba en su celda, esperando a que el comprador entrara y volviera a salir.

Rápido, sencillo. Sin líos, sin estrés. Salvo que Henry no se sentía relajado en absoluto.

Si lo pillaban, corría el riesgo de que aumentaran su condena y posiblemente de pasar un tiempo en aislamiento.

Si lo pillaban, perdería la protección de mañana.

Y la del día siguiente. Y la del siguiente.

Si lo pillaban, los guardias le pondrían una diana en la espalda, con los dedos en el gatillo apuntando al centro en cada momento del día.

James Longstaff le había mentido y lo había traicionado. Aquel hombre lo había manipulado y tranquilizado para que pensara que estaba a salvo cuando lo cierto era todo lo contrario.

¿Así es como se sentía Dylan? ¿Así se habían sentido todos sus otros subordinados y trabajadores cuando él no había cumplido una promesa?

Duro, sí. Pero la diferencia entre él y sus subordinados era que él tenía mucha más experiencia y estaba decidido a hacer algo al respecto. Si estaba en un agujero, poseía las herramientas para salir de él. No todo el mundo las tenía.

Tras una agónica y paranoica espera de veinte minutos, el comprador apareció por fin. Henry no lo reconoció, ni quería hacerlo; solo quería terminar con el asunto. Visto y no visto.

El hombre entró en la celda, con la mano extendida y el dinero listo. Mientras Henry iba a estrechársela, intercambiaron los artículos y entonces el recluso se marchó.

Entrar y salir en cuestión de segundos.

Lo cual, a pesar del miedo que rodeaba la situación, le dio a Henry una idea.