Capítulo 26
ENFERMERA WARREN
J ake salió del coche y se adentró en la luz del sol de primera hora de la tarde.
Él y Darryl se encontraban en uno de los pulmones de Londres, junto a Hollow Pond, una gran balsa de agua que albergaba varias especies de patos y gansos.
A lo lejos se divisaba la silueta turbia del centro de Londres, brumosa y cubierta por una nube baja.
El Shard perforaba el horizonte como una astilla que sobresaliera del resto de la ciudad.
En los límites del parque, estacionado pulcramente en una hilera de coches, estaba el Mercedes abandonado de Rupert Haversham.
El vehículo lo había avistado un corredor que había tropezado con el bordillo y se había ido de bruces contra la parte trasera del coche, sufriendo un esguince de tobillo en el proceso.
Por suerte para el corredor, el hospital Whipps Cross estaba a la vuelta de la esquina y había podido llegar cojeando a ponerse a salvo.
No fue hasta que vio las noticias más tarde cuando reconoció la matrícula y llamó para informar.
Entre los dos, y con la ayuda de dos agentes uniformados, Jake y Darryl habían establecido un perímetro alrededor del coche.
La zona era una escena del crimen, y cuanto más amplio fuese el perímetro, mejor.
Darryl se puso un par de guantes azules de forense.
Jake regresó deprisa al Volvo de Darryl y buscó un par para él.
En cuestión de segundos, los poros de sus palmas se abrieron y empezaron a sudar.
Casi podía notar ya el sabor del olor de los guantes. Hizo una mueca.
—Empieza tú por detrás y yo por delante —instruyó Darryl, y luego centró su atención en la guantera.
Jake siempre se mostraba precavido al abrir el maletero de un coche abandonado.
En el pasado se había encontrado con una serie de cosas extrañas y horribles en su interior.
Drogas, dinero, un niño que había sido víctima de una broma pesada.
Y, más recientemente, un cadáver: la vida de un joven de una edad similar a la suya, robada al mundo demasiado pronto.
Esperaba que la historia no se repitiera. Que no encontrara los restos en descomposición de Erica Haversham en aquel espacio confinado.
Con los músculos tensos y una mano cerrada en un puño, colocó la otra bajo el cierre del maletero y tiró.
En cuanto se abrió el maletero, Jake retrocedió varios pasos y soltó un suspiro de alivio agridulce y pesado.
El maletero estaba vacío, lo que significaba que no había cadáver.
Pero también significaba que Erica seguía ahí fuera, potencialmente viva en algún lugar.
Trató de no pensar en qué clase de estado podría encontrarse.
Apaleada. Magullada. Torturada. Violada.
Quemada viva. Atiborrada de drogas. Enterrada en una tumba de hormigón.
Jake conocía demasiado bien los métodos de Henry Matheson y el Sindicato para matar a la gente.
Jake volvió a prestar atención al maletero.
Todo lo que había dentro era un maletín y una serie de carpetas y papeles esparcidos sobre la moqueta del suelo.
Jake cogió el maletín, lo colocó en el centro y lo abrió.
Dentro había una serie de documentos legales y correos impresos entre Rupert y varios de sus clientes.
Mientras los revisaba por encima, un fragmento le llamó la atención:
Estimada señorita Cipriano:
Le ruego me disculpe por la demora en responderle, pero me está llevando algo más de tiempo localizar los expedientes que solicitó. Por lo que sé, no hay nada que sugiera que —
El correo electrónico continuaba en la página siguiente. Pero la secuencia estaba desordenada, ya que los documentos se habían soltado durante algún trayecto. Y al pasar la hoja, Jake notó algo.
Su dirección de correo electrónico.
La más profesional, no la inmadura que se había creado cuando era adolescente. Pero ¿qué hacía aquello allí?
Y entonces recordó: Rupert Haversham era un hombre meticuloso que hacía copias por triplicado de los documentos, correos y demás información de sus casos; excepto, al parecer, cuando se trataba del Sindicato y de mantener esos secretos ocultos a la policía.
La parte lógica de su cerebro le decía que Rupert simplemente estaba siendo precavido, mientras que la parte cautelosa le decía que Rupert guardaba las notas del caso para un futuro chantaje.
En cualquier caso, para Jake se habrían acabado las oportunidades si alguien lo encontraba.
Jake miró a Darryl por el lado del coche.
El hombre estaba ocupado con los compartimentos de la puerta del coche.
Jake volvió a meter la cabeza en el maletero, agarró los papeles donde aparecía su nombre y los hojeó rápidamente.
Eran las impresiones de las cadenas de correos entre él y Rupert sobre el caso de acoso sexual de Elizabeth; el que nadie salvo Rupert, él mismo y Elizabeth conocían.
Y ahora nadie más lo sabría jamás: frente a él estaban las tres copias que Rupert había sacado. A buen recaudo en su poder. Un mito.
Justo cuando Darryl cerraba la puerta del conductor, Jake dobló las cartas en tres y se las metió en el bolsillo de la americana. Ojos que no ven, corazón que no siente.
Solo que sí que lo sentía. Y mucho. De hecho, mientras se cerraba la americana, pensó en su reunión con Rupert.
El pequeño cuarto de su casa que llamaba despacho.
Los dos monitores de ordenador. Las grabaciones de CCTV en el de la derecha, en un bucle continuo.
La impresora debajo. Las carpetas de anillas en el suelo...
¿Habría algo más con el nombre de Jake que pudiera incriminarlo?
Solo habían discutido unas pocas cosas por correo antes de que Rupert lo invitara a su casa...
Y entonces recordó. Lo habían invitado para firmar un contrato y discutir los honorarios. Su nombre, así como el de Elizabeth, estarían en esos documentos. Pero ¿dónde estarían?
En la casa.
En las carpetas de anillas.
Y, por supuesto, habría una copia digital guardada en el disco duro de Rupert.
No le cabía duda de ello. Jake incluso lo había visto escanearlo y subirlo.
Pero un momento. Algo no encajaba.
Jake retrocedió mentalmente hasta su reunión. Había entrado en el despacho, se había sentado junto a Rupert y luego había firmado la copia física del acuerdo. ¿Y luego qué? ¿Qué pasó después? Él... él... él...
¡Sí! Eso era. Rupert había escaneado el documento en su impresora y estaba a punto de subirlo a su disco duro e imprimir otra copia cuando Helena los interrumpió, diciendo que necesitaba hablar con su marido.
Luego, cuando él regresó, le pidió a Jake que se marchara, ya que había algo más de lo que debía ocuparse. Tendrían que volver a quedar.
«A lo mejor se olvidó», pensó Jake, mientras el miedo empezaba a recorrerle el cuerpo.
Lo único que lo conectaba con Rupert Haversham, lo que también demostraba que había mentido y obstruido a la justicia, estaba en medio de la impresora del despacho de Rupert Haversham. Jake solo esperaba que siguiera allí.
Pero entonces se presentó el problema más inmediato: cómo conseguirlo.
—Tierra llamando a Jake —dijo una voz. Sonaba lejana, pero al darse cuenta de quién hablaba, regresó de golpe al planeta—. ¿Qué has visto?
—Trabajo de Rupert. Cosas de algunos clientes de hace unos años. Reconozco algunos nombres; nos habrían venido bien cuando los estábamos encerrando.
La expresión de Darryl decayó. —No si están bajo secreto profesional.
Jake puso los ojos en blanco. —Si fueras tan bueno entendiendo el sarcasmo como lo eres recordándome los procesos y procedimientos cada cinco segundos, quizá nos llevaríamos un poco mejor. ¿No crees?
Darryl abrió la boca. Parecía que quería decir algo, pero luego se lo pensó mejor.
—Te avisaré si encuentro algo más —dijo Jake, esperando que Darryl captara la indirecta y se alejara.
Durante la hora siguiente, Jake y Darryl escudriñaron e inspeccionaron todo el coche, tomando notas y señalando ciertas zonas en las que querían que se centrara la policía científica.
El resultado fue decepcionante. No había nada allí que les dijera lo que querían saber; al menos, nada visible a simple vista.
No había sangre. Ni pelo. Ni huellas dactilares que pudieran ver.
Todo lo que podían hacer era esperar hasta que llegara el equipo forense, y luego esperar a esos resultados.
«¡Contemplad el proceso minucioso y laborioso, señoras y señores! Y ahora, para nuestro próximo truco, tardaremos seis días en completar un trabajo que, con suficiente personal, recursos y financiación, podría hacerse en seis horas».
—Bien —empezó Darryl—, ¿volvemos a la oficina?
—Sí, claro —dijo Jake con desgana.
Entonces sonó su móvil. Sintió las vibraciones contra su pierna.
Jake respondió a la llamada sin mirar la pantalla.
—¿Diga? —comenzó.
—Hola. ¿Podría hablar con Jake Tanner, por favor?
—Soy yo.
—Ah, esto... hola. Le llama la enfermera Warren, de Whipps Cross. Una de mis colegas le vio ayer por la noche. Yo solo... solo llamaba para informarle de que Peter Garrison ha salido del coma y está listo para que venga a visitarlo cuando mejor le venga.