Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 24
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Capítulo 24

ALGO TERRIBLE

N ancy Cartwright, directora de la prisión de Wandsworth, era una mujer de unos sesenta y pocos años que parecía haber pasado más tiempo del debido en una cabina de rayos UVA.

Eso, o acababa de regresar de unas largas vacaciones al sol.

En algún lugar menos inhóspito y gris que la lúgubre Londres.

Vestía de forma impecable con un traje gris oscuro y llevaba el pelo corto.

Tras el fino velo del maquillaje, se le empezaban a notar las arrugas, y Henry se preguntó a qué velocidad habrían avanzado desde que comenzó a trabajar en el servicio penitenciario.

En su anterior cárcel, había conocido muy bien al director: se había reunido con él en varias ocasiones para discutir su comportamiento y sus sobornos.

Pero en cuanto a Nancy Cartwright, solo se había cruzado con ella en contadas ocasiones.

Aquella era la primera reunión que tenían relacionada con un incidente. Una ocasión trascendental.

La cual requería una actuación trascendental si pretendía impresionar.

El incidente en cuestión era la agresión a Boris Romanov.

Poco después de que lo encontraran gritando en su celda, los carceleros habían empezado a reunir a los presos uno por uno para interrogarlos.

Alguien en algún lugar tenía que saber algo, pero por ahora nadie había soltado prenda.

En parte porque Henry había sido discreto y poco llamativo, y el número de testigos se podía contar con los dedos de una mano.

Y en parte porque James Longstaff había ejercido su influencia sobre esos pocos testigos.

Los rumanos y los albaneses estaban seguros de que había sido Henry, pero sin pruebas o relatos sólidos de testigos presenciales, estaba libre de toda culpa.

Como en los viejos tiempos.

—Me gustaría empezar esta reunión haciéndole una pregunta muy sencilla, Henry —dijo Nancy.

Su voz era suave y, dado que no escuchaba voces femeninas con frecuencia últimamente, le resultó extrañamente seductora; se la imaginó vestida de dominatriz en una habitación roja—.

¿Sabe algo de lo que le ocurrió a Boris Romanov en su celda?

—No.

No podía quitarse la imagen de encima. Cuero rojo. Licra.

—Los guardias informaron de que lo vieron con una botella de lejía en las manos momentos antes del incidente.

Un látigo. Unas cadenas.

—No fui yo, señora. No tiene nada que ver conmigo.

—También informaron de que podían oler la lejía en sus manos y en su ropa. ¿Tiene algo que decir al respecto?

¡Zas!

—Quizá alguien acababa de limpiar el lugar. Ese producto es bastante fuerte, sabe.

Nancy hizo una pausa y bajó la vista hacia las notas sobre su escritorio. Una tos leve brotó del funcionario de prisiones que montaba guardia junto a la puerta, detrás de él. Henry había olvidado que el hombre estaba presente, pero ahora que lo recordaba, pensó que quizá podría unirse.

Una dominatriz, un funcionario de prisiones y un preso, todo revuelto en una masa de piel y miembros. Una fantasía perversa para un hombre perverso.

—¿Conoce a Boris Romanov? —continuó Nancy.

—No personalmente. Intento ir a lo mío.

—Su historial sugiere lo contrario. De hecho, si hemos de fiarnos de su expediente, esto es justo lo suyo.

Henry intentó parecer ofendido.

—Soy un hombre nuevo, señora. Solo quiero cumplir mi condena con la mayor tranquilidad posible.

—¿Así que forjar una alianza con James Longstaff es su forma de conseguirlo?

Henry vaciló. Ella hablaba de cosas que no tenía derecho a saber. ¿Cómo se había enterado tan pronto? ¿Se había ido Longstaff de la lengua o alguien los había escuchado y los había delatado?

Decidió poner fin a aquella fantasía antes de que ella empezara a hacer preguntas cuyas respuestas pudiera revelar por error.

—¿Tienen alguna prueba de que fuera yo? —preguntó.

—¿Es eso una confesión?

—Al revés. Quiero salir de aquí y volver a mi celda.

—¿Para llevar una vida tranquila?

—Eso es. Una vida tranquila.

Donde pudiera imaginarse teniendo sexo con gente de su propia edad.

—¿Tienen análisis forenses? —preguntó Henry.

Sin respuesta.

—¿Y tampoco tienen testigos presenciales?

Sin respuesta.

—¿Y no tienen ninguna prueba que sugiera que fui yo, más allá de sus teorías fanáticas?

Sin respuesta.

Henry chasqueó la lengua, negando con la cabeza.

—Bueno, joder. Espero que encuentren al tipo que hizo esto, de verdad. Pero si hemos terminado, me gustaría volver a mi celda.

Nancy miró al funcionario de prisiones, le hizo un gesto con la mirada e inmediatamente ignoró a Henry, volviendo a centrar su atención en las notas que tenía delante. Antes de darse cuenta, Henry fue levantado de la silla y escoltado fuera de la sala.

Cuando llegaron a la puerta, se detuvo y gritó:

—Se me olvidó preguntar: ¿cómo está Boris? ¿Fueron graves sus heridas?

Nancy le dedicó un momento de atención.

—Sufrió quemaduras de tercer grado en los pies. Tiene suerte de que no tengan que amputárselos.

—Algo terrible —dijo Henry mientras lo sacaban de allí—. Realmente terrible.