Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 22
28%

Capítulo 22

SANTA STEPHANIE

E lizabeth introdujo la llave de casa con una inquietud monumental.

Era la primera vez que volvía a su hogar en tres meses.

Tres meses desde que había recogido todo lo necesario para ella y los niños.

Y no sabía qué se iba a encontrar. ¿En qué estado habría dejado Jake la casa?

Una parte de ella —pequeña, a decir verdad— esperaba que la hubiera limpiado y ordenado, manteniéndola en perfectas condiciones.

Pero entonces se dio cuenta de lo bien que conocía a su marido; de que, si no fuera por ella, nada estaría recogido, y la taza que se dejó olvidada por accidente en la encimera de la cocina seguiría allí tres meses después.

Giró la llave, abrió la puerta y se dispuso a entrar. Sin embargo, la puerta se detuvo a la mitad, bloqueada por algo que había detrás. Asomó la cabeza y ahogó un grito, dejando caer al suelo la pequeña bolsa de provisiones que le había comprado.

—Oh, Jake —susurró mientras apartaba de un puntapié las pilas de periódicos, folletos publicitarios y cartas, abriéndose paso por su propia casa.

Una vez dentro, recorrió el pasillo a toda prisa y entró en la cocina.

Los vaticinios sobre su marido habían resultado ser totalmente acertados.

La casa era un desastre. Una catástrofe.

Peor aún, Jake era un desastre. ¿Cómo había podido permitir que llegara a este extremo?

La suciedad, los restos de comida seca y las manchas de bebida inundaban las superficies.

Los platos y cubiertos rebosaban en el fregadero.

El cubo de la basura estaba lleno, con latas de cerveza y envases de platos precocinados apilados unos sobre otros en un montón justo al lado.

Su casa, antes inmaculada —aquella que se pasaba las mañanas y las tardes limpiando con esmero—, no era más que un vertedero.

Y el hombre al que amaba era el responsable.

No sabía ni por dónde empezar.

Pero entonces algo le llamó la atención: el ordenador portátil sobre la mesa, a su izquierda.

La tapa estaba entreabierta y, apoyada sobre el teclado, había una carta.

Como si estuviera destinada a ser ocultada.

Elizabeth no necesitaba leer la carta para saber de qué se trataba probablemente.

En los últimos años, desde que nació Maisie, los habían acosado con avisos de multas, impagos, facturas cada vez más altas y cargos en todas sus cuentas.

No eran pobres, pero ni mucho menos eran ricos.

En los meses que habían estado separados, Jake la había llamado para hablar sobre algunas de las facturas que iban llegando y trazar una estrategia para pagarlas.

O bien no había cumplido su palabra, o bien se trataba de facturas nuevas de las que no le había hablado.

Le parecía irónico que, a pesar de su separación temporal, todavía hubiera una cosa que los mantenía en contacto.

No eran las niñas. No era el amor que se profesaban.

No, eran los trocitos de papel en su bolso y los números en su cuenta bancaria.

Detestaba que parte del fracaso de su relación se debiera a aquello que ambos juraron que les importaba poco cuando empezaron a salir.

Habían sido estudiantes —no tener dinero era algo natural para ellos— y se las habían arreglado para salir adelante entonces, así que ¿qué había cambiado ahora?

Sí, tenían a las niñas, pero todo iba bien antes...

Elizabeth levantó la pantalla del portátil y los píxeles se iluminaron, mostrando la página de inicio de sesión. Cogió la carta y leyó el encabezado. Era del banco, notificando a Jake que estaba en números rojos y que el crédito se estaba agotando rápidamente.

—Jake... —susurró—. ¿Qué estás haciendo?

Antes de que su mente pudiera darle más vueltas al asunto, sacó la silla de debajo de la mesa y se sentó. Introdujo la contraseña del portátil de Jake, dejó la carta sobre la mesa y esperó.

Unos segundos después apareció una foto de la familia.

Sonrientes, felices, disfrutando de tiempos mejores frente a las montañas nevadas de las Tierras Altas de Escocia, con el raro avistamiento de una aurora boreal sobre sus cabezas, ondeando y balanceándose en sus efímeros tonos verdes y turquesas.

Una leve sonrisa asomó a sus labios. Solo habían pasado cinco meses, pero parecía un año.

Había sido una época más sencilla y feliz.

Deslizó el cursor hasta la parte inferior de la pantalla y abrió Google Chrome.

Las pestañas se habían quedado abiertas y, en cuanto se inició la aplicación, Elizabeth abrió los ojos de par en par. Ante ella estaba la página de apuestas en la que ya lo había pillado anteriormente. El sitio que había causado semejante trastorno en su matrimonio la primera vez.

—Serás gilipollas —dijo mientras movía el cursor y lo situaba sobre el perfil de Jake.

Apareció el saldo bancario y le mostró que no quedaban fondos en la cuenta.

Luego se dirigió a la pestaña del historial de apuestas en la esquina superior derecha de la pantalla.

La página se actualizó y mostró una lista de todas las apuestas que Jake había realizado en las últimas tres semanas.

Se le heló la sangre al ver las cifras. En cuestión de pocos días, había dilapidado más de mil libras en caballos, partidos de fútbol, mesas de ruleta e incluso críquet.

Y, sin embargo, no había recuperado nada de su dinero.

La furia creció en su interior.

En la encimera de la cocina, el teléfono fijo empezó a sonar. Le dio un susto, pero tras darse cuenta de lo que era, lo ignoró. Si era importante, volverían a llamar o dejarían un mensaje.

Centrando de nuevo su atención en el portátil, Elizabeth sacó su móvil y empezó a hacer fotos de la cuenta. Jake tenía que admitir que tenía un problema. Y necesitaba la ayuda de un profesional.

Porque está claro que no me va a hacer puñetero caso a nada de lo que yo le diga.

Una mezcla de emociones rugió por su cuerpo, demasiadas a la vez para poder canalizarlas y centrarse en ellas.

Pero entonces la decisión se tomó por ella.

La ira.

El teléfono dejó de sonar y el sistema automático le indicó a quien llamaba que dejara un mensaje después del tono.

Se oyó el pitido. Comenzó el mensaje.

—Hola, Jake.

Elizabeth reconoció la voz al instante.

La ira se convirtió en furia, y luego en resentimiento.

—Soy yo, Steph. Mira, supongo que estarás en el trabajo o todavía en el hospital, pero quería mandarte recuerdos. Me he enterado de lo que pasó con Brendan y quería asegurarme de que estás bien.

Una pausa larga. Elizabeth levantó la cabeza y miró fijamente el contestador, lanzándole puñales con la mirada.

—Mira —continuó Stephanie finalmente—, te echo de menos. Sé que no debería decirte esto después de lo que pasó. Pero odio cómo están las cosas entre nosotros. Aquella noche fue un error, los dos lo sabemos. Y no creo que debamos dejar que eso...

Se levantó de un salto de la silla y se abalanzó sobre el teléfono, arrancándolo de la base y desatando un torrente de fuego y furia sobre la Stephanie que estaba al otro lado.

—Tienes mucha cara llamando aquí, zorra. ¿Qué te da derecho a llamar a mi casa? Ya destruiste a esta familia una vez y no voy a dejar que vuelvas a hacerlo, fulana. La próxima vez que llames, te buscaré y te encontraré. Quédate fuera de nuestras putas vidas.

Santa Stephanie.

Stephanie, pedazo de mierda.

Elizabeth apretó el teléfono entre las manos. Lo estrujó hasta que sintió que el plástico crujía y cedía. Luego lo estrelló contra la base. Una vez. Y otra. Y otra más. Hasta que los fragmentos de plástico saltaron por la encimera.

En un último acto de agresión, lanzó el teléfono por el pasillo, haciéndolo añicos en una docena de pedazos. Luego golpeó la encimera de la cocina con la palma de la mano y gritó hasta que le dolieron los pulmones y la garganta.