Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 17
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Capítulo 17

ACUSADO

E l sol de la madrugada se asomaba por el horizonte mientras el taxi entraba en el aparcamiento de Bow Green.

El conductor frenó hasta detenerse en la plaza más alejada de la entrada y dio por finalizado el trayecto.

Trece libras. Jake buscó en su bolsillo, sacó el fajo de billetes que había ganado el día anterior y le entregó un billete de veinte al hombre.

Luego esperó el cambio con impaciencia, dando golpecitos con los pies en el suelo del coche.

Estaba nervioso. No porque le preocupara que el taxista se quedara con el cambio, o que las consecuencias de haberse dado de alta él mismo del hospital le pasaran factura, sino porque Darryl había sonado preocupado por teléfono.

Había algo que no podía esperar, lo que significaba que o bien se había producido una novedad en el caso o algo iba mal.

Fuera como fuese, Jake tenía que estar allí; hasta el detalle más insignificante podía acercarlos más al asesino, más a El Cónclave.

Mientras recogía el cambio del conductor y salía del vehículo, sus pensamientos se enredaron en una compleja y vertiginosa tela de araña de paranoia debilitante.

Cuando entró en el vestíbulo, Darryl ya lo estaba esperando, con un rastro de solemnidad pintado en el rostro.

—Buenos días, jefe —dijo Jake, intentando dotar a su voz de una pizca de alegría.

Darryl levantó la cabeza, lo miró como si fuera transparente y después se dirigió hacia las escaleras sin decir palabra. Perplejo, Jake lo siguió a unos pasos de distancia hasta que llegaron a su segundo hogar en el tercer piso.

—Jefe... —llamó Jake a Darryl—. ¿Va todo bien?

Darryl se detuvo en seco frente a una de las salas de reuniones y señaló hacia el interior. —Siéntate, por favor, Jake.

Jake vaciló en el marco de la puerta, alternando varias veces la mirada entre Darryl y la sala, y luego inclinó la cabeza al entrar. Se encargó él mismo de buscar una silla.

Unos segundos después, Darryl cerró la puerta con suavidad y se sentó enfrente, entrelazando las manos, con la espalda totalmente erguida.

—¿Por qué tengo la impresión de que esta no va a ser una charla agradable para preguntarme cómo nos encontramos Brendan y yo?

Al lado de Darryl había unas cuantas hojas de papel. Las cogió, les dio la vuelta y las enrolló dándoles forma de tubo.

—¿Cómo está Brendan? —preguntó después de un rato, con voz carente de emoción.

—Está mal.

—¿Qué le ha pasado?

—Quemaduras de tercer grado en la cara y los brazos. Han tenido que hacerle un injerto de piel. Lo han operado durante la noche.

—Cielo santo. —Darryl vaciló y evitó el contacto visual con Jake—. Suena horrendo.

Jake no estaba seguro de qué se suponía que debía responder a eso. Tampoco estaba del todo seguro de por qué la reacción de Darryl era tan plácida e insulsa.

—¿Por qué estoy aquí dentro, jefe?

Darryl desenrolló el tubo de papeles y deslizó una hoja hacia él. Jake la cogió y empezó a leer. Se le quedó la piel helada mientras sus ojos recorrían las palabras. Las leyó de nuevo y luego las releyó por tercera vez.

Al dejar la hoja sobre la mesa, dijo: —¿Cuál es el problema? Pensaba que nuestras huellas se daban por descontadas en la ecuación.

—Así es.

—¿Entones por qué no van a juzgar a ninguno de vosotros?

—Porque nuestras huellas no estaban por toda la escena del crimen, Jake.

En ese momento, Jake se transportó de vuelta a Old Manor House, un hogar de acogida para adolescentes y niños que habían sufrido traumas en sus vidas; la muerte de un familiar, lo más común.

Había estado pasando la tarde con Lewis Coyne, un antiguo miembro de la banda de Henry Matheson, cuando recibió un mensaje de texto de un número desconocido que explicaba quién era El Cónclave.

A quien buscas es a D.

Jake había pensado que eso se refería a Dick Candy. Ahora no estaba tan seguro.

—¿Me van a juzgar a mí?

—¿De qué otra forma puedes explicarlo? Una cobertura de huellas del noventa y cinco por ciento, Jake. Es casi como si las hubieras dejado así de obvias a propósito.

—¿Te estás oyendo? —espetó Jake, poniéndose a la defensiva. No sabía cómo habían llegado allí las huellas, pero no pensaba tolerar aquel interrogatorio ni por asomo.

—Primero, no cogiste mi llamada. Segundo, llegaste tarde. Tercero, te olía el aliento a alcohol. Debo admitir que han empezado a sonar algunas alarmas, Jake. Dime dónde estuviste entre las ocho y las once de la noche el miércoles.

Jake suspiró, puso los ojos en blanco y farfulló entre dientes con incredulidad. No podía creer lo que estaba pasando. Era inconcebible. Increíble. La historia se repetía por tercera vez.

—¿Me van a acusar formalmente?

—¿Quieres ir por ese camino?

—Creo que tienes que tomar una decisión.

Darryl bajó la vista hacia la mesa, sumido en sus pensamientos. Luchando entre su vínculo personal con Jake y su relación profesional con el trabajo. Se acarició el labio con el pulgar y el índice.

La tensión enfurecía a Jake. No había dormido en más de cuarenta y ocho horas y no había probado una comida decente en más de doce. Además, sus nervios se estaban acortando y quemando a pasos agigantados con cada segundo que pasaba.

Finalmente, Darryl se aclaró la garganta y levantó la cabeza para mirar a Jake.

—Jake Tanner, quedas detenido por los asesinatos de Helena Haversham, Rupert Haversham y Felicity Haversham.

No tienes obligación de decir nada, pero puede perjudicar tu defensa si no mencionas al ser interrogado algo que después alegues ante el tribunal.

Todo lo que digas podrá ser utilizado como prueba.