Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 16
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Capítulo 16

ORGASMO PERPETUO

E l cuerpo de Dylan palpitaba y se balanceaba.

Tenía las manos en el aire, entumecidas, con la sensación de que ya no formaban parte de su cuerpo.

La cerveza que sostenía se sentía aún más ligera, casi ingrávida, y por un breve segundo no estuvo seguro de si seguía ahí.

Se llevó un susto en cuanto abrió los ojos para comprobarlo: en su estado alucinógeno, sus brazos se habían convertido en tentáculos de pulpo y sus dedos en ventosas que se agitaban y volaban por el aire.

A estas alturas, su amplia experiencia con los narcóticos lo había preparado para lo inesperado, así que cerró los ojos y se deleitó con los efectos de los productos químicos que recorrían su organismo.

Si lo arrestaran en este preciso instante y le preguntaran qué había tomado, no sabría responder.

La lista era demasiado larga. Las drogas eran tan buenas que todas se fundían en una sola dosis gigante de euforia.

MDMA. Cocaína. Ketamina. Setas. LSD. Y la guinda final de su pastel de drogas: la marihuana.

Dulce, dulce, dulce Mary J. El porro colgaba de sus labios y lo sentía como una extensión de su lengua, como las puntas de la lengua bífida de una serpiente.

Dylan continuó bailando y balanceándose por la habitación llena de humo, intentando seguir el ritmo en la medida de lo posible.

Escuchaba una emisora de radio pirata que lanzaba canciones ilegales y sin derechos de autor en plena noche.

Garage. House. Drum ’n’ bass. Hip hop. Rap. Todo tipo de música que adoraba.

La señal venía de algún lugar de la urbanización y, de vez en cuando, mientras estaba bajo los intensos efectos de las sustancias, emprendía una aventura para encontrar la fuente mítica del sonido.

La urbanización de Cosgrove Estate tenía su propio Bilbo Bolsón.

¿Qué haría cuando la encontrara? ¿Abrazar a todos y cada uno de los locutores y suplicarles que pusieran su canción?

Estaba seguro de que su audiencia debía de ser de millones, si no de decenas de millones.

Podía ser su gran oportunidad. Todo lo que necesitaba era que alguien diera un paso de fe en la dirección correcta y pusiera su música. El mayor logro de su vida.

Con la ayuda del dinero del seguro de vida de Rupert Haversham, tendría el impulso inicial, el estímulo para su carrera que tan desesperadamente necesitaba.

Henry Matheson había prometido que él se encargaría del dinero y de todas las gestiones para ambos.

Y después, poco después, vendería copias por millones, ganaría discos de platino, colaboraría con algunos de los mejores del sector y agotaría las entradas como cabeza de cartel en festivales.

El sueño por fin se estaba haciendo realidad en su mente.

Se le saltó una lágrima al pensarlo. Dejó de bailar, bajó las manos y abrió los ojos.

De alguna manera, había terminado al otro lado de la habitación, junto a la ventana que daba a Cosgrove Estate.

Su reflejo lo miraba fijamente, sobresaltándolo.

Durante el tiempo que había estado bailando, se había olvidado por completo de que llevaba puesto su sombrero de la suerte, el sombrero que su padre le dio antes de ir a por recados para no volver jamás.

La sociedad decía que debería haber odiado a su padre y, por extensión, al sombrero.

Pero eso no era posible. No cuando su padre había sido quien lo introdujo en la música.

Desde la primera vez que su padre puso los ritmos contundentes y las rimas de NWA, hasta el momento en que llegó a casa con una batería para que Dylan la aporreara y la pusiera a prueba hasta el límite, Dylan supo que la música era la carrera que quería.

Puede que no lo llevara en la sangre ni en el ADN, pero lo llevaba en el corazón.

Echó un vistazo a la urbanización bajo sus pies. Reconoció a Reece Enfield montando en su bicicleta, dando vueltas alrededor de la farola y la canasta de baloncesto en el centro del recinto. También pudo ver docenas de botellas de plástico vacías esparcidas por el hormigón.

El piso estaba en un estado similar, aunque aquellas botellas eran ligeramente diferentes. Se apartó de la ventana y bajó la mirada a las botellas del suelo. Al legado y al imperio de la droga de Henry Matheson.

Muchos años atrás, para combatir la mayor presencia policial en la urbanización, Henry había introducido un nuevo medio de vender droga.

Botellas de refresco divididas en tres secciones.

Superior. Intermedia. Inferior. La parte superior e inferior contenían el refresco, y la sección intermedia —oculta tras la etiqueta de plástico— contenía cualquier droga que se hubiera pedido.

Era una solución ingeniosa, y una que muchos tenían en gran estima, Dylan incluido.

En las últimas veinticuatro horas, Dylan y Erica se habían inyectado un cóctel de diferentes drogas en sus organismos. Todas excepto una.

—Dylan —susurró Erica. Le costaba hablar mientras yacía en el sofá con el brazo colgando por un lado y una lata de cerveza vacía a pocos centímetros de sus dedos.

—¿Estás bien? —le preguntó él, posándose en el otro extremo del sofá.

—No me encuentro bien.

—No pasa nada —respondió él—. Solo tienes que dejarte llevar. Déjate imbuir por ello. Aguanta el tirón. Relájate y deja que te domine.

—Pero...

Antes de que Dylan pudiera reaccionar, se oyó un golpe casi inaudible en la puerta. Sus ojos se abrieron de par en par y giró la cabeza bruscamente hacia el origen del ruido, su cuerpo se puso rígido y su aliento le resonaba en el oído. Hizo una pausa. Esperó. Escuchó.

Llamaron de nuevo, esta vez con más fuerza.

Sin apartar los ojos de la puerta, se levantó de la silla, agarró el cuchillo de cocina de la pequeña mesa de costura que había junto a la puerta y se lo pegó a la espalda.

Con la otra mano, abrió la puerta con cuidado.

Se abrió unos centímetros, limitada por la cadena de seguridad.

Dylan asomó por el pequeño hueco y cruzó la mirada con quien llamaba.

Era uno de los chavales de la urbanización, un chico de la mitad de su edad y la mitad de su tamaño.

El chico echó la cabeza hacia atrás y chascó la lengua con desprecio. —¿Quieres apagar esa mierda, tío? Nadie quiere oír eso a estas horas de la noche. ¿Quién es, siquiera?

—Soy yo.

—No te lo tomes a mal, colega, pero es una basura. Espero que no vayas a poner más.

Dylan miró al chico con el ceño fruncido. —¿Qué quieres?

Como respuesta, el chico sacó el brazo de detrás de la espalda para mostrar una botella de Fanta de naranja en su mano.

—Cortesía de Henry Matheson —respondió el chico—. Te manda recuerdos. Ah, y también ha dicho que te quedes en tu puta casa y apagues esta mierda.

—¿Ha dicho eso? —preguntó Dylan mientras cogía la botella.

—Casi todo, sí. Lo último me lo he inventado yo. Pero en serio, apaga esta mierda. Mi madre está intentando dormir. Mañana tiene un examen y, si la mantienes despierta más tiempo, la próxima vez que vuelva no voy a traer una botella de plástico.

El chico hizo el gesto de una pistola con los dedos, emitió un sonido de disparo con la boca y se marchó.

—Gilipollas —masculló Dylan por lo bajo mientras cerraba la puerta.

Luego cruzó la habitación y se desplomó en el sofá, olvidándose de apartar las piernas de Erica.

Desenroscó la mitad superior de la botella y le tendió la Fanta; ella abrió la bebida con la mirada nublada y se la echó por la garganta.

Después, él desenroscó la sección intermedia y la sostuvo en el aire con gran expectación. Con cuidado, retiró la etiqueta.

Dentro había dos bolsitas de heroína que brillaban a la luz.

Una amplia sonrisa asomó al rostro de Dylan.

Sin decir nada, saltó del sofá y corrió hacia el fregadero de la cocina.

Junto a la pila había una caja de copos de maíz a medio terminar.

Al lado, un pequeño plato ornamentado decorado con flores azules.

Sobre él había un encendedor, una cuchara carbonizada y ennegrecida, un cordón de zapato y una jeringuilla.

Con el plato en la mano, regresó apresuradamente junto a Erica.

—¿Qué estás haciendo?

—Tengo algo que te va a volar la cabeza, nena. Confía en mí.

—¿Qué?

—Heroína.

—Dylan, no quiero... —Ella cerró los ojos y volvió a abrirlos gradualmente—. Esa es la chunga, ¿verdad?

—Solo cuando nunca la has probado. —Estaba sudando profusamente ahora, su entusiasmo resurgía como un fénix—. Una vez que pruebes esto, no querrás probar nada más en tu vida. Es como puto oro en polvo.

Dylan se levantó de un salto del suelo, apagó la música y volvió a acuclillarse junto a la cabeza de Erica.

Su mente se estaba despejando y empezaba a funcionar en piloto automático.

Solo había tenido el placer de experimentar con la heroína en unas pocas ocasiones —en parte porque era difícil de conseguir hoy en día, gracias a los albaneses y rumanos que controlaban ese lado del mercado, y en parte porque había intentado permitírselo solo como un capricho—, pero cuando se trataba de preparar la droga para el consumo, era un profesional.

Dylan vertió el contenido pulverulento y amarillento en la cuchara, encendió el mechero y mantuvo la llama bajo la cuchara.

En cuestión de segundos, la heroína burbujeó y chisporroteó hasta convertirse en un líquido marrón oscuro.

Introduciendo la jeringuilla en el líquido, Dylan extendió el émbolo, aspirando la heroína.

Luego agarró el brazo de Erica, ató el cordón alrededor de su bíceps y apretó.

Mientras golpeaba la vena para que resaltara y limpiaba la aguja de polvo con el pulgar y el índice, la clavó en la vena de Erica y presionó.

Al principio, ella forcejeó e intentó defenderse, pero fue inútil. Estaba demasiado débil y aturdida para hacer nada al respecto.

—Relájate —dijo él—. Deja que te inunde. Cabálgala hasta que se te acaben las fuerzas.

Lentamente, retiró la aguja de su brazo y repitió el proceso para sí mismo. Para cuando hubo absorbido lo poco que quedaba en la cuchara, los ojos de Erica ya se estaban poniendo en blanco. Una sonrisa apareció en su rostro y gimió suavemente mientras caía en la catarsis.

Dylan volvió a limpiar la jeringuilla con el dedo antes de clavársela en el brazo.

Los productos químicos tardaron menos de un segundo en apoderarse de él.

Jadeó, tensó cada músculo de su cuerpo y se relajó contra el lateral del sofá.

El sentimiento de pura euforia, distinto a cualquier cosa que el resto de las drogas en su organismo pudiera ofrecer, consumió todo su ser.

Sintió un hormigueo en la piel mientras el vello de sus brazos se erizaba, y se estremeció, como si estuviera experimentando un orgasmo perpetuo.

—Guau... —dijo, y se giró hacia Erica.

Una ocasión especial requería un momento especial entre ellos.

Pero había un problema.

Un manto blanco cubría sus ojos y tenía la boca abierta, con saliva y flema goteando por su barbilla. Su respiración era leve y el pulso en su cuello era inexistente.

—Erica —susurró Dylan, dándole golpecitos en la cara—. Erica.

Pero no sirvió de nada. Para cuando se giró por completo hacia ella, las drogas en su propio cuerpo se apoderaron de él y lo arrastraron al abismo. El mundo se volvió negro antes de que su cabeza golpeara la alfombra.