Capítulo 15
RETORNO AL PRINCIPIO
En aquella ocasión le habían hecho un reconocimiento general, y se lo estaban haciendo otra vez ahora.
Jake estaba sentado sobre un duro colchón de plástico que chirriaba cada vez que respiraba.
Frente a él había una enfermera que se afanaba en atenderlo.
En la mano sostenía varios sobres de líquido y vendas.
En el dedo llevaba un pulsioxímetro enganchado que se comunicaba con la máquina situada a su izquierda.
—Sinceramente, no hace falta que haga nada de esto.
Estoy bien —dijo él, sintiéndose bastante estoico.
No tenía ni idea de qué hora era; el tiempo se había vuelto una ilusión desde que esperaba a solas en Urgencias, pero la adrenalina que recorría su cuerpo le impedía quedarse dormido.
No necesitaba café, ni bebidas energéticas, ni dosis extremas de azúcar: solo el subidón de alto octanaje de un cóctel molotov atravesando la ventanilla del coche.
—Si tuviera algún dolor o peligro grave, ya lo habría sentido a estas alturas.
—A nadie le gustan los héroes —le soltó la enfermera mientras abría el sobre, dejaba el contenido sobre la cama, le levantaba el brazo con delicadeza y empezaba a aplicar el producto sobre las quemaduras del dorso de la mano y el antebrazo.
La piel le hormigueó y una serie de puntos de dolor focalizado le pincharon el brazo, subiendo y bajando a medida que la enfermera administraba la medicina.
Jake hizo una mueca y flexionó los tendones para aliviar el dolor.
La enfermera se detuvo y lo miró.
—No es tan valiente ahora, ¿verdad?
Jake odió la sonrisa de superioridad con la que lo dijo, y supuso que ese era su porqué , la razón por la que seguía haciendo aquel trabajo que tan poca gente quería: para poder bajarle los humos a los idiotas y a los fanfarrones.
O en el caso particular de Jake, para hundirlo en la miseria.
La enfermera terminó con un brazo y centró su atención en el otro.
Durante el ataque, en medio del frenesí de las llamas, Jake había intentado recoger la cámara de Elizabeth, perdida en la zona de los pies.
En el proceso se había chamuscado varios pelos y se había abrasado las yemas de los dedos.
El dolor seguía palpitando y creciendo con los latidos de su corazón.
Bajando la vista hacia sus extremidades, examinó los daños causados por el fuego.
Lo que no podía ver era el alcance de los daños en su rostro.
El pelo. La frente. Los ojos. La nariz. Las mejillas.
La sensación de hormigueo que le recorría el lado derecho de la cara no era una buena señal.
—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Jake, señalándose la mejilla.
—No está tan mal. Solo es de primer grado.
Puede que se le hinche un poco, pero nada de qué preocuparse.
Ha tenido suerte. Podría haber sido mucho peor.
—La enfermera abrió otro sobre y le dio unos toques en la frente, para luego seguir bajando por la cara.
Mientras lo hacía, sus miradas se cruzaron varias veces. Un momento íntimo.
—¿Cuándo podré ver a mi colega? —preguntó él.
—Todavía tardará. Sus quemaduras eran graves. De tercer grado en varios puntos. Ha dicho que literalmente estaba ardiendo, ¿verdad?
—No creo haber usado el término «literalmente», pero sí, estaba envuelto en llamas.
Ella le lanzó una mirada despectiva (esta vez fue él quien le bajó los humos a ella) y continuó:
—Lo más probable es que esté sedado un par de horas, y fuera de combate mucho más tiempo. Dependiendo de la gravedad de las quemaduras, puede que tengan que hacerle un injerto de piel.
Una imagen cruzó la mente de Jake, transportándolo a la parte trasera de la ambulancia.
Brendan tumbado, gritando. Intentando rodar fuera de la camilla y arañarse la cara.
Intentando arrancarse el dolor, mientras el paramédico intentaba ayudarlo, sujetarlo a la cama, calmarlo, tranquilizarlo.
Y Jake no podía hacer más que observar desde la barrera y oler el aroma denso y rancio de la carne chamuscada.
Tenía un sabor que, una vez en la garganta, se quedaba allí.
Incluso dos horas después, permanecía.
La enfermera chasqueó los dedos frente a su cara, devolviéndolo al presente.
—Ya está —dijo ella, recogiendo los desperdicios—. Yo esperaría unas horas hasta que esté listo para irse. Pero si tiene tantas ganas, hablaré con un médico y veré qué podemos hacer.
—¿Eso es todo? ¿Ya hemos terminado?
—Dése por satisfecho.
Jake lo hacía. Solo podía empezar a imaginar el inmenso dolor y sufrimiento que Brendan estaba experimentando.
Pensar en el ataque lo enfurecía. Reprodujo los acontecimientos en su mente.
El chico de la bicicleta. El señuelo. La bola naranja de llamas.
El cristal rompiéndose. El cóctel molotov arrojado al coche.
El rápido avance y la propagación de las llamas mientras lamían, reptaban y danzaban.
El calor sofocante y abrasador. La adrenalina al enfrentarse cara a cara con su atacante; el rostro que ahora había grabado en su memoria.
Mientras permanecía allí sentado, a solas en la sala del hospital, reflexionó.
Estar allí lo inquietaba. No eran los lugares más agradables ni en un buen día, pero sus experiencias recientes habían sido algo más que traumáticas.
Era, por supuesto, el último lugar donde Jake había visto con vida a Alan Clarke, su suegro, antes de que el hombre pasara por el quirófano para una operación de riñón.
De hecho, la habitación en la que se encontraba ahora mismo le recordaba a la de Alan.
La operación había ido bien. Habían intervenido, trasplantado el riñón y vuelto a cerrar.
Pero solo unas horas después, su cuerpo desarrolló una infección grave y empezó a rechazar el órgano.
Luego vinieron las convulsiones, la fiebre, los vómitos, seguidos de una breve estancia en coma, antes de que lamentablemente falleciera.
Mientras tanto, Jake no había aparecido por ninguna parte.
En su lugar, se había centrado en el trabajo mientras su suegro estaba en...
Coma.
Una idea cruzó su mente.
Desconectando el dedo del pulsioxímetro, Jake saltó de la cama, se detuvo en la puerta, echó un vistazo de un lado a otro del pasillo y regresó a toda prisa por donde había venido. Se dirigió al mostrador de recepción más cercano y esperó su turno.
Cuando le tocó, se acercó al mostrador y apoyó las manos en el borde de la superficie.
—Me preguntaba dónde podría encontrar a un amigo mío. Peter Garrison —preguntó Jake. Una fina capa de sudor le cubrió la espalda.
—Me temo que ya no es horario de visitas, señor.
—Con el mayor de los respetos —empezó Jake—, está en coma. No es que nos vayamos a poner a cantar y bailar y a despertar a toda la planta. Soy colega suyo. Quería ver cómo está.
Antes de que la mujer pudiera protestar más, Jake mostró su placa. La enfermera suspiró y tecleó el nombre en el ordenador.
—Unidad de cuidados intensivos —dijo ella—. Primera planta. Pabellón E. Habitación trece.
Finalmente, tras recorrer los innumerables pasillos y perderse un par de veces, Jake encontró el lugar adecuado y atravesó las puertas dobles del Pabellón E en la primera planta.
Mientras recorría un largo pasillo, giraba la cabeza a izquierda y derecha, comprobando los números de las habitaciones en cuenta atrás.
Se detuvo ante la número trece. A su izquierda estaba la puerta.
A la derecha, ocupando el resto de la estancia, había un ventanal.
Jake se acercó al cristal. Allí, al otro lado, conectado a numerosas máquinas y con cables y tubos sujetos a sus muñecas, estaba Pete Garrison, el hombre al que Jake más había admirado durante sus primeros años en el MIT.
El hombre a quien le habían arrebatado la vida meses antes de su jubilación.
Jake lo examinó. Su pelo canoso. La piel que colgaba de sus mejillas. El ascenso y descenso constante de su pecho. El esqueleto flaco y enjuto que era todo lo que quedaba de él. Un nudo se le formó a Jake en la garganta.
Vio cómo una enfermera ajustaba la sábana alrededor del cuerpo de Garrison, arropándolo para pasar la noche.
Cuando terminó, recogió una hoja de papel y salió de la habitación. No fue hasta que cerró la puerta cuando se fijó en Jake. Al verlo, soltó un pequeño gemido y se llevó la mano al pecho.
—Oh —dijo ella, apartándose de la puerta—. Lo siento. ¿Le toca a usted esta noche?
—¿Perdón?
—¿Viene de visita esta noche?
—No, me han dicho que... —Hizo una pausa y volvió a sacar su placa.
Cuando los ojos de la enfermera se posaron en la identificación, se agrandaron y sus mejillas se encendieron. —O-oh, lo siento —comenzó a tartamudear—. ¿Hay... hay algún problema? ¿Pasa algo malo?
—Me han dicho que el horario de visitas había terminado. ¿Por qué ha pensado que venía de visita?
—Es que, bueno... normalmente hay... esto...
—Tómese su tiempo —dijo Jake, intentando calmar sus nervios con una sonrisa—. No está en ningún lío ni nada parecido.
La enfermera rió con nerviosismo y respiró hondo, recobrando la compostura.
—Perdone. Ha sido un día largo. Estoy a punto de terminar mi turno y pensaba que era otra persona.
Pete no recibe visitas durante el día, pero siempre hay una persona que viene a estas horas de la noche, justo antes de que yo me vaya a casa.
Dejo que entre y pase un rato con él fuera de horario.
Sé que no debería, pero dice que es el único momento en que puede venir.
«¿Ella?», pensó Jake. Su mirada entró en la habitación y se posó en un paquete de galletas Digestives a medio abrir en la mesilla de noche. Las favoritas de Pete. Incluso en el hospital, tenía un paquete a su lado.
—Siempre las trae. A veces las deja para el resto del equipo, a veces se queda ahí sentada comiéndoselas todas ella sola.
—¿Quién es?
—Ni idea. Nunca me ha dado por preguntar. Desde que su mujer dejó de venir, no tiene a nadie que lo visite.
En las semanas posteriores al accidente de Garrison, mientras los médicos y expertos realizaban sus pruebas para determinar las causas del coma y el alcance de sus lesiones, su esposa Patricia había dejado de visitarlo.
Quizá no pudo soportar el estrés. Quizá no aguantaba ver a su marido encadenado a una cama.
O quizá tenía tanto miedo a la incertidumbre de cuidarlo una vez que despertara finalmente que se había rendido antes incluso de empezar.
Su relación no había sido muy buena; Jake había oído muchas historias de terror en sus tardes en el pub.
Pero ¿cómo podía dejarlo así, solo? Había tomado el camino del cobarde y, por ello, no merecía a Garrison.
—¿Trabajaba con él? —preguntó la enfermera para romper el silencio.
Jake asintió. —Solo un par de meses antes de su accidente. ¿Cómo está? ¿Alguna señal de que vaya a despertar pronto?
—No hay forma de saberlo. Solo queda esperar. Pero parece un buen hombre. Saldrá de esta.
—Sí —dijo Jake—, eso espero.
Le resultaba curioso cómo, en cuestiones de vida o muerte, siempre se guardaba respeto a las cosas buenas que alguien había hecho en vida, y cómo nadie se centraba nunca en lo malo.
Supuso que todo tenía que ver con buscar la luz en medio de la oscuridad.
Que, de algún modo, todo el mundo era redimible.
Pero ¿y si habían sido personas terribles?
¿Y si nunca habían hecho nada por nadie más y solo habían pensado en sí mismos?
¿Y qué diría la gente de Jake en su propio funeral?
Que había sido un marido de mierda. Un padre terrible.
Un mal policía. Porque a veces, por mucho que intentara convencer a los demás y a sí mismo de lo contrario, siempre sentía que era esas cosas.
Los demonios y los pensamientos perniciosos de su mente lo convencían de ello mientras señalaban sus faltas y defectos.
Claro, Garrison había sido un mal hombre; había formado parte de una célula corrupta dentro de la policía, pero hubo cincuenta y cuatro años de su vida anteriores a eso en los que había sido un ser bueno, amable y gentil.
Y supuso Jake que en eso era en lo que debía centrarse en su propia vida.
Los tiempos previos a la dureza, antes de que las cosas empezaran a desmoronarse, para poder remodelar su comportamiento y su forma de vida según la versión anterior de sí mismo.
Para poder volver al principio.
Nadie merecía estar en el lugar de Garrison, sin importar lo que hubiera hecho, porque no siempre habían sido malos. La luz brillaba en la oscuridad. Y Jake sentía que la suya propia estaba asomando.
—Sí —dijo Jake, murmurando para sí mientras seguía mirando a Garrison—. Sí, saldrá de esta.