Capítulo 14
AQUEL DÍA
L a brillante luz del frigorífico cegó a Elizabeth y tiñó el resto de la cocina de un blanco lunar, suavemente matizado con un toque amarillento. Alargó la mano hacia el interior y sacó el cartón de leche a medio terminar, desenroscó la tapa y vació el contenido en un biberón para Ellie.
Empezaba a parecer otra noche inquieta —la tercera en un lapso de cinco días— y, mientras arrastraba los pies somnolienta por el suelo hacia el microondas, se preguntó cuánto de aquello se debía a la ausencia de Jake en sus vidas.
Sus acciones de aquella noche eran imperdonables.
Pero ¿era él realmente el culpable? Desde la primera vez que Jake había mencionado con desgana el nombre de Stephanie en una conversación, ella había sabido que Stephanie la Santa, Stephanie la Heroína, era tan de fiar como un político.
Era una mujer, y Jake era un hombre atractivo.
Pero claro… también estaba la forma en que él hablaba de ella.
De la misma manera que había hablado de Elizabeth a sus amigos y familiares cuando empezaron a salir.
Esas entonaciones emocionadas en su voz.
La adoración que sentía por ella, evidente en las cosas que decía, esa sonrisa radiante en su rostro.
¿Sentía él algo por ella de verdad, o se trataba de una amistad platónica de la que una de las partes se había aprovechado? ¿Le estaba dando demasiadas vueltas a todo?
El microondas hizo clinc! y la sacó de sus pensamientos. No se había dado cuenta, pero había metido el biberón de leche en el microondas y lo había puesto treinta segundos. Otra vez funcionando con el piloto automático.
Y continuó de la misma forma: mirando por la ventana hacia el jardín mientras cerraba el microondas y enroscaba la tetina al biberón.
Normalmente, su mente estaría vacía, en blanco, pero la grave falta de sueño — ¿o es ansiedad?
— le estaba pasando factura y despertando a los demonios de la paranoia en el primer plano de su mente.
Justo cuando estaba a punto de salir de la cocina, oyó un ruido fuera, en el jardín.
En una noche cualquiera lo habría ignorado; el jardín daba a un campo de golf y su parcela en particular solía ser frecuentada por miembros de despedidas de soltero perdidos y trasnochadores.
Pero algo en aquel ruido inquietó a Elizabeth.
Era amortiguado, tenue, casi deliberado.
Apretando el biberón en la mano, Elizabeth se acercó sigilosamente a la ventana. Cuando su vientre entró en contacto con la superficie fría de la encimera, se le puso la piel de gallina.
Contuvo el aliento mientras escudriñaba a través de su propio reflejo en el cristal. Y entonces volvió a oír el sonido.
Amortiguado, tenue, deliberado.
Una tos sofocada.
Apoyando la mano en la superficie para sostenerse, se inclinó hacia delante hasta que su rostro quedó a unos centímetros del cristal.
Su mano buscó el pequeño cuchillo de fruta que había lavado y secado antes de irse a la cama.
Los años que pasó con Jake en el cuerpo de policía le habían enseñado a prepararse para lo peor.
Ninguna medida era exagerada si se trataba de la seguridad de sus seres queridos y su familia.
Sus hijos eran su prioridad absoluta, y ella era la leona agresiva en primera línea de batalla, haciendo todo lo posible por protegerlos, incluso si no había nada de qué preocuparse.
En cuanto tengas oportunidad, llama a la policía.
Entonces se oyó otro sonido. Esta vez más distintivo. El sonido de una madera al romperse… el sonido de un panel de la valla cediendo al otro lado del jardín. El sonido de alguien irrumpiendo en la propiedad.
Elizabeth, con su piloto automático cambiando a una configuración defensiva que no sabía que poseía, decidió investigar.
Sujetando la hoja en una mano y el biberón en la otra, se desplazó lateralmente hacia la puerta trasera y la abrió con el codo.
El frío de medianoche se le pegó al rostro, las manos y las piernas al salir al patio y acercarse al césped que se extendía hasta el fondo del jardín.
A lo lejos, el campo de golf estaba brillantemente iluminado y de él emanaba música.
Por un momento pensó que se equivocaba, que el alboroto había sido efectivamente de alguno de los fiesteros que frecuentaban las noches sociales del club.
Pero entonces, al pisar el césped, se dio cuenta de que no podía estar más equivocada.
Detrás de ella, las luces de seguridad se encendieron y bañaron el jardín en un tono amarillo intenso que se fundía con el verde y creaba un matiz lima.
Frente a ella, a seis metros de distancia, parcialmente oculta tras el árbol del centro del jardín, había una figura oscura, con las facciones escondidas bajo una sudadera con capucha oscura.
Elizabeth no necesitaba ver sus rasgos para saber de quién se trataba; ya lo sabía.
Levantó el biberón en el aire, manteniendo el cuchillo junto a la pierna, oculto. —Fuera de mi jardín —dijo, con voz trémula. El pecho le subía y bajaba y le temblaban los brazos—. Tienes veinte segundos.
Elizabeth empezó a contar.
—Veinte. Diecinueve. Dieciocho.
El intruso no hizo ademán de moverse.
Ella dio un paso al frente, con la esperanza de que eso disuadiera al hombre.
Se equivocaba.
Él salió de detrás del árbol y se adentró en la luz; sus rasgos quedaron iluminados bajo la sombra de la capucha.
—¿Qué haces aquí, Glen? —le preguntó, alzando un poco la voz. Lo suficiente para que él la oyera, pero no tanto como para despertar a su madre o a cualquier otro. Todavía no.
—Es que… he estado pensando en ti. —Glen dio otro paso adelante, acercándose gradualmente hacia ella de la forma en que la muerte se nos aproxima a todos—. Quería verte.
Elizabeth retrocedió despacio sobre el césped, arrastrando los pies hacia atrás.
—Te dije que no te acercaras a mí —dijo ella—. Y te dije lo que pasaría si lo hacías.
Glen sacudió la cabeza. Al adentrarse más en la luz, Elizabeth notó que llevaba algo colgado del hombro. Era su cámara, la misma que había usado para fotografiarla en el rodaje.
—No me harás daño, Elizabeth. Te conozco; no quieres hacer eso. Por favor.
Otro paso.
A Elizabeth se le cerró la garganta y le costó hablar. Algo se le quedó trabado en la boca.
—He perdido mi trabajo. No puedo pagar las facturas, ni el alquiler. No tengo nada. Pero… te tengo a ti .
Apenas tres metros los separaban ahora. Elizabeth era incapaz de apartar los ojos de la cámara.
Pensó en las imágenes que debía de haberle tomado mientras estaba en camisón.
Pensó en cuánto tiempo llevaba allí y qué otro tipo de fotos podría haberle hecho en las últimas semanas: cuando se cambiaba en el dormitorio, cuando preparaba la cena en la cocina, cuando la disfrutaba en el comedor.
Y estaban aquellas fotos en lencería que no había logrado obligarle a borrar.
Las fotos en bikini, las fotos con el vestido negro corto.
Y ni siquiera quería empezar a imaginar cuántas tendría allí también de otras mujeres.
—¿Quieres verlas? —preguntó Glen, señalando la cámara que colgaba de su cadera—. Estás tan guapa cuando estás medio dormida.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí fuera?
—Lo suficiente.
—¡Fuera de mi puto jardín! —siseó ella, lanzándole el biberón. Ahora su cuerpo se llenó de rabia, su mente se incendió; sentía que podría enfrentarse a aquel trozo de mierda con una brizna de hierba y aun así ser capaz de vencerlo.
Glen esquivó el ataque y avanzó hacia ella. Antes de que se diera cuenta, él estaba a menos de un metro, sosteniendo la cámara con las manos y repasando la galería.
—Tengo una tuya en mis ángulos favoritos. —Hizo una pausa—. ¿Dónde está…?
Elizabeth lo miró con incredulidad. Quería reaccionar, contraatacar, arremeter, agredirle, asegurarse de que comprendiera que no debía volver jamás, pero el miedo de tenerlo tan cerca le paralizaba todo el cuerpo.
No sabía qué haría si él la tocaba, con cuchillo de cocina o sin él.
Ya lo había hecho una vez antes, y aquello bastaba para que se estremeciera cada vez que alguien más lo intentaba, Jake incluido.
—Aléjate de mí —gimió—. Aléjate de mí ahora mismo.
—¿No quieres verla? —preguntó él, con una sonrisa inquietante que le provocó recuerdos de aquel día.
—¡QUE TE ALEJES DE MÍ! —rugió ella en su cara. Su voz sonó demoníaca y resonó por todo el jardín, llegando hasta el club de campo.
Antes de que Glen pudiera reaccionar, ella se lanzó hacia él. Agitando salvajemente la hoja en el aire, la lanzó contra sus manos y brazos. Le alcanzó dos veces. En el dorso de una mano y luego en su propia cámara.
Glen dio un grito de asombro, retiró la mano de un tirón y dejó caer la cámara al suelo.
Elizabeth continuó atacándolo, avanzando con cada embestida de su brazo. La adrenalina la consumía ahora, aplastando y enterrando cualquier temor que amenazara con frenarla.
—¡Elizabeth! —llegó un grito desde la casa.
La mirada de Glen pasó por encima del hombro de Elizabeth y, al ver a Martha, le dio la espalda y echó a correr hacia el fondo del jardín, sujetándose el dorso de la mano. Desapareció en la oscuridad del campo de golf unos segundos después.
En cuanto lo perdió de vista, Elizabeth cayó de rodillas y dejó que el cuchillo se le escapara de las manos para quedar sobre las briznas de hierba cargadas de rocío.
Sollozó en silencio, mirando la cámara que yacía a su lado.
Martha corrió hacia ella, rodeó a su hija con el brazo y la mantuvo allí, en silencio, sin que ninguna dijera nada. Sin que ninguna necesitara decir nada.
Después de que se calmara, Martha se apresuró a entrar en la casa, cogió una bolsa de plástico y metió en ella la hoja y la cámara antes de cerrarla con una goma elástica.
—¿Quieres que llame a la policía? —preguntó Martha, agachándose junto a Elizabeth, sosteniendo una bolsa en cada brazo—. ¿Quieres que llame a Jake?
Elizabeth reflexionó un momento.
—No. Él no necesita saberlo. Todavía no.