Capítulo 13
A SANGRE FRÍA
L as reuniones del Grupo de Oro estaban compuestas por los oficiales de mayor rango de cada departamento de la rama de Vigilancia de Proximidad de la Met, desde superintendentes hasta comandantes e, incluso, en este caso concreto, llegaba hasta lo más alto con la comisaria adjunta.
En cierto modo, eran una versión a menor escala de las reuniones del comité CObrA a las que asistían el primer ministro y otros jefes de gobierno.
Y Darryl las detestaba. A veces, aunque más bien casi siempre, las reuniones no eran más que una oportunidad para que sus colegas hicieran gala de su ego y se situaran un poco por encima de los demás en un concurso de ver quién la tenía más larga.
La política interna era una idiotez, y Darryl siempre salía con la sensación de que no habían discutido nada productivo ni avanzado lo más mínimo.
Probablemente era uno de los motivos por los que Richard Candy se las había apañado para salirse con la suya durante tanto tiempo.
La reunión del Grupo de Oro de esta noche no fue distinta. Con la única excepción de que, por primera vez, se celebraba en Bow Green.
Sentados a la mesa había un surtido de rostros que Darryl se había acostumbrado a ver en el par de años que llevaba en el Equipo de Investigación Criminal: Harrison Bramley, director del servicio jurídico de la Met; Mark Haydon, comandante de Delitos Especializados; Anika Montague, de la Fiscalía de la Corona; Nigel Winterbottom, director de medios y comunicación; y la comisaria jefa Erica Dane, de la comisaría de West Ham.
Un catálogo de algunos de los agentes más respetados de la organización.
El único problema era que cada vez cambiaban más caras debido a las investigaciones en curso de Jake sobre la Cábala.
Especialmente, la de la comisaria adjunta.
Sentada justo enfrente de él estaba una mujer a la que solo había visto dos veces desde su nombramiento: Rebecca Marlow.
En ambas ocasiones vestía igual: su uniforme de policía, con charreteras y gorra incluidas.
Sus gafas se apoyaban en el puente de la nariz y reflejaban la luz artificial del techo, y llevaba una pulsera de bronce en la muñeca que retorcía distraídamente mientras escuchaba.
Rebecca alargó la mano sobre la mesa, cogió el termo que Darryl había preparado y sirvió el agua tibia en su taza.
Dio un sorbo, sin revelar nada en su expresión.
—Temperatura perfecta —dijo, y dejó la taza—.
Gracias por venir esta noche. Sé que se ha avisado con poco tiempo y que no podrán pasar la velada con sus seres queridos.
También soy consciente de que es la primera vez que algunos de ustedes me conocen.
El motivo de esta reunión es doble: presentarme, porque todos vamos a trabajar muy estrechamente en un futuro próximo, y también para discutir las últimas novedades que hemos tenido en el caso de Rupert Haversham.
Darryl reprimió una risita. Había ciertas cosas con las que estaba de acuerdo y otras con las que no.
Por ejemplo, convocar una reunión de alto mando sobre el asesinato de uno de los mejores abogados defensores del país a las veinticuatro horas de su muerte, mientras la investigación sobre la violación y muerte de una joven inocente seguía al final del montón.
Ahí era cuando empezaba a cuestionarse los motivos.
¿Por qué una vida valía más que otra?
Quizá esta noche lo descubriría.
—Darryl —continuó Rebecca—, usted está trabajando en el caso ahora mismo. ¿Cuál considera que es la mayor amenaza para la seguridad en este momento?
—¿Qué seguridad?
—La seguridad nacional.
Ahí estaba. El valor de esa vida específica sobre otra.
—No prevemos ninguna amenaza para la seguridad nacional —respondió él con brusquedad—. La mayor amenaza que suponía Rupert Haversham era defender a Henry Matheson, y él va a estar entre rejas el resto de su vida.
Se produjo una larga pausa. Rebecca dejó de juguetear con su pulsera y puso las manos sobre la mesa, con las palmas hacia abajo.
—Voy a ser franca por un momento, si me lo permite, Darryl, ya que no me resulta fácil decir esto. No obstante, ¿ha considerado la posibilidad de que alguien de su equipo esté demasiado implicado en el caso?
—¿Perdón? —dijo Darryl con sequedad. Su expresión se ensombreció por completo—. Respondo por todos mis oficiales. Trabajan más de lo que nadie con quien haya trabajado jamás.
—Eso no influye en lo que estoy diciendo.
—Entonces quizá tenga que explicármelo.
—Jake Tanner —dijo Rebecca tajante; luego metió la mano en su maletín y sacó una serie de papeles guardados en una carpeta Manila marrón.
Se aclaró la garganta—. Tras leer detenidamente todos los informes, declaraciones de testigos y expedientes de la fiscalía sobre su predecesor, el inspector jefe Liam Greene, la inspectora jefa Helen Clements, el sargento Martin Radcliffe y, más recientemente, mi predecesor, el comisario adjunto Richard Candy, parece haber un elemento común entre todos ellos.
—Eso es porque él es quien los atrapó. Más rápido y mejor que nadie en la DPS o la IPCC. Ese hombre ha trabajado incansablemente para desenmascarar a la Cábala, y no hay duda de que su salud mental y física se ha deteriorado como consecuencia.
—Y, sin embargo, es el denominador común; resuelve los acertijos solo, sin ayuda. Usted mismo ha admitido previamente que ha tenido muy poco que ver en las detenciones de estos individuos.
—Se llama modestia.
—Y lo mismo puede decirse de sus juicios.
—¿Me está juzgando a mí ahora?
Rebecca le dedicó una leve sonrisa de suficiencia, una que no iba dirigida a él, sino a sí misma, y eso le enfureció.
—No, Darryl, a usted no. Pero me gustaría que considerara apartar a Jake de la investigación sobre la muerte de Haversham.
—No.
—Ha llegado a mi conocimiento que él podría ser, de hecho, la persona responsable de todo lo que ha intentado procesar.
Los robos a mano armada. El contrabando de drogas.
El tráfico de personas. ¿Es totalmente descabellado sugerir que la razón por la que ha encerrado a esos oficiales es porque sospechaban de él, porque conocían sus secretos, porque conocían su verdadera identidad?
¿No se le ha pasado por la cabeza que en realidad podría estar usándolos como chivo expiatorio para mantener su identidad, como si viviera en una versión real de El Club de la Lucha ?
Darryl soltó una carcajada aislada, incapaz de contenerse.
—Rotundamente no —dijo tras recuperar el control—.
Detesto la insinuación. El agente Jake Tanner es un oficial íntegro, un modelo a seguir.
Y cualquier departamento tendría suerte de contar con él.
Arriesgaría su vida para poner fin al reinado de terror de la Cábala.
Richard Candy pudo infiltrarse y propagar su corrupción por casi todos los rincones del Mando de Delitos Especializados porque tenía la influencia y los medios para hacerlo.
¿Cómo es posible que Jake Tanner, un simple agente, sea capaz de lograr eso sin la misma plataforma?
—Quizá usó a Candy para facilitarlo —dijo Mark Haydon.
Darryl le lanzó una mirada y el hombre se retrajo, arrepintiéndose al instante de su decisión de intervenir en la conversación.
Darryl suspiró profundamente, recobrando la compostura hasta que respiró con normalidad por la nariz y la boca.
—Discúlpenme —dijo cortésmente—. Tengo que ir al baño. Podemos continuar con esta discusión en un minuto.
Darryl se levantó de la silla sin esperar respuesta y salió de la sala.
Furioso, recorrió el pasillo hacia la oficina principal.
Al llegar, jadeó y dio un respingo de puro susto.
Allí se encontró con Sandy Matthews, la experimentada técnica de la escena del crimen responsable de enviar pruebas para su examen externo.
—¡Madre del amor hermoso! —exclamó, llevándose la mano al pecho—. ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Lo siento, jefe. No pretendía asustarle.
—¿Me estabas esperando?
Ella asintió lentamente. —Hay algo que debe ver. ¿Podemos hablar en su despacho?
Darryl miró hacia la Sala de Incidentes Mayores y luego a Sandy. —Solo puedo darte un par de minutos.
Entraron en su despacho.
—Y bien... —comenzó él.
Sandy bajó la mirada al suelo. Pasó un rato antes de que respondiera, y su prolongado silencio llenó a Darryl de pavor.
—¿Qué pasa, Sandy? —insistió él.
—Huellas dactilares, señor. He conseguido algunas.
—Sacó una carpeta de detrás de su espalda y la sostuvo en el aire—.
Sabe que encontramos huellas dactilares en el cuello de Helena Haversham, en la ropa de Rupert Haversham y en la almohada que se utilizó para asesinar a Felicity Haversham, ¿verdad?
Darryl asintió.
—Bueno, las pasé por Ident1 y... hemos tenido una coincidencia.
Darryl sonrió. —Brillante. Fantástico. ¿Lo has compartido con el equipo?
—Ese es el problema, señor. No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque... porque son las huellas de Jake, jefe.
—Imposible —respondió Darryl instintivamente. No había permitido que las palabras se procesaran en su mente. Como un diagnóstico aterrador, no podía permitirlo—. ¿Por qué no se han descartado sus huellas? Es el procedimiento estándar.
—Ojalá fuera eso, señor. Pero las huellas ya se habían tomado antes de que usted y el equipo pusieran un pie en la casa. Y usted estuvo con él todo el tiempo... ¿Le vio tocar una sola cosa?
No lo había visto.
—¿Entonces qué me estás diciendo? ¿Que Jake los mató a los tres y luego regresó a la escena del crimen con nosotros para regodearse de su obra?
—Yo solo le transmito las pruebas, señor. Usted es quien plantea las hipótesis. Pero, según las pruebas, todo sugiere que, sí, Jake Tanner asesinó a sangre fría a los tres miembros de la familia Haversham.