Capítulo 12
PASTO DE LAS LLAMAS
E n todo el tiempo que llevaban trabajando juntos, Jake nunca había visto a Darryl cumplir una promesa tan rápido. De alguna manera, se las había apañado para acelerar la orden judicial de vigilancia en los tribunales y entregársela a Jake, totalmente aprobada y firmada, en cuestión de pocas horas.
El único problema ahora era que le había tocado cargar con el sargento detective Brendan Lafferty durante toda la noche.
Desde que se había reincorporado al trabajo, Jake apenas había pasado tiempo poniéndose al día con Brendan, así que qué mejor oportunidad que estar confinados en una caja de metal durante varias horas.
La urbanización Cosgrove —conocida habitualmente como «El Hoyo» entre la comunidad policial— era un lugar aterrador y peligroso.
En las pocas ocasiones en las que Jake había estado allí, se había sentido vulnerable, como si lo estuvieran vigilando desde todos los ángulos, y desde cada uno de esos ángulos estuvieran planeando la forma de deshacerse de él.
Esta noche no era diferente.
Sobre el regazo sostenía la cámara réflex Canon que había encontrado en un estante del armario de Elizabeth. Una de repuesto. Normalmente le habría pedido permiso, pero... las cosas habían cambiado. Además, era mejor pedir perdón que permiso.
—¿Qué hora es? —preguntó Jake, con la mirada fija en los dos bloques de torres que dominaban la urbanización.
—Las dos y media.
—Dios. Esta gente no duerme, ¿verdad?
Los edificios, con esos huecos cuadrados tallados en sus laterales, parecían ralladores de queso gigantes. Ralladores gigantes, conscientes y que respiraban. A lo lejos, el estruendo repetitivo de la música reverberaba por toda la urbanización.
Jake bostezó y se acomodó en el asiento.
Estaba reventado. Tanto él como Brendan habían dormido menos de cinco horas en los últimos dos días, y su cuerpo empezaba a notar las consecuencias.
Ni siquiera el subidón de haber ganado doscientas cincuenta libras lograba mantenerlo despierto; de hecho, hasta ahora, solo el deseo de volver y hacer otra apuesta a primera hora de la mañana le había permitido seguir adelante.
Jake alargó la mano hacia una taza de café frío que había en la puerta y bebió. Hizo una mueca de asco por el sabor y volvió a dejarla.
—Tengo un par de Red Bulls atrás si quieres. Pensé que necesitaríamos suministros para la larga noche que nos espera. Quien no se prepara, se prepara para fracasar y todo eso.
Había cierto nerviosismo en la voz de Brendan. Se llevó su vaso de Starbucks a los labios, inclinó el recipiente hacia arriba y jadeó con entusiasmo tras terminar. Jake observó el vaso, tratando de recordar la primera vez que lo había visto. ¿Había sido antes o después de la muerte de Roland?
No era capaz de recordarlo.
—Antes conocía a alguien que bebía en un vaso como ese —empezó a decir.
—¿Ah, sí?
—Sí. Has oído hablar de él. Liam Greene.
—¿El antiguo inspector jefe?
—El mismísimo —respondió Jake con una leve inclinación de cabeza—. Y creo que tenía el mismo problema que tú.
—¿Qué... Qué problema?
—Ese... —Jake señaló el termo.
—Me he perdido.
—Ayer. Con Margaret. Metiste la pata. Te juro que me pareció oler alcohol en tu aliento.
—Hizo una pausa—. ¿Cuándo empezó? ¿Después de lo de Roland...
? ¿Es por eso por lo que has estado tanto tiempo de baja?
No soy ningún genio, y estoy bastante seguro de que no hace falta serlo para adivinar lo que llevas ahí dentro.
Brendan colocó el vaso entre las piernas, apoyó una mano en el volante y la otra en la consola central. —No me creerías si te lo contara.
—No me lo has contado, así que ¿cómo vamos a saberlo?
Brendan volvió a vacilar. Esta vez durante un momento aún más largo. Jake aprovechó la breve oportunidad para hacer un reconocimiento de la zona: no había cambios, y las calles seguían tan desiertas como antes.
Aclarándose la garganta, Brendan comenzó: —Lo que pasó con Margaret fue un error espantoso. Todavía me estoy castigando por ello. Pero fue algo puntual. Estaba ebrio. Esa vez. Esa única vez. Y no volverá a ocurrir.
—Ya he oído eso antes.
Brendan suspiró, agarró el termo, desenroscó la tapa y se la puso a Jake bajo la nariz. —Huélelo, idiota.
Jake no necesitó acercar la nariz a la tapa para saber qué contenía. El potente hedor de la bebida energética le subió por las fosas nasales y se le clavó en la garganta, provocándole una arcada.
—¿Por qué me enseñas esto? —preguntó.
—He estado viviendo a base de esto todos los días. Es como una adicción.
Jake sacudió la cabeza con incredulidad. —Vale, ahora el que se ha perdido soy yo. ¿Te importa explicarlo, o vas a dejar que me sienta aquí como un niño perdido?
—Es difícil. Y largo.
—No vamos a ninguna parte.
—O sea, vale... —Inspiró profundamente, seguido de una exhalación brusca.
Como un futbolista preparándose para un tiro libre.
Cuando era más joven, solía beber. Mucho.
Desde los dieciséis o diecisiete años, seguí un camino destructivo.
Horrible. Odiaba a todo el mundo, y aún más, me odiaba a mí mismo.
Fue la peor época de mi vida. Pero luego dejé el alcohol.
Y mientras pasaba por todo aquello, me di cuenta de que necesitaba un recordatorio diario de mi alcoholismo. Algo que encarnara mi forma de beber.
Brendan agitó el vaso en el aire. — Este es mi recordatorio diario.
Cada vez que lo miro, recuerdo el dolor por el que pasé, las heridas, el desconsuelo, el sufrimiento que le causé a mi familia...
Incluso le provoqué un derrame cerebral a mi padre.
Se estresó tanto por todo aquello. Durante años me porté bien, manteniéndome alejado, pero volví a caer en los viejos hábitos cuando murió Roland.
Nunca había visto el fondo de tantas botellas vacías.
Pero entonces... tuve una especie de premonición, una reprimenda de algún espíritu divino.
No soy muy de creer en fantasmas, pero ocurrió. Palabra de honor.
—¿Qué te dijeron? —preguntó Jake, sin estar seguro de quiénes eran «ellos».
—Me dijeron que solo iba a tener una oportunidad en este juego de la vida, y que la estaba desperdiciando con cada trago.
Sintiendo que el ambiente en el coche necesitaba subir unos puntos, Jake preguntó: —¿Seguro que no estabas viendo Rocky o algo así?
Brendan logró soltar una risita, pero fue débil. —Es un largo camino hacia la recuperación. Lo de Margaret fue un ejemplo de uno de los baches en el camino, pero voy llegando, día a día. Con la ayuda de la cafeína, el azúcar y mi recordatorio diario, debería ser capaz de lograrlo.
Día a día.
—¿Lo sabe Darryl?
—Está al tanto y me vigila. Él lo vivió en sus...
Un sonido en el exterior distrajo a ambos.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Brendan.
Fue el sonido de una botella de vidrio rompiéndose.
En el momento en que Jake lo oyó, sus sentidos se activaron y se puso en estado de alerta máxima.
Encendió la cámara y se inclinó hacia delante, con los ojos escaneando el horizonte como un ave de presa.
La farola más cercana estaba a más de cincuenta metros de distancia, y frente a ellos había una hilera de coches.
En el lado derecho de la calle, apareció una figura en una BMX con la capucha puesta.
La bicicleta zigzagueaba entre las marcas de la carretera, acercándose más y más. Más y más.
—¿Qué está pasan...?
Jake interrumpió a Brendan poniendo la mano frente a la cara del hombre.
A medida que la figura se acercaba, sus rasgos se volvían más oscuros.
Jake levantó la cámara, sacó varias fotografías del individuo y luego se hundió en su asiento mientras el ciclista pasaba de largo, jadeando y con el pulso acelerado.
Tan pronto como el ciclista se alejó, Jake centró su atención en el retrovisor y lo vio continuar su camino hacia el final de la calle, todavía zigzagueando.
Falsa alarma.
—¿Eso es normal por aquí? —preguntó Brendan.
Cuando Jake volvió la vista hacia Brendan para responder, algo le llamó la atención.
Por encima del hombro derecho de Brendan, reflejada en su retrovisor, se veía una bola gigante de fuego surgiendo de una botella de vodka, lanzada por una figura vestida de negro, cuyos únicos rasgos perceptibles eran el contorno de la ropa que llevaba.
Jake abrió la boca, pero era demasiado tarde.
La ventanilla al lado de Brendan estalló y se hundió.
El cristal llovió sobre ambos, lacerándoles las mejillas y los antebrazos.
Entonces entró la botella en llamas. Una masa arremolinada de color naranja y amarillo envolvió el salpicadero, extendiéndose por todo el ancho del parabrisas en un instante.
Un calor abrasador e impenetrable, combinado con un miedo paralizante, clavó a Jake a su asiento.
Los gritos llenaron el coche mientras Brendan agitaba los brazos en el aire, tratando de agarrar cualquier cosa que pudiera liberarlos; se había quedado cegado por la sangre que le corría por la cara.
Presa del pánico, Jake golpeó su cinturón de seguridad, sintió alivio cuando cedió y rápidamente quitó el de Brendan. Abriendo su puerta con una mano, Jake agarró el hombro de su colega con la otra y arrastró al hombre lejos de la llamarada.
Para entonces, las llamas ya lamían las ventanas y el techo del coche, chamuscándole el vello de la cabeza y los brazos. Brendan gritaba y gemía mientras Jake lo dejaba caer sobre el cemento, con las manos arañándose los ojos y la cara.
Jake se incorporó y recorrió la calle con la mirada de arriba abajo, buscando a sus atacantes.
Allí, a unos diez metros, de pie bajo una farola, estaba uno de ellos. Jake no sabía cuántos había, pero estaba seguro de que eran varios. Un ataque bien organizado y planeado.
La figura, cubierta de negro de pies a cabeza, se quitó lentamente la capucha, revelando una sonrisa vengativa y malévola. El mensaje que transmitía era sencillo: mantente alejado.
Una voz bramó desde la oscuridad y el atacante echó a correr, desapareciendo en la urbanización. Perdido en aquel laberinto de hormigón.
Sin perder más tiempo, Jake volvió su atención a los restos en llamas.
El fuego había alcanzado las bebidas energéticas en el asiento trasero, y un olor empalagoso a plástico quemado flotaba en el aire.
Mientras tanto, en el suelo, Brendan seguía gritando.
Retorciéndose, revolviéndose, sujetándose la cara.
Jake se dejó caer a su lado y marcó el 999.
—Habla el detective Jake Tanner, de la CID de Stratford. Acaban de lanzar un cóctel molotov contra nuestro coche. Solicito asistencia inmediata de bomberos y ambulancia en la urbanización Cosgrove.