Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Jake se consideraba un experto en carreras de caballos.

Había elegido cuatro ganadores de sus últimas veinte apuestas, una proporción de uno de cada cinco.

Y con esas estadísticas, podría haberse ganado la vida con ello, si las cuotas a las que había ganado hubieran sido dignas de mención.

Pero cuando se trataba de galgos, estaba especialmente perdido.

Su criterio era el siguiente: el valor cómico del nombre del perro y qué tal pinta tenían las cuotas.

Cualquier cosa menos que una ligera risita en la escala de humor no valía la pena intentarlo.

Nueve de cada diez veces, su criterio fallaba.

Una proporción no tan buena.

—Depende de lo que ofrezcas —dijo Jake, escudriñando al hombre de arriba abajo.

—¿Te van los jacos o los galgos?

—El fútbol.

—No hay nada de eso a estas horas. Así que o eliges caballos o galgos. No sirve de nada apostar en el resto de esa mierda. Nadie ve el tenis o el críquet desde hace años.

El hombre destilaba colonia barata con cada movimiento de su cuerpo. Era como si se hubiera bañado en ella al despertar para excusar el no haberse duchado.

—¿Cuál es tu opción preferida? —preguntó Jake, dándose cuenta de repente de que las cosas que decía y la forma en que las decía le hacían parecer fuera de lugar.

—A mí me van los jacos, colega. Y no se me dan nada mal.

—¿Alguna sugerencia?

El hombre dejó de balancearse de un lado a otro y extendió la mano. —Harry —dijo.

Jake supuso que se escribía con hache, aunque no lo pronunciara, pero decidió no decir nada.

—Jake —respondió, estrechando la mano del hombre.

—No te he visto por aquí antes. ¿Eres nuevo?

—Es la primera vez.

—Se nota. No pareces un hombre que sepa manejarse en una casa de apuestas. —Harry vaciló un momento—. No serás un madero, ¿verdad? Vestido con ese traje y todo eso.

Jake sonrió y negó con la cabeza. —Qué va. Trabajo en una oficina cerca de aquí. Seguros. Quería meter esto antes de irme a casa con la parienta.

—Eso sí que es verdad. —Harry inmediatamente volvió su atención a la televisión.

En la pantalla, una carrera estaba a punto de terminar.

Harry se arrellanó en el borde de su asiento y, a medida que la carrera llegaba a sus etapas finales, se acercaba más y más a la televisión, lanzando el puño cada vez más alto y con más fuerza al aire, hasta que unos segundos después, un caballo ganó y gritó— ¡Vamos, precioso!

—besando el boleto de apuesta y apresurándose hacia la ventanilla para cobrar sus ganancias.

Al poco tiempo, regresó con más de cien libras en las manos.

Jake miró el dinero con disimulo.

Uno de cada cinco.

—Buena esa, tío. Tendrás que darme algunos consejos —dijo.

Sin responder, Harry volvió a centrar su atención en la pantalla del televisor. La siguiente carrera era en menos de dos minutos. Jake tenía menos de cien segundos para elegir un caballo y apostar. Examinó la alineación. Sus nombres. Sus cuotas. Sus rachas. El color de las camisetas. Sus jinetes.

Era como fabricar un coche: todas las piezas de información podían ensamblarse en una máquina, pero el éxito general de la máquina dependía del conductor y de lo bien que lo manejara.

—ThirdTimeLucky —dijo Harry.

Jake siguió escudriñando los nombres.

—No —dijo educadamente—. Tengo echado el ojo a otro.

—¿A cuál?

Jake no dijo nada, se dio la vuelta y corrió hacia la ventanilla. La mujer que había detrás mascaba chicle con saña, como si temiera que alguien fuera a quitárselo de la boca sin permiso, y la única forma de detenerlos fuera masticando tan fuerte que pudiera arrancarles la mano de un bocado.

—Be My Caballero —empezó Jake—. Veinte pavos. Veinticinco a uno. Doncaster. Siguiente carrera.

Buscó a toda prisa su Visa, la introdujo en el terminal y marcó su PIN, con el reloj corriendo en el fondo de su mente. Taconeaba arriba y abajo mientras esperaba, con los ojos fijos en la pantalla.

DENEGADA, rezaba la respuesta.

—¿ Qué ? —jadeó Jake. Debía de haber usado lo último que le quedaba de dinero en el menú del día.

El almuerzo más caro de la historia.

Frenético, buscó dentro de su cartera algún billete o algo de calderilla que pudiera tener.

Nada.

Cuando suspiraba y se disponía a volver junto a Harry, un brazo irrumpió en su vista.

—Esta corre de mi cuenta, colega —dijo Harry, mostrando un diente de oro que Jake no había notado antes.

Jake abrió la boca para protestar, pero le cortaron el paso.

La cajera cogió el dinero de Harry y procesó la apuesta.

La adrenalina de Jake se disparó mientras veía empezar a los caballos.

Trece en total, corriendo por una pista de unos ochocientos metros.

Durante la mayor parte de la carrera, Be My Caballero flaqueaba por detrás, situándose entre el cuarto y el quinto lugar.

Pero cuando el primero y el segundo saltaron y cayeron al aterrizar, Be My Caballero se lanzó a la primera posición.

Jake apretó el puño y vitoreó un poco. —¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos!

Cuando Be My Caballero cruzó la línea de meta, Jake estalló, saltó por los aires y alzó el puño con fuerza.

—¡Hijo de perra! —gritó Harry junto a él, felicitándolo con una palmada en la espalda.

Con la euforia recorriendo su cuerpo, Jake corrió hacia la ventanilla, cobró las ganancias de 500 libras y regresó apresuradamente con Harry.

Uno de cada cinco.

—¿No habías dicho que era tu primera vez?

—Suerte del principiante —mintió Jake. Aunque algo de verdad había en ello.

Después de todo, era su primera vez en una casa de apuestas.

Contó el dinero, dividió las ganancias por la mitad y le entregó una parte a Harry.

—No, tío —dijo el hombre—. Quédatelo.

—Insisto.

Finalmente, tras un par de negativas más, Harry se dio por vencido y aceptó la mitad de las ganancias.

Jake estaba encantado consigo mismo. La primera vez que ganaba una cantidad sustancial de dinero apostando. Solo esperaba que fuera una señal clara de lo que estaba por venir.