Capítulo 11
SÉ MI CABALLERO
L a frase más profunda e inquietante resonaba en la mente de Jake.
La Cábala.
Sigue ahí fuera, moviéndose a sus anchas como si no pasara nada .
Jake había dado vueltas a la idea de que La Cábala pudiera seguir vivo, pero sabía que era imposible. La Cábala estaba muerto. Jake lo había visto caer en picado desde quince metros y aterrizar sobre su cuello.
Y desde entonces la actividad se había reducido: ni rastro de Henry Matheson, no más tráfico de personas, no más amenazas a su familia, a su vida o a su carrera. Nada que sugiriera que estuviera bajo amenaza en ningún momento. De hecho, había sido un cambio agradable.
Pero la muerte de Rupert Haversham le daba motivos de preocupación… ¿Y si se había equivocado en todo? ¿Y si había muerto el hombre equivocado?
Cuanto más lo pensaba, más sentido cobraba.
Rupert Haversham era uno de los confidentes más cercanos de La Cábala, la única persona que sabía exactamente en qué andaban metidos; dónde, cuándo y quién más estaba implicado.
Rupert Haversham era el oráculo que sabía demasiado. Y alguien había querido silenciarlo.
Y lo había logrado.
Esto no va a desaparecer, Jake. Y no habrá nada que puedas hacer hasta que encuentres a La Cábala.
Antes de que pudiera seguir dándole vueltas, su móvil sonó.
Jake conectó el dispositivo al sistema de audio del coche y pulsó el botón de reproducción.
Debido a la antigüedad de su Austin Mini Cooper, estaba a eones de los avances tecnológicos que poseían la mayoría de los coches actuales.
Afortunadamente, algún genio en alguna parte había permitido que aquellos que se empeñaban en vivir en el pasado se pusieran al día y asomaran al menos un pie en el estanque de la tecnología actual.
Y Jake sentía eso más que nada con el adaptador de casete, que le permitía escuchar música y responder llamadas telefónicas a través del salpicadero.
Pasado y futuro. Analógico y digital. Simbióticos por fin.
—Soy Jake —declaró al responder la llamada.
—¿Dónde estás, Tanner? —La voz de Darryl resonó por todo el vehículo.
—Estoy conduciendo, jefe. De camino de vuelta de Wandsworth. —Jake centró su atención en las luces del paso de cebra que estaban cambiando frente a él. Frenó el coche suavemente hasta detenerse, cogió su botella de agua de la consola central y bebió, dejando que el líquido bajara por su garganta.
—¿Algo que tenga que contarme? —preguntó Darryl.
—Solo he pensado que debía hablar con Henry Matheson. Estoy convencido de que tiene algo que aportar en esto.
—¿Pruebas?
—Toda su vida es una prueba —replicó Jake.
Intentó soltar una risita para aligerar el ambiente, para que Darryl le siguiera el juego, pero al no recibir reacción de su jefe, respondió con seriedad.
El registro de llamadas de Haversham indica que realizó varias llamadas a un número de la prisión de Wandsworth. Solo quería ver qué sabía Henry.
—¿Sin consultarme?
—Ha sido a título extraoficial, señor —respondió Jake.
El semáforo cambió frente a él y pisó suavemente el acelerador, reanudando la marcha.
Darryl suspiró pesadamente al otro lado de la línea.
—Eso no es excusa. Este caso acaba de estallar por completo.
Tengo una reunión del Gold Group más tarde para discutir cómo vamos a lidiar con ello.
Haversham era una figura pública y amigo de muchas de las personas a las que llamas señor y señora.
Querrán que esto se solucione de la manera más rápida y cómoda posible.
¿Has considerado la posibilidad de que todavía haya cierta persona implicada en todo esto?
A lo lejos, alzándose sobre el horizonte, se veía un bloque de pisos. Jake apoyó los antebrazos en el volante y se inclinó hacia delante, mirándolos. Mientras observaba los edificios, le rugieron las tripas y se le ocurrió una idea.
—Jefe, voy a necesitar un favor.
—Se le están agotando rápidamente.
—Es uno importante.
—Siempre lo son.
—¿Qué posibilidades hay de que haga su magia y me consiga una orden de vigilancia dirigida para el Cosgrove Estate antes del anochecer?
Darryl vaciló. El estómago de Jake volvió a rugir.
A su izquierda, acercándose rápidamente, había un apartadero junto a una tienda de licores, un salón de manicura, una peluquería canina y un par de tiendas más. Jake puso el intermitente, redujo la velocidad y aparcó frente a la licorería.
—Si puede presentarme alguna prueba sólida, tendrá su orden.
—Dos palabras. The . Y Cabal .
—Yo tengo otras dos para usted: está … muerto .
—O eso pensábamos.
—¿No hablarás en serio? Aquello quedó zanjado. Desde la muerte de Candy, no se ha oído ni un alma por ninguna parte.
Hasta ahora .
—Yo no quería creerlo al principio, jefe, pero Henry Matheson parece pensar que La Cábala sigue ahí fuera.
Incluso si Matheson nos está tomando el pelo, no creo que sea algo que debamos descartar.
Había algo en su forma de mirarme, algo que le hacía parecer…
asustado. Creo que podría estar diciendo la verdad.
—No empiece a sufrir el síndrome de Estocolmo con él —dijo Darryl, seguido de otro suspiro pesado—.
Pero supongo que tiene razón. Si le ignoro y resulta que se equivoca, lidiar con usted entonces será peor que si lo dejo correr.
—Otro suspiro; el cansancio en su voz se transmitía a través del salpicadero—.
Déjemelo a mí. Hablaré con el Ministerio del Interior. Veré qué puedo hacer.
—Es un héroe —Jake dio las gracias a su superior y luego apagó el motor, cortando la llamada. El desacuerdo de la noche anterior había quedado olvidado.
Cogiendo su teléfono del salpicadero, Jake salió del coche y se dirigió apresuradamente a la tienda de licores.
Le recibió un olor dulzón y empalagoso que emanaba del estante de golosinas variadas que tanto le gustaban de niño.
Demasiadas veces había vuelto a casa del colegio con bolsas llenas en los bolsillos, y aún más metidas en la boca.
Una vez, su madre le dijo que su sangre se convertiría en azúcar y que él se transformaría en un caramelo gigante si no dejaba de comer tantas.
Desde entonces, Jake nunca había vuelto a coger una bolsa.
No eran las bacterias ni los gérmenes de todos los que habían respirado cerca o las habían tocado lo que le asustaba; era el cuento de terror de su madre.
En el lado izquierdo de la tienda había una unidad de refrigeración. Jake cogió una Pepsi, un sándwich de pollo con maíz y una bolsa de patatas Walkers. Con el conjunto de comida en las manos, se dirigió hacia la caja. Al dejar la comida, su estómago rugió ruidosamente.
—Eso ha sido mi tripa —dijo Jake con una sonrisita—. No el culo.
Su juvenil intento de humor cayó en saco roto con el dependiente, que cogió los artículos y los pasó por el escáner de la caja. Unos segundos después, Jake pasó su tarjeta, pagó y se marchó.
Mientras rodeaba la parte delantera del coche, haciendo malabares con la comida en una mano y alargando la otra hacia la maneta de la puerta, algo a su derecha le llamó la atención.
Era azul. Azul oscuro, para ser precisos.
El color debería haberle provocado calma y tranquilidad en todo el cuerpo.
En cambio, le provocó agitación y adrenalina: lo que había llegado a amar de su establecimiento de apuestas favorito.
Al principio, cuando aparcó en el apartadero, no lo había visto. Quizá fue algo subliminal. Quizá su inconsciente lo había pasado por alto porque estaba de servicio. O quizá fue porque estaba tan concentrado en la comida que su mente lo había borrado.
Pero ahora que ya tenía su comida…
Jake lanzó el menú del día dentro del coche y luego se apresuró hacia la casa de apuestas, subiendo a la acera de un salto.
Una apuesta. Solo eso. Una rápida a un caballo. O quizá una apuesta triple a los galgos. O quizá la liga japonesa J1 ya había empezado…
En el interior, el hedor espeso e intrusivo de un ambientador floral bajó por su garganta. Era obvio que lo habían usado para enmascarar el fétido olor a sudor y alcohol que supuraba por los poros de cada cliente que había dentro, pero lo único que conseguía era que le dieran arcadas y tos.
Jake hizo un recuento rápido. Tres hombres con sus mismos intereses en total.
La casa de apuestas era estrecha y se extendía unos seis metros.
Había una fila de máquinas de casino a su izquierda, una pared de televisores y las listas de carreras de caballos y partidos de fútbol a su derecha, y en el centro de todo una variedad de sillas.
Asientos variados. Alturas variadas. Grados de higiene variados.
Al fondo de la sala estaba la caja donde Jake esperaba, muy pronto, cobrar sus ganancias.
Pero antes de que pudiera hacer nada, algo disfrazado de preocupación entró en su mente. Se palpó los bolsillos, revisó su ropa y se aseguró de que no hubiera nada obvio en su persona que sugiriera que era un oficial de policía.
Un poli ludópata… Oh, el Departamento de Asuntos Internos se pondría las botas.
Decidiendo que estaba a salvo, Jake se enderezó la corbata y avanzó hacia las pantallas de televisión. Cogió un impreso de apuestas y dio un paso atrás, echando un vistazo a la información en los tablones de corcho y la televisión para las carreras.
—¿Necesitas una mano, colega? —preguntó un hombre a su lado. Era joven, de una edad similar a la de Jake, vestido con un chándal Adidas gris y blanco, y llevaba cadenas de oro en la muñeca y el cuello.