Capítulo 9
VOLDEMORT
— H ola, Henry.
Era solo la segunda vez que Jake veía al hombre al que había metido en prisión desde el día del veredicto, pero las cicatrices de su rostro todavía le daban miedo. Las heridas eran espantosas y le recordaban a Jake que nadie estaba a salvo, que incluso el más poderoso podía caer.
—Jake —respondió Henry. Se repantingó en el respaldo de la silla de plástico y puso los pies sobre la mesa. A pesar de las lesiones, seguía tan desafiante como siempre. Jake sospechaba que era puro teatro.
—¿Te he pillado en un mal momento? Estás sin aliento.
—Es porque me hace mucha ilusión verte, Jake. Pero debo admitir que no te esperaba tan pronto. ¿Ya me echabas de menos?
Jake sonrió con sorna. —No pienso en otra cosa.
—Seguro que hasta es verdad, ¿a que sí?
Jake no respondió.
—Me pasa mucho. No es bueno para mi ego.
—No querríamos que creciera todavía más.
—Tú eres el responsable de que sea tan grande como es. Tú me hiciste famoso. Pusiste mi nombre y mi cara en todos los televisores.
Antes de que se convirtiera en la representación física de una ciruela pasa.
—¿Sabes cuántas cartas recibo cada semana de gente de fuera?
Jake se rascó la cicatriz del lado de la cara. —No, pero estoy seguro de que me lo vas a contar de todas formas.
—Cincuenta y tres. Euro arriba, euro abajo, si descontamos algunas amenazas de muerte aisladas de antiguas parejas que me desean unos maravillosos días de vida restantes.
Pero el grueso son mis fans, mis amantes.
Algunos son personas a las que no he visto en mi vida.
Otros son gente con la que me he acostado y que solo ahora se han dado cuenta de lo bueno que se están perdiendo.
Incluso he tenido algunas proposiciones de matrimonio.
—Henry miró a su alrededor, prestando poca atención a Jake.
Jake esperaba que el ego del hombre llevara la voz cantante, pero no que fuera tan prominente. Henry se estaba haciendo pasar por un héroe, un dios del sexo a ojos de mujeres superficiales y solitarias que buscaban al malote definitivo.
Como si fuera una especie de héroe asesino en serie de los tiempos modernos.
—¿Se supone que eso tiene que impresionarme?
—Por esa sonrisilla que tienes, me doy cuenta de que te gustaría participar de mi éxito en algún momento de tu vida.
A todo el mundo le pasa, aunque tengan demasiado miedo para admitirlo.
La libertad. El respeto. Todos tenemos nuestro lado oscuro, Jake.
Por mucho que intentes suprimirlo, un día simplemente... todo va a salir a chorros.
Henry se inclinó lentamente hacia delante en su silla, estudiando a Jake, y luego sonrió, aunque con la «sonrisa de Glasgow» extendiéndose por su cara era difícil de distinguir.
—Aunque tú ya has encontrado tu maldad, ¿verdad?
He visto esa mirada antes. Te sorprendería saber cuántos policías —y cuántos de los tipos que hay aquí dentro— han pasado por lo mismo.
Las ojeras. Las noches sin dormir. El cambio de complexión.
El pelo descuidado. Los ojos inyectados en sangre.
La aceptación de sobornos impropia de uno.
La aceptación impropia de sentarse, rodar por el suelo y volverse corrupto.
Pero tú todavía no has llegado tan lejos, ¿o sí? .
Jake prefirió no responder a la pregunta retórica.
—No —continuó Henry—. Ese no es el estilo de Jake Tanner. Él nunca le daría la espalda al servicio al que ha dedicado tantos años de su vida. Lo ha dado todo por él. Está dispuesto a ponerse a sí mismo y al servicio por delante de todo lo demás que le importa, ¿no es así?
Henry hizo una breve pausa, bajó los pies de la mesa y se acomodó en una posición confortable en su silla, justo fuera del alcance de la mano. —Así que déjame preguntarte, Jake... ¿qué es lo que se ha apoderado de ti y no te suelta? ¿La bebida? ¿Las drogas? ¿El porno? Puedo conseguirte...
Henry volvió a vacilar. Esta vez su expresión cambió. Sus ojos se agrandaron y, al sonreír, las quemaduras con profundas cicatrices de su rostro se elevaron y arrugaron su piel. Estaba claro que la lesión no afectaba a su capacidad para ser un completo gilipollas.
—No es nada de eso. Es otra cosa... Puedo... ¿El juego? —Henry dio una palmada; el sonido seco reverberó en la habitación pequeña y rebotó en los tímpanos de Jake.
—¿El juego? —repitió Henry y, sacudiendo la cabeza con sorna, continuó—: Jake, Jake, Jake.
Nunca pensé que llegaría a ser tan grave para ti.
Sobre todo porque has estado luchando toda tu vida con unas finanzas de mierda.
Imagínate lo que habría sido si te hubieras unido a mí.
No habrías tenido que volver a preocuparte por el dinero.
—Pero entonces estaría atrapado aquí dentro.
—¿Crees que eso sería un problema? Cuando estás conectado con una leyenda tan grande dentro de estos muros como yo, no tendrías que preocuparte de nada.
Henry levantó el dedo en el aire, interrumpiendo la conversación. Se agachó hacia un lado, se quitó el zapato y sacó un fajo de billetes de unos centímetros de grosor. Jake calculó que había más de 500 libras en billetes en sus manos.
Henry Matheson no solo era un dios del sexo, también era vidente... y además uno rico.
—Eso no puede ser bueno para tu postura —dijo Jake, reprimiendo una mueca—. ¿O llevas lo mismo en el otro zapato?
—Quiero que te lo quedes. —Henry extendió el brazo a través de la mesa y dejó caer el montón—.
Cómprale algo bonito a Elizabeth. O tal vez puedas darte un capricho con algún caballo o algún perro en particular.
Puede que conozca a algunos contactos en ese mundillo que podrían arreglarte un buen día de ganancias.
Hay gente que haría cualquier cosa si tienes algo sucio contra ellos.
Durante el tiempo que Henry había estado hablando, Jake no había podido apartar la mirada del dinero. Sus ojos contaron los billetes que tenía delante: 460 libras. Cerca de su estimación original. Pero seguía siendo más de lo que tenía en cualquiera de sus cuentas bancarias restantes.
Por un momento, contempló la posibilidad de cogerlo, metérselo en el bolsillo y olvidarse del asunto.
Sería suficiente para comer otras pocas semanas, pagar parte de la hipoteca, cubrir las facturas.
No le duraría mucho, pero al menos le duraría más que si se lo puliera jugando.
Pero no había garantías de que hiciera nada de eso.
Una voz en su cabeza le decía que lo apostara todo al rojo, mientras que la voz lógica le imploraba que lo dejara allí mismo, sobre la mesa, y se marchara.
Jake echó la mano sobre la mesa, recogió el dinero y lo deslizó hacia su pecho.
—Ya sé lo que haremos —comenzó—. Jugaremos a un pequeño juego. Te haré algunas preguntas y, dependiendo de tus respuestas, tu dinero sobrevivirá o no.
—Realmente no eres muy divertido, ¿verdad?
Jake cogió un billete de veinte y lo sostuvo entre los dedos. —Primera pregunta: ¿cuál es tu implicación en el asesinato de Rupert Haversham?
—¿Está muerto? —preguntó Henry, sin parecer sorprendido.
—¿No esperabas enterarte todavía? —Jake rompió el de veinte por la mitad y cogió otro. Esta vez uno de cincuenta.
—Las paredes hablan en este lugar. La información vuela. Pero es la primera noticia que tengo.
—¿A quién ordenaste que lo matara a él y a su familia?
—¿Qué te hace pensar que he sido yo?
Jake rompió el de cincuenta. La expresión de Henry permaneció plácida. Lo único que se movía en su rostro eran sus ojos, que oscilaban entre el dinero y Jake.
Cogió otro de veinte. —Puedo estar así todo el día —comentó.
—Hasta que te quedes sin dinero. Sabes, realmente deberías pensar en lo que dices antes de decirlo. Te hace parecer bastante inepto como oficial de policía.
Jake rompió el billete. Esta vez por despecho. Le resultó aún más satisfactorio.
—Sé que te ha estado llamando en las últimas semanas. Sé que la última vez que hablaste con él fue ayer, horas antes de que muriera. ¿De qué estabais hablando? ¿Qué estabais discutiendo?
Henry frunció los labios. —Nada especial. Solo me contaba cosas de sus hijos, cómo les va, cómo están sobreviviendo.
Otra pregunta sin respuesta, otro billete roto en dos.
—¿Así que volvéis a ser amigos? ¿Incluso siendo él el responsable de que estés aquí metido?
—Tal vez sea parte de nuestro próximo plan maestro.
Jake bajó el billete que tenía en la mano y escuchó, intrigado. —¿Qué plan?
—No puedo decírtelo todavía, Jake. Eso arruinaría la sorpresa.
—Henry apoyó los codos en el borde de la mesa—.
Sabes, no me importa si rompes el dinero; tengo mucho más de donde ha salido ese.
Pero lo que no voy a tolerar es que creas que está bien acusarme de asesinar a un amigo cercano, alguien a quien conozco desde hace muchísimo tiempo.
Por no mencionar que no me has dicho de qué se me interroga, si se me imputan cargos, qué pruebas tienes contra mí...
He pasado por este proceso las suficientes veces como para saber cuándo alguien no ha hecho algo correctamente.
Y este parece uno de esos casos, detective.
Con ese dinero en la mano, cualquiera pensaría que estás a un paso de volverte corrupto.
Jake abrió la boca, pero las palabras murieron en su lengua. Sería una estupidez creer todo lo que Henry decía, pero una semilla de duda y reserva se había plantado en su mente.
—También hay una cosa vital que estás olvidando —dijo Henry tras ajustarse la cadena del cuello.
—¿Ah, sí?
—¿Has considerado la posibilidad de que todavía haya cierta persona involucrada en todo esto?
—¿Quién?
—Ya sabes quién.
—Dímelo con todas las letras.
—Voldemort. El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado... —Henry hizo una pausa—. El Cónclave. Siguen ahí fuera, campando a sus anchas como si no pasara nada.
—Imposible —dijo Jake, sacudiendo la cabeza.