Más Allá de la Raya (DC Jake Tanner 6) Capítulo 8
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Capítulo 8

L a cola avanzaba despacio; sus compañeros reclusos estaban más centrados en sus conversaciones que en el deseo de comer.

Henry estaba famélico y le rugían las tripas con furia.

En Belmarsh, solía ser el primero de la fila en el desayuno, el almuerzo y la cena.

Incluso podía elegir su comida... y la de todos los demás.

Temido, venerado, ante él se inclinaban.

Pero ahora estaba atrapado al final de la cola, como un pringado que vuela en clase turista.

Acostumbrado durante demasiado tiempo al estilo de vida de primera clase, ahora anhelaba recuperarlo.

La cola avanzó un par de metros por la cinta y él cogió su bandeja de plástico.

Muchas cabezas habían acabado magulladas y asaltadas bajo la fuerza de una de aquellas en sus manos, y mientras esperaba allí, detrás de Terrence Claiborne, un estafador de poca monta, le invadió el impulso de estampársela en el cráneo.

Ascender en la cadena alimentaria. Hasta llegar arriba del todo. Donde merecía estar.

Justo cuando levantó la bandeja tras la cabeza del hombre, sintió que se la arrebataban de un tirón. Presa del pánico ante la posibilidad de que fuera un guardia, Henry giró sobre sí mismo.

Pero quien estaba frente a él era Boris Romanov, el líder de la banda rumana.

Detrás de él estaba su ejército de secuaces de piel cetrina, con aspecto de ser una de las peores boy bands del mundo.

La mayoría eran menudos, flacos, nada del otro mundo.

Pero lo que les faltaba de tamaño lo compensaban con creces en agilidad.

Henry no vio venir la bandeja de la comida golpeándole la cara; lo primero que supo del ataque fue la frialdad del suelo.

—Maldita sea —gimió, llevándose la mano a la frente—. Eso ha dolido.

No les tenía miedo. Al menos no en un uno contra uno. Pero al verse solo, rodeado por una docena de ellos, en una prisión donde los guardias daban la espalda con la misma facilidad con la que giraban las llaves en las celdas, sintió que se le apretaban las nalgas.

—No eres nada, Matheson —siseó Boris con un marcado acento—. Nos cagamos en ti y en tu banda. El E11 ya no es nada. Se ha acabado.

Henry se levantó del suelo y se encaró con el hombre, consumido por la adrenalina y la rabia. Nadie los despreciaba a él y al E11. Era su criatura, su tesoro, aquello a lo que había dedicado su vida para mantenerlo en pie. Blasfemar contra el E11 era una sentencia de muerte.

Sin embargo, durante un largo rato no dijo nada; se limitó a clavarle la mirada con ferocidad.

—Mira por dónde pisas, Matheson —empezó Boris—. No sea que tropieces y caigas sobre algo afilado.

El rumano, seguido por cada miembro de su grupo, se abrió paso a empujones ante Matheson y ocupó su lugar en la cola. Para cuando Henry llegó al principio de la fila, solo quedaban las sobras. El desayuno de ayer y la fruta de la semana pasada.

Sabía igual que el aspecto que tenía.

Se sentó en un rincón del comedor, a solas con sus pensamientos, mientras los rumanos se adueñaban de una mesa y charlaban ruidosamente en su lengua materna.

Parecía una escena de una comedia de instituto, con las diferentes camarillas situadas en mesas distintas.

Excepto que la situación no tenía nada de gracioso.

Ni siquiera sus amigos de la noche del casino fueron lo bastante valientes como para ofrecerle un sitio en su mesa; no podían permitirse que los vieran confraternizando con él.

Solo había un hombre que pudiera.

El tiburón de la prisión, el supervisor del océano. Y si Henry quería subir en la cadena alimentaria, tendría que convertirse en la inocente rémora que nada por debajo.

Se llamaba James Longstaff y llevaba casi cuarenta años preso.

Cumplía una cadena perpetua íntegra por el asesinato de seis personas.

Su lista de otros delitos incluía extorsión, blanqueo de dinero, chantaje, lesiones graves, homicidio involuntario, tráfico de drogas, trata de blancas y tráfico sexual.

Estaba a una condena de completar el álbum.

Pero lo más sorprendente de James Longstaff era que la mayoría de sus delitos los había cometido estando en prisión.

Por las historias que Henry había oído, Longstaff veía aquel lugar como su hogar, su templo, su palacio.

De modo que, cuando alguien —o un grupo de personas— entraba en su templo con aires de grandeza, creyendo que mandaba allí, Longstaff estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de protegerlo.

Henry se acercó a su celda y llamó a la puerta, interrumpiendo al hombre mientras se preparaba una taza de té.

—Por fin —dijo Longstaff, dejando la cucharilla boca abajo sobre la superficie—, alguien con la cortesía de llamar. El resto de estos cabrones entran como si esto fuera suyo.

A pesar de estar a mediados de los sesenta, Longstaff parecía más fuerte y robusto que la mayoría de los hombres de la prisión.

Henry se quedó titubeando en el umbral, presa de los nervios. Al final, se armó de valor para dar un paso al frente y tenderle la mano.

—Henry —empezó—. Henry Matheson.

Longstaff miró su mano con desdén.

—Sé quién eres, pero no te me adelantes, chaval. Hará falta mucho más que llamar a mi puerta para conseguir uno de estos.

El hervidor terminó de pitar. Longstaff vertió el líquido en la taza y removió.

—¿Has venido a decirme cómo te llamas o querías algo en concreto?

Henry acabó bajando la mano y se frotó el puente de la nariz con ella.

—Yo... esto... he oído que...

—No deberías creerte todo lo que oyes, chaval. A veces eso hace que acabes peor que yo.

Henry soltó una risita incómoda y continuó.

—Busco algo.

—Pues no lo vas a encontrar aquí. Si los carceleros no pueden, menos va a poder un mequetrefe como tú.

—Hablaba de protección .

Esa palabra hizo que Longstaff se detuviera. Dejó la cuchara y se acercó arrastrando los pies.

—Te has equivocado de hombre —dijo con calma—. Hay mucha otra gente en esta cárcel que estará encantada de suministrarte lo que quieras. Estoy seguro de que, si preguntas por ahí, podrías vender ese culito tan mono para conseguirlo.

—No voy a venderle nada a nadie. Preferiría morir antes de hacer eso.

—¿A qué has venido entonces?

—Por lo que me han dicho, tienes algún que otro problemilla con unos rumanos y unos albaneses.

—Todos los tenemos, chaval —respondió Longstaff—. Tú incluido.

—Dos fuerzas son mejor que una.

—O sea, que has pasado de querer protección a querer una sociedad. No puedes tener ambas cosas.

—Una sociedad. Quiero una sociedad.

Longstaff se lo pensó un momento.

—Si es así, hay algunas cosas que debes saber.

Puede que fueras un pez gordo fuera, pero ya no estás en el mundo exterior.

Aquí hay reglas distintas, ecosistemas diferentes.

Eres un pez muy pequeño comparado con algunos de los tiburones que rondan estas aguas.

Yo soy el pescador que decide si los pesca o no.

Así que harás lo que yo diga cuando yo lo diga. ¿Entendido?

—Totalmente.

Una sociedad, una alianza, era mejor que nada. En la historia de todas las guerras mundiales, muy pocas se han ganado en solitario.

—Espera aquí un segundo. Tengo que ir a buscar algo.

Longstaff pasó a su lado, salió de la celda y bajó las escaleras. Regresó un minuto después con un fajo de billetes en la mano.

—¿Qué es eso?

—Considéralo un pago a cuenta. Es todo tuyo si aceptas hacerme un favor.

—¿Qué clase de favor?

—Los rumanos y los albaneses son un problema para ti, ¿verdad? ¿Qué hacemos con los problemas? Nos libramos de ellos. Si te tomas en serio esta sociedad, necesito que te encargues de ese problema.

—¿A solas?

—Un tiburón nada solo durante kilómetros por el océano y ataca a todo lo que encuentra, a veces a animales más grandes que él, mientras que los bancos de peces nadan en grupo y huyen del tiburón en cuanto lo ven. ¿Cuál eres tú, Henry?

Soy el puñetero tiburón.

Nadó contra la corriente de tráfico, dirigiéndose a su destino: la celda de Boris Romanov. El hombre solía compartir la celda el noventa por ciento del día con su banda. Y cuando no estaban todos juntos en su celda, solían ocupar todo el ala este del segundo piso.

Henry había pasado los últimos veinte minutos vigilando la celda de Boris, observando atentamente los movimientos tras el desayuno.

Los rumanos habían pasado la mayor parte del tiempo hablando entre ellos, jugando a las cartas, haciendo apuestas y gritando en su lengua materna.

Hasta hacía treinta segundos, cuando el alboroto que Henry había provocado los distrajo.

Como preparación para la tarea, Henry había cogido el dinero de Longstaff y había sobornado a un par de reclusos para que iniciaran una pelea.

Para mantener sus propias manos limpias de cualquier lío —muy propio de él—, Henry sabía que Boris se mantendría al margen.

Y fiel a su carácter, Boris se había quedado atrás.

Un blanco fácil.

Una ballena varada.

Henry se lanzó al ataque.

En sus manos llevaba una manta empapada en lejía. Las gotas del acre líquido caían sobre el hormigón mientras se apresuraba por el segundo piso hacia la celda de Boris. Allí encontró al hombre con una revista en la mano, con aire orgulloso, como si acabara de cagar con la puerta abierta.

Henry se abalanzó sobre él, pillándolo desprevenido.

La fuerza de su ataque lanzó a Boris contra la pared, donde su cabeza chocó contra el hormigón.

Aprovechando el elemento sorpresa, Henry lo puso boca abajo, se sentó a horcajadas sobre sus piernas y le inmovilizó los tobillos contra el suelo.

Luego le quitó los zapatos y los calcetines a Boris y le envolvió los pies con la manta.

El olor a lejía se impuso al hedor a mierda y orina.

Boris acabó recobrando el conocimiento, pero Henry era demasiado fuerte para él.

Y demasiado rápido.

Para cuando Boris se dio cuenta de lo que pasaba, el fuego ya envolvía sus pies y había empezado a derretirle la carne. Soltó un rugido tremendo, amortiguado por el sonido de los vítores y los gritos que venían del alboroto al otro lado del ala.

Sin querer perder tiempo, Henry salió a toda prisa de la celda y corrió de vuelta a la suya.

La adrenalina le burbujeaba en la sangre y el corazón le latía a mil por hora.

Con Boris fuera de combate en el futuro previsible, la presencia de los rumanos en la cárcel menguaría y Henry podría ascender en la jerarquía.

Solo quedaban los albaneses.

Cuando regresó a su celda, sacó el teléfono de debajo del colchón y abrió los mensajes. Escribió rápidamente una nota a uno de sus contactos y le dio a enviar. Justo cuando iba a apagar el móvil, apareció una notificación en la parte superior de la pantalla: una notificación de Kingdom of Empires.

Desde la muerte de Richard Candy, se le había olvidado borrar el juego.

Curioso, pulsó en la notificación y entró en su bandeja de entrada. Arriba del todo había un mensaje de LG540.

—Imposible —susurró para sí mismo.

Sentándose en la cama, Henry se quitó los zapatos y entabló conversación.

LG540: Sé lo que hiciste.

E11Geezers: Se supone q estás muerto.

LG540: ¿Por qué lo hiciste?

E11Geezers: Los problemas hay q arreglarlos.

LG540: Él no era un problema para mí. Y ahora me has dado uno que arreglar.

E11Geezers: HAS sobrevivido antes.

LG540: Esto es diferente.

Hubo una larga pausa hasta que recibió otro mensaje.

LG540: ¿Quién lo hizo?

E11Geezers: P q quieres el nombre?

LG540: ¿Fue Dylan?

Henry hizo una pausa. ¿Cómo sabía esa persona quién era Dylan? Dylan era un ermitaño, un yonqui, un don nadie. Solo se aventuraba a la luz del día para robar dinero para droga. Y luego se volvía a meter en su agujero durante otras doce horas, por lo menos. Recibió otra respuesta.

LG540: Sé que Dylan era cercano a los Haversham. Tú lo hiciste así, ¿verdad? Quizá podamos llegar a algún tipo de acuerdo.

Justo cuando Henry iba a responder, una figura apareció en el marco de la puerta. Era Carmichaels, su guardia de seguridad menos favorito. Parecía poco impresionado —más por la vida en general que por estar en la celda de Henry— y se cruzó de brazos sobre el pecho.

—Eh, Matheson —empezó—. Conmigo.

—¿Nos vamos de aventura? —preguntó Henry, escondiendo disimuladamente el teléfono bajo la almohada.

—Tienes una visita esperándote.

—¿Fuera de las horas de visita? Debe de ser mi día de suerte. Como Birmingham '99. Ya sabes a qué me refiero.